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La Mañana Reutemann

El día que Reutemann no festejó: a 40 años de la última victoria argentina en la F1

El 17 de mayo de 1981, el "Lole" ganó en Bélgica con Williams y se subió por última vez a lo más alto del podio.

Aunque a los oídos de un millennial pueda sonar a ciencia ficción, hubo un tiempo en que los argentinos, masivamente, se levantaban temprano los domingos para ver las carreras de Fórmula 1. En la actualidad también hay quien lo hace, claro, pero sólo los fanáticos.

Hace cuatro décadas y más, algunos años antes de que también valiera la pena “madrugar” un domingo para ver al Napoli de Maradona, la bandera argentina se veía representada y defendida por un hombre que por estas horas pelea por defender su salud y que hace 40 años luchaba por ser el mejor piloto de automovilismo del mundo: Carlos Alberto Reutemann, quien en aquel 1981, por caprichos del destino, no pudo terminar el año en la cima de la tabla de posiciones, aunque para muchos, igualmente, fue el mejor de todos.

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Y el 17 de mayo de ese año, Lole ganaba su última carrera de F1, en el circuito belga de Zolder. Peor no fue sólo su último triunfo, fue el último triunfo de un argentino en la máxima categoría del automovilismo mundial. Desde entonces, no hubo más corona de laureles y prácticamente no hubo más pilotos en esa alta competencia, salvo unos pocos que luego pasaron por el Gran Circo aunque sin demasiada trascendencia. O nula trascendencia, en realidad, si se lo compara con Reutemann, que en Bélgica obtuvo su 12º Gran Premio de Fórmula Uno, a lo largo de 10 años de trayectoria. Exactamente la mitad de los que ganó en la década del 50 el quíntuple campeón mundial, Juan Manuel Fangio.

El Lole se quedó con las ganas de coronar el título. Lo merecía, aunque las circunstancias del destino le jugaron en contra. Y si bien en 1981 tuvo un año lo suficientemente bueno como para ser el número 1, debió conformarse con el 2, justamente el mismo número con el que corrió durante toda esa temporada en la que la escudería Williams lo había relegado a ser literalmente “el segundo”.

En este caso, como en la temporada anterior, detrás de Alan Jones, el australiano campeón en 1980 y preferido del inglés Frank Williams (dueño del equipo). Sin embargo, Reutemann -que ya era un piloto de trayectoria- les advirtió que las cosas no volverían a ser como en 1980, cuando aceptó las normas protocolares de que “en caso de paridad, el 2 le deja lugar al 1”. O sea, si venían parejo, el argentino debía dejar pasar al australiano, sea el puesto y momento de la carrera que fuere. Pero Reutemann se rebeló y pateó el tablero. No habían creído que se animaría, pero se hartó y lo hizo; y detonó una pelea durísima con todo su equipo, algo que claramente, a la larga, lo perjudicó. Pero se la jugó con la suya, con lo que tenía a mano. Aunque en más de una ocasión lo que tuvo a mano fueron problemas.

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En 1942, Santa Fe había parido a dos de los mejores deportistas argentinos de la historia: en la localidad de San Javier, en agosto, nació Carlos Monzón. Para ese momento, separado por 150 kilómetros, otro Carlos, Reutemann, que había nacido en la ciudad de Santa Fe, ya tenía cuatro meses.

Los autos le atraparon desde niño tanto como los animales que había en su casa, de ahí su apodo Lole (“voy a ver a lolechone’”, solía decir), que lo acompañó para toda la vida. Debuto a los 23 años, sobre un Fiat 1500. Esos primeros años en categorías de turismo lo fueron poniendo en la consideración de los especialistas.

Su carrera comenzó a crecer, corrió en autos de Fórmula 2 para finales de los '60 y el comienzo de la década del '70 lo encontró en Europa como parte del equipo del ACA, que coordinaba Héctor Staffa. Fue subcampeón continental en F2 en 1971 y al año siguiente le llegó la gran oportunidad, que se la dio quien con el tiempo se convertiría en el Rey de la Fórmula 1: Bernie Ecclestone, en ese momento dueño del equipo Brabham.

Desde entonces, la trayectoria de Lole en la categoría mayor del automovilismo comenzó a ascender y sus logros deportivos fueron tan sonoros como su destacada caballerosidad en las pistas. Pasó también por las escuderías Lotus (de Colin Chapman, el responsable de la modernización de los chasis de Fórmula Uno), luego por Ferrari (con Enzo Ferrari y toda su historia detrás), hasta llegar en 1980 a Williams. Ya había salido tercero en los campeonatos mundiales de 1975 y 1978, y en su primer año con el que sería su último equipo, también terminó la temporada en el tercer lugar.

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Pero “el año” de Reutemann fue, sin dudas, el 81, con madurez personal y un auto como para ser el mejor. Tuvo un arranque ganador, con el primer puesto en Sudáfrica, pero fue una carrera que finalmente no contó para la tabla de posiciones: hubo escuderías que no fueron a correr por el Apartheid que estaba en plena vigencia en el país africano.

