Conviven con otros internos sin inconvenientes, no tienen problemas de conducta y las calificaciones por comportamiento siempre son buenas. Se adaptan a las reglas que impone el sistema carcelario sin cuestionamientos y hasta estudian o realizan tareas para aprender artes u oficios. Cualquiera que los viera, creería que son presos ejemplares que saben que cometieron un error y que están dispuestos a cambiar para volver a reinsertarse en la sociedad. No saben que la gran mayoría abusó, violó, torturó y mató a mujeres, adolescentes y niños de la manera más despiadada y con los métodos más perversos. Su lado más oscuro no es visible, pero se mantiene latente. ¿Podría volver a despertar?
La violación y asesinato de un nene de 2 años que vivía en la toma 7 de Mayo, generó tanta conmoción como indignación en la comunidad neuquina por la brutalidad del hecho. ¿Cómo es posible que una persona haya cometido semejante barbaridad?, es la pregunta que la opinión pública repite una y otra vez, seguida por otra que genera más controversia que interrogantes: ¿Qué hacemos con esta gente?.
Los casos como el de este chiquito se repiten tanto en Neuquén como en el resto del país. La reacción social es inmediata y los pedidos de Justicia hasta encierran el mismo nivel de brutalidad que tuvieron los asesinos al momento de cometer el crimen y que ahora esperan su destino. La gente reclama pena de muerte, que los sometan a las mismas atrocidades que ellos cometieron con sus víctimas; los más moderados, que se pudran en la cárcel… en definitiva, que no salgan más.
Pero todas estas personas en algún momento cumplirán la condena y deberán recuperar la libertad. La gran pregunta es si recapacitaron y si comprendieron que lo que cometieron es un delito espantoso. ¿Podrían volver a repetir aquellos crímenes bestiales?.
El psiquiatra José Lumerman lleva años estudiando el comportamiento de los seres humanos. A lo largo de su carrera vio y analizó los casos más extremos en la conducta de hombres y mujeres, atravesados por todo tipo de patologías que afectan el cerebro y pueden derivar en estas acciones tan violentas como inexplicables.
¿La cárcel, una solución?
“No hay una cura frente a la perversión sexual”, dice tajante, al ser consultado sobre cómo se puede tratar a un hombre que violó, torturó y mató a un niño de 2 años, como el nene de la Toma 7 de Mayo. “Desconocen la identidad. No importa si es un nene, una mujer o un adolescente. Prevalecen los instintos y aparece un goce, algo placentero. Para ellos es como si fuera un pedazo de carne, nada más”, asegura.
El psiquiatra descree de una posible reinserción social, después de la cárcel.
“Meterlos presos no sirve para nada más que cumplir con el Código Penal porque con la perversión no hay tratamiento”, reflexiona. Recuerda que de todos los casos de hombres perversos que él trató uno solo logró atenuar su comportamiento, pero fue a través de un espacio que encontró en la religión.
Los archivos policiales de los diarios refuerzan estos conceptos. Sobran los casos de violadores que cumplieron penas y cuando salieron en libertad volvieron a los ataques sexuales. Hay decenas de crónicas nuevas y viejas con los hechos más aberrantes e inexplicables que cometieron hombres y mujeres, sin distinción de clases sociales o de educación. De hecho, muchos de los crímenes sexuales tienen como protagonistas a médicos, obreros, maestros, gente de alto poder adquisitivo y personas que viven en la marginalidad absoluta.
Lumerman cree que lo mejor sería que el Estado invierta en investigación para atender estos individuos que aparecen cada vez con más frecuencia y asombran y aterrorizan a la sociedad, pero no solo cuando cometen el hecho, sino cuando saltan las primeras alarmas.
Puso como ejemplo los femicidios, muchos de los cuales se podrían haber evitado porque las víctimas habían denunciado hechos de violencia. “No hay que llevarlos a la comisaría, hay que internarlos y deben hacerle una evaluación psiquiátrica ante la primera amenaza. El que hace eso está enfermo. Tiene algún trauma sexual que lo atormenta pensar que la mujer que él quiere puede compartirla con otros hombres”, explica. Lo mismo ocurre con los niños que sufren maltrato, violencia o abuso por parte de su padre y que muchas veces el hecho lo termina ocultando la madre. Algunos casos que terminaron de la peor manera, podrían haberse evitado.
El psiquiatra está convencido de que el encierro por el Covid acentuó muchos comportamientos de esta naturaleza y que hay una próxima pandemia cerca que no estará vinculada a los virus, sino a los trastornos mentales. ¿Cómo impactará en la sociedad? ¿Y el Estado?
La mirada de los fiscales
Rómulo Patti y Agustín García visten indumentaria de oficina, aunque su ropa de trabajo debería ser otra. Ambos se sumergen todos los días en la gran cloaca que pasa por debajo de la ciudad. Nadie la ve, pero corre cada vez con más intensidad. Ambos tienen experiencia en la investigación de delitos sexuales y hoy, como fiscales jefes, siguen atendiendo casos escabrosos y repugnantes y tratando de quienes los cometieron estén encerrados el mayor tiempo posible, aunque no siempre lo logran.
