El país vive en estos últimos tiempos una crisis económica y política sin precedentes. Solo se la compara con la del default de 2001 en la que terminaron fragmentados los partidos tradicionales como el PJ y la UCR. Pero ese escenario tuvo un emergente disruptivo que fue la llegada de Néstor Kirchner en 2003, hasta ese entonces casi un desconocido provinciano (solo para la mayoría despolitizada) que lanzó una frase que quedó grabada en su discurso de asunción y que contagió el fervor militante. “Vengo a proponerles un sueño, reconstruir nuestra identidad como pueblo y Nación”, dijo el ex presidente, que pese a que asumió con el 22% de los votos, comenzó a fortalecerse, incluso dentro de la interna del oficialismo que tenía con Eduardo Duhalde. En Argentina, hoy las cosas están que penden de un hilo. Hay alta inflación, una reprogramación de pagos con el FMI y una ruptura en el Frente de Todos que aún no se llevó a las urnas. Es decir, la batalla ente el albertismo y el cristinismo, una guerra peligrosa en tiempos de crisis. En su momento, Kirchner le ganó a Duhalde el manejo del peronismo en la provincia de Buenos Aires. Pero hoy el panorama es distinto. No hay bonanza económica y la imagen del presidente no está en su mejor momento. De acuerdo con los datos de marzo del diagnóstico de la consultora Zuban-Córdoba, tiene un 65,3% de imagen negativa y un 32% de positiva. Su pico máximo de popularidad fue en abril de 2020, en plena cuarentena estricta, donde llegó al 84,2% de imagen positiva. Fue en ese momento donde muchos en la alianza gobernante le pedían que hiciera los “cambios profundos” para salir de una postura no conflictiva, que terminó en estas horas con una crisis interna sin precedentes