Por lo que el primer Gran Premio oficial terminó siendo el segundo (el número de la mala suerte para el argentino) del calendario y Lole salió, justamente, segundo, detrás de Alan Jones. Todo cambiaría a la carrera siguiente, cuando Reutemann desobedeció la orden de Williams de dejar pasar a Jones: era el circuito brasileño de Jacarepaguá y el santafesino se independizó de la estrategia del equipo, ganó impecablemente esa carrera pero festejó solo: nadie de Williams compartió la alegría con él y desde ese día se la tuvo que jugar por su cuenta, incluso sin dejar de mirar de reojo a sus mecánicos.

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Fue un año curioso por donde se lo mire, en el que concretó tres victorias y tres festejos agridulces. El primero, en Sudáfrica, con cero punto para la tabla de posiciones; el segundo en Brasil, con todo su equipo que le dio la espalda y desde entonces le quitó el apoyo; y el tercero en Bélgica, el 17 de mayo, hace 40 años, en el que tampoco pudo celebrar con entusiasmo. Si bien la carrera la ganó de punta a punta, Lole había llegado al GP muy angustiado: el viernes, en las primeras pruebas en el autódromo de Zolder, había atropellado a un mecánico del equipo Osella, el italiano Giovanni Amadeo, quien fue internado en grave estado. El accidente, ocurrido en la calle de boxes, pesó en la cabeza del piloto, que igualmente se quedó con la pole position y ganó la competencia tras 54 vueltas y no 70 como estaba previsto, debido a la lluvia.

Reutemann subió al lugar más alto del podio pero no se permitió sonrisas ni festejos. Al día siguiente, las cosas fueron un poco peor aún, porque se enteró que Amadeo había muerto. Dolido por la situación, lo primero que hizo cuatro meses después, cuando llegó a Italia para correr en Monza, fue averiguar la dirección de la familia del joven mecánico e ir a visitar a los padres de Giovanni para darles personalmente el pésame.

La tarde del domingo en Monza, Reutemann volvió a subir al podio (salió tercero) y fue la última vez en la temporada. Era el líder de la tabla de posiciones y sólo quedaban dos grandes premios por delante, incluyendo el de Las Vegas, que en un principio no estaba programado pero se agregó al calendario en un circuito que fue hecho en el estacionamiento del Hotel Caesars Palace. Aun con todas esas dificultades, Lole llegó a la última carrera de 1981 puntero y con todas las chances de consagrarse campeón. Pero no pudo y perdió el título a manos del brasileño Nelson Piquet, que manejaba un Brabham con suspensión hidroneumática, un adelanto tecnológico de dudosa legalidad (el auto parado estaba a la altura reglamentaria, 6 cm., y en velocidad se “pegaba” al suelo, lo que le permitía tener mayor agarre y rapidez).

Encima, en la clasificación, el Williams del argentino fue chocado casualmente por Piquet y Reutemann debió correr el GP decisivo con el vehículo suplente. Y el suplente que Williams tenía preparado para él estaban en tan mala forma, que tenía un problema grave con la caja de cambios, que se trababa. Piquet terminó quinto y sumó lo que necesitaba para superar en las posiciones de la temporada al Lole que, con el octavo puesto en Las Vegas, no tuvo puntos y terminó el año… sí, segundo.

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“Sentí que si no ocurría un milagro, perdía la temporada -analizó un rato después de la carrera-. Fallé el cambio unas 50 veces. El endurecimiento de la caja fue espantoso. Manejaba con una mano y con la otra tenía que sostener la palanca, una sensación que a 200 kilómetros por hora, acelerando y desacelerando, no era muy agradable. No sé qué puede sentir un hombre al perder a un ser querido… Pero creo que debe ser muy parecido a lo que estoy sintiendo ahora: nunca en mi vida sentí un dolor tan grande”.

Con el paso del tiempo, la vida de Reutemann lo llevó por otros caminos, en donde la frialdad que tenía como piloto lo ayudó, seguramente, a capear situaciones complejas, porque 10 años después de haber sido segundo, le tocó ser primero: los santafesinos lo eligieron gobernador de la provincia comenzando así su carrera política que hasta hoy continúa, porque tiene mandato como Senador Nacional por Santa Fe hasta diciembre de este año.

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Reutemann se retiró del automovilismo en marzo de 1982, diez meses después de haber ganado su última carrera, desgastado por aquel 1981 en que mereció más de lo que tuvo. “Creí recuperarme pero me sentí cansado y dejar de correr me pareció lo mejor”, dijo cuando anunció su retiro.

Hace cuatro años lo operaron de un cáncer de hígado, que lo dejó bastante afectado físicamente, pero activo. Aunque hace unos días, un sangrado digestivo lo descompensó y lo llevó a la internación, donde la sigue peleando, en terapia intensiva. Hoy, a sus 79 años y 40 después de aquel último primer puesto en Bélgica, su carrera como piloto de automovilismo tiene una significancia superior. Aunque los millennials no logren comprenderlo, hubo un tiempo en que los argentinos esperaban la carrera de Fórmula 1, soñando con la posibilidad de que un compatriota, Carlos Reutemann, saliera campeón mundial.

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