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El día en que nació un hombre lobo en tierra neuquina

La increíble historia de Hipólito Barbagelata, séptimo hijo varón de dos pobladores de Villa La Angostura hace más de un siglo. Fue apadrinado por el presidente Yrigoyen y heredó su nombre.

Melisa Reinhold - Especial

“¡Cuidado papá! ¡Te vas a convertir en hombre lobo!”, gritaban los hijos de Hipólito Barbagelata a modo de chiste cada vez que la luna llena comenzaba a alzarse sobre las montañas nevadas del sur.

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Hipólito era el séptimo hijo varón de Manuel Barbagelata y Ángela Canónico, primeros pobladores de Villa La Angostura. Y eso, según las leyendas urbanas, significaba que había nacido maldito y se convertiría los viernes o martes de luna llena en una criatura mezcla de hombre y perro salvaje.

Dicen que estas bestias son fáciles de reconocer. Son flacos, enfermos, solitarios. Y aunque la parte de flaquito era verdad, Hipólito no podía ser más diferente.

Con sus cachetes colorados rebosantes de vitalidad, andaba siempre con una sonrisa y un chiste para contar. “El bautismo lo debe haber curado porque nunca le vimos nada raro, ni pelos tenía mi padre”, acota entre carcajadas su hija Betty, mientras recuerda a su papá ya fallecido.

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En realidad, en su familia nunca creyeron en aquellas historias de brujas y lobizones. Y aún así, las máximas autoridades de la zona no tardaron en aparecerse cuando se enteraron del nacimiento del pequeño el 9 de noviembre de 1916. En representación del Presidente de la República, Hipólito Yrigoyen, venían a ofrecerle a los Barbagelata el padrinazgo presidencial para así romper con la maldición en la que había caído al momento de nacer.

Por supuesto que aceptaron. El honor era tan grande que incluso le pusieron al bebé el nombre de su padrino. Así, dos años más tarde, en junio de 1918, el bautismo finalmente se concretó. Villa La Angostura fue noticia en los alrededores y toda la alta alcurnia de Bariloche viajó en lanchones a través del lago Nahuel Huapi para presenciar la ceremonia. Nadie quería perderse un acontecimiento de tales características.

El pequeño recibió el agua bautismal por parte del padre Munro, que había viajado especialmente desde la ciudad de Neuquén. Y frente a los ojos de todos los presentes, Hipólito Yrigoyen y la señora Rosa Schumacher de Frey se convirtieron oficialmente en sus padrinos.

Claro está que el Presidente no viajó, sino que envió al Comandante Don Julio Ávila como su representante, junto a una medalla de oro con el grabado: “del Presidente de la Nación Hipólito Irigoyen a su ahijado Hipólito Barbagelata”. Pero eso no le quitó mérito al evento. Incluso las fotografías de aquel día aparecieron impresas en el diario porteño “La Razón”.

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Todavía era una costumbre relativamente nueva. Desde aquel junio de 1918 al primer padrinazgo presidencial no habían pasado más de nueve años. Según se tienen registros, se dice que la tradición en la Argentina se inició en 1907, cuando Enrique Brost y Apolonia Holmann concibieron a un séptimo hijo varón en Coronel Pringles.

Aunque alemanes de origen, el matrimonio había vivido algunos años en Rusia, en donde Catalina La Grande había instaurado la orden de bendecir bajo su nombre a los séptimos hijos de un mismo sexo, para así contrarrestar el maleficio. Sus razones no fueron de verdadera creencia. Ya no sabía qué hacer en su reino para evitar que los padres sigan abandonando a sus hijos por su condición de bestia.

Por eso, cuando Brost y Holmann tuvieron a José Brost en la Argentina, no dudaron en escribirle una carta al Presidente Figueroa Alcorta para pedirle que libere a su hijo de todo mal. Décadas más tarde, María Estela Martínez de Perón convertiría la tradición en la Ley 20.843, que instaura que cada ahijado presidencial reciba una medalla de oro y una beca escolar para que complete sus estudios en todos los niveles. Y, por supuesto, para que no se conviertan en hombres lobos.

Hipólito no fue noticia únicamente por ser un séptimo hijo varón, sino también por ser hijo de los primeros pobladores de Villa La Angostura. Manuel y José Luis Barbagelata, dos hermanos oriundos de Génova (Italia), llegaron al pueblo en 1903, cuando la zona era tan solo un páramo olvidado de la Patagonia. Viajaron desde el otro lado del Atlántico, con unos escasos veinte años y el sueño de habitar el sur de la Argentina.