En 2008, en Cutral Co, un hombre violó a su sobrina de 3 años. Lo condenaron a 10 años, pero a los 8 años salió en libertad. La cárcel y el encierro no atenuaron sus impulsos, sino todo lo contrario. En la Navidad de 2018, secuestró a otro sobrino de 3 años, lo golpeó, violó e intentó degollarlo. La sociedad estalló furiosa reclamando Justicia. El tipo volvió a la cárcel, pero no se sabe hasta cuándo. ¿Qué hacemos con esta gente?
Los fiscales reconocen que ciertos jueces tienen una marcada impronta de garantismo a la hora de dictar sentencia y que con eso tienen lidiar a menudo. El clamor popular de que “se pudran en la cárcel” queda en un segundo plano.
“Los jueces no avalan las penas más altas y muchas veces tenemos que aportar pruebas para empezar a levantar la pena mínima, cuando para las víctimas toda condena parece poca”, reconoce Patti.
Los fallos garantistas en los delitos sexuales marcan una contradicción en estos tiempos donde la cuestión de género y los derechos de la mujer están en la agenda cotidiana de las instituciones. Y esa contradicción se acentúa aún más cuando ante condenas leves, libertades antes de tiempo o casos de reincidencia, el mismo poder político critica esas decisiones. Pero ¿Quién designa a estos jueces?
Dura o leve, sea la condena que sea, una vez que se logra el encierro del acusado, la Fiscalía vigila que esa persona no salga antes de lo establecido bajo ningún concepto, aunque los defensores presentan todo tipo de recursos para liberarlos lo más rápido posible. Y los fiscales se fastidian con razón. “Queremos que cumplan toda la pena”, sostiene García.
La posibilidad de un tratamiento para que este tipo de delincuentes es, por lo general, frustrada por los propios condenados que rechazan hacer una evaluación de su comportamiento. También los abogados defensores los aconsejan negarse a estudios y pericias psiquiátricas. Frente a esto, es muy difícil comenzar con un proceso de tratamiento en los casos más “tratables”. “No se los puede obligar”, reconocen los fiscales.
Es cierto que no todos los casos son irrecuperables, pero es preocupante que los que no tienen tratamiento posible, salgan en libertad. El caso de L.T., conocido también como el “sátiro de la bicicleta” es el mejor ejemplo. Comenzó su carrera delictiva en las calles neuquinas a fines de los 90. Violó a cinco nenas de entre 6 y 9 años, fue condenado a 13 años de prisión, pero en 2006 logró la libertad condicional. Fue apresado nuevamente tras reincidir con las violaciones y en 2016 volvió a salir de la cárcel, pese a los informes desfavorables de los especialistas. Hoy está suelto.
Una vigilancia de cerca
Desde el Gabinete de Psiquiatría y Psicología Forense del Poder Judicial, aseguran que los casos de reincidencia son bajos y que, en términos generales, la vigilancia criminológica funciona “bastante bien”. Sin embargo, el tratamiento de personas con graves trastornos mentales pocas veces se logra completar. “Con el nuevo sistema acusatorio, las defensas suelen pedirles a los imputados que se nieguen a hacerlo. Igual, el tratamiento no es magia. Hay casos que son irrecuperables”, sostiene una fuente de esa dependencia.
Inclusive, asegura que hay veces que esos tratamientos pueden llegar a ser contraproducentes, como en el caso de los psicópatas sexuales que “tienen una habilidad camaleónica” para adaptarse a cualquier informe.
Sí reconoce que en los casos tratables se puede lograr y que en Neuquén debería reformularse el sistema penitenciario con un equipo de especialistas en salud mental que estén formados con nuevas técnicas en el abordaje de estos casos graves y aberrantes. “El éxito es evitar la reincidencia. Tal vez alguien que está condenado siga teniendo fantasías perversas, pero se puede lograr que frene la acción. No los vamos a convertir en personas normales”, reflexiona la fuente.
¿Hasta dónde puede llegar el nivel de perversión de un ser humano y cuán brutal puede llegar a ser su comportamiento?
Los fiscales Patti y García llevan un largo recorrido investigando delitos horribles y creen haberlo visto todo, aunque hay casos impactantes que no los olvidarán jamás.
La violación, femicidio y posterior descuartizamiento de la adolescente Cielo López, en 2019, en Plottier, es un hecho imborrable para García. Lo mismo es para Patti el asesinato de tres niños en la costa del Limay, en 1998. “Desgraciadamente, siempre podemos esperar a ver algo peor”, reconocen.
Psicópatas, asesinos, violadores, femicidas, sádicos, pedófilos, tratables, irrecuperables, enfermos, imputables, encerrados, libres…
La violación y el crimen del nene de la toma 7 de Mayo, ocurrida el lunes pasado, generó un fuerte impacto en la provincia, aunque con el tiempo el caso quedará diluido como tantos hechos espantosos que se perdieron en el olvido.
Mientras, la cloaca de Neuquén seguirá corriendo invisible y sombría hasta que vuelva a desbordar y la sociedad se asquee, reaccione y se pregunte horrorizada, una vez más, por qué pasan las cosas que pasan y qué hay que hacer con esta gente.
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