El wing que corría por Confluencia

En 1972, con 36 años, Oreste Osmar Corbatta llegó a Neuquén. Jugó en Colonia Confluencia para dejar recuerdos imborrables.

POR PABLO MONTANARO /montanarop@lmneuquen.com.ar

“Estuve con un monstruo del fútbol, era como jugar con Messi”, afirma José Roberto Pintos, a los 67 años, en su humilde casa del barrio Belgrano, al recordar esos seis meses en los que compartió una cancha de fútbol con Oreste Osmar Corbatta. Aquel genial delantero de Racing Club y la selección argentina (murió en 1991) desplegó su habilidad -que aún permanecía intacta- en los comienzos de la década del 70 defendiendo los colores del club Colonia Confluencia durante su paso por Neuquén.

En 1972, Pintos tenía 24 años y era uno de los aguerridos marcadores centrales del equipo que dirigía Ariste Omar Mendoza, el famoso formador de futbolistas de la Patagonia. “El Loco”, como lo llamaban, había llegado a Neuquén luego de su paso por Argentinos del Norte de General Roca. El presidente de Confluencia, Juan Agapito Torres, lo convenció para que jugara en el club, cuya cancha estaba en El Chocón y Obrero Argentino. Le ofreció comida y una habitación en su chacra rodeada de almendros y manzanos. Quien compartió esa pieza de dos camas y un baño con Corbatta fue Juan Carlos Vortisch, el 10 del equipo. “Era una persona fabulosa y sencilla, de su vida privada hablaba poco pero cuando contaba algo de lo que le había pasado se te ponía la piel de gallina”, comenta.

Vortisch no se olvida de mencionar a Héctor Zuñiga, el centrodelantero de Confluencia que salió goleador en el torneo de ese año. “Todo gracias a Corbatta, que te ponía siempre la pelota adelante. Él no corría, nosotros corríamos por él, pero tenía una pegada que era fabulosa”, cuenta emocionado.

Los ojos de Pintos se iluminan cuando recuerda el ejercicio que hacía Corbatta para seguir mejorando la pegada. “Ponía botellas sobre el travesaño y desde el borde del área grande pateaba para voltearlas. Las volteaba pero nunca le pegaba al travesaño. Era una cosa de locos la pegada que tenía”, comenta.

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Afirma que las canchas se llenaban de gente que querían ser testigos de la habilidad intacta de ese wing derecho, a pesar de sus 36 años y su afición al alcohol y al tabaco.

“Todo lo que sabía lo ponía en la cancha”, expresa su compañero, que se deleitaba de lo que hacía con la pelota Corbatta desde el fondo de la defensa. “Él me ubicaba, me orientaba de cómo marcar y quitársela a los delanteros”, agrega Pintos.

Al mirar la foto en la que está junto a Corbatta, Pintos sonríe porque usaba las medias bajas y se sorprende porque no se protegía las piernas con nada. “Los contrarios no le pegaban. Era como que lo respetaban, además no era de hablarle a los contrarios o chicanearlos. Hacía diferencia jugando a la pelota, tenía esa jugada en la que picaba, se frenaba de golpe y lo hacía pasar de largo a su marcador. Cuando hacía un cambio de frente, los defensores la veían pasar”, describe.

El delirio de los hinchas de Colonia Confluencia llegó la tarde en que en la cancha de Independiente de Neuquén el ex jugador de Racing hizo un gol olímpico. “Tiró el córner y la metió en el segundo palo del arco que daba a la ruta. Fue espectacular”, rememora Pintos, dibujando con su mano en el aire la trayectoria que hizo la pelota.

El periodista Alejandro Wall, quien escribió la biografía del mítico wing, aseguró que “tuvo una vida de boxeador más que de futbolista, y esa vida se hizo patente en la Patagonia”.

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--> “Venía a El Ciervo y lo invitábamos a cenar porque no tenía un peso”

Antes de que cayera la noche sobre la chacra de Torres donde vivía, Corbatta caminaba hasta el centro de la ciudad para ir a cenar a la confitería El Ciervo, ubicada sobre la avenida Argentina, donde está actualmente. Allí se hizo amigo de Juan Biondi, encargado del local.

“Era mi ídolo. Se quedaba a cenar y como no tenía un peso, lo invitábamos”, contó Biondi en el libro de Alejandro Wall. Biondi le insistía para que jugara en Independiente de Neuquén, ya que era dirigente.

El día después que le convirtiera un gol olímpico al rojo neuquino, Corbatta se quedó en la vereda de enfrente de El Ciervo porque no se animaba a cruzar: intuía que Biondi lo iba a retar por ese tanto. El encargado de la confitería se mataba de risa al ver que Corbatta no ingresaba al local. Hasta que lo fue a buscar y lo abrazó. “Si se la tiré a las manos pero el arquero ni la vio”, se disculpó el futbolista ante su amigo.

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