Con machete en mano fueron abriéndose paso a través de la vegetación en busca del lote pastoril que les habían cedido desde el Gobierno, con la promesa de realizar mejoras e inversiones en la zona. Además de las escrituras, las autoridades les habían dado un rifle Remington de un tiro y una caja de balas para matar indios. Claro que esas tierras estaban tan desoladas que jamás se cruzaron a uno de esos terribles salvajes que les describían desde la ciudad de Buenos Aires.

Con ellos también viajó Ángela Canónico, esposa de Manuel, ya embarazada de su primer hijo. Por eso, poco tiempo después de arraigarse en aquellas tierras cercanas al río Huemul, nació el primero de sus nueve descendientes.

Pese a vivir en un paisaje de lagos que le reconforta el alma a cualquiera, la vida en aquel entonces no dejaba de ser dura. Manuel murió joven, en 1925, quedando su esposa y su hijo mayor de 23 años al cuidado de la numerosa familia. Hipólito tenía ocho años.

Su infancia se la pasó realizando largos viajes hasta Bariloche para comprar provisiones. Los caminos eran una delgada línea marcada de tierra, muchas veces intransitable, por lo que salir de compras era realmente una travesía que duraba todo el día. “Papá siempre recordaba uno de sus primeros viajes, porque era todo el día. Era salir a las 3 de la mañana y volver a las 2 de la mañana del día siguiente”, explica Betty.

“Ya de más grande, iban con mi mamá (Inés Vera) hasta el Correntoso, donde Capraro tenía su proveeduría y cruzaban el arroyo con una lanchita. Entonces ellos iban de acá a caballo, gritaban para que Capraro los viera, pasaban en la lanchita, compraban en la proveeduría, subían todas las cosas en el caballo y volvían. Les llevaba realmente todo el día”, agrega.

Villa La Angostura en aquel entonces era el escenario ideal para que la leyenda del hombre lobo se volviera cierta. Un bosque tupido, pocos pobladores y varios animales salvajes que de vez en cuando bajaban de la montaña para hacerse de un festín con alguna oveja distraída. Lástima que la mayoría de los animales domésticos de la zona eran de Hipólito, por lo que de habérselas comido en una noche de luna llena, se hubiese condenado a él y a toda su familia a la ruina.

Solo en una ocasión Hipólito perdió a todo su ganado, su principal fuente de dinero, y no fue por culpa de los lobizones. Ocurrió en el invierno del 44. El frío ya se estaba despidiendo, cuando un primero de agosto comenzó a nevar. Y nevó y siguió nevando durante quince días más hasta dejar la tierra sepultada bajo un metro y medio de ese polvo blanco.

Los Barbagelata quedaron atrapados en su casa, esperando a que el clima los acompañe un poco más. Solo salían de su hogar cuando necesitaban abastecerse de leña para calentarse y para hacerlo debían escarbar un túnel de acceso.

Estaban preocupados. Los miles de animales que criaban en la libertad del bosque habían subido a la montaña y desde que los copos blancos habían comenzado a caer no los habían visto más. No tenían muchas esperanzas. Y cuando lograron emprender la primera caminata hacia las altas cumbres, ya en primavera, confirmaron sus peores pesadillas.

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Cuentan que en aquellas latitudes la nieve se había acumulado hasta tener más de cinco metros de altura. Por eso, los cadáveres de los animales no se encontraban en el suelo, como era de esperar, sino en la copa de los coihues. Las criaturas habían caminado por encima del bosque hasta que fallecieron por culpa del frío y del hambre. Y cuando la nieve se derritió, sus cuerpos quedaron atrapados en las ramas de aquellos gigantes.

Hipólito Barbagelata vivió una vida longeva y con pocas arrugas. Falleció el 27 de junio de 2011, días después de que el volcán Puyehue erupcionara en la zona y dejara a Angostura bajo un manto gris de ceniza. En sus últimos días, recordó al volcán Calbuco en el 66, pero comentaba que en aquel entonces la ceniza era tan poca que hasta la barrían con un escobillón.

Betty, su única hija con vida, sigue viviendo en la misma casa en la que nació y la criaron, a 22 kilómetros del pueblo de Villa La Angostura. Mantiene vivo los recuerdos familiares contándole estas historias a quien pase a visitarla. “Nosotros estamos acá por esa gente antepasada, fueron ellos quienes crearon la zona. Está bueno que la gente se entere de estas cosas”, concluye mientras le da un último sorbo al mate amargo.

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