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Fontanarrosa, el histórico canaya que murió horas antes del Día del Amigo

El 19 de julio del 2007 el escritor y humorista falleció. Era fanático de Rosario Central. Padeció ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica).

--¿El negro Fontanarrosa es un típico sudamericano jugando al fútbol? –quiso saber Jorge Guinzburg y se lo preguntó al propio Fontanarrosa. Le respuesta, define al protagonista:

--Sí, desnutrido, mal alimentado... Un mediocampista tercermundista.

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En una frase, Fontanarrosa supo ser gracioso, descriptivo desde el absurdo consigo mismo y agudamente sarcástico con la realidad de esta parte del continente. Y todo acompañado por una sonrisa algo tímida, esa que siempre se ocultó detrás del dibujo en una historieta o de un texto, y que pocas veces se lució abiertamente en cámara. Pero siempre estaba y era acompañada por una mirada profunda -en el sentido más literal de la palabra-, sagaz y observadora, que archivaba datos en su cabeza. Una mente brillante que se expresó, fundamentalmente, a través de su mano derecha para el dibujo y en ambas para tipear a máquina los textos. Una mente lúcida que lo acompañó hasta el último día, el 19 de julio de 2007, cuando sus músculos atrofiados por la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) le encerraron todos los caminos y ya lo dejaron sin salida.

Roberto Fontanarrosa murió perfectamente consciente de lo que le pasaba, como lo supo siempre desde que se enteró en 2003, cuando algunas dificultades físicas lo fueron llevando a diversas consultas médicas que terminaron con el cruel diagnóstico. Una enfermedad que no sólo no tiene cura sino que, al ser neurodegenerativa, todo lo que vendrá será peor. Aunque hubo, claro, intentos, tratamientos celulares, buscar revivir de algún modo lo que en su cuerpo se estaba muriendo un poco todos los días, aunque no alcanzaba con el esfuerzo, la fe o la constancia. Y la espera de un milagro estaba más cerca de lo irreal que de lo posible. Entonces, se aferró a vivir día a día, a convivir con lo que le tocaba. Su médico en la última etapa, Daniel Jairala, quien además había sido compañero suyo en la escuela Primaria aunque en el grueso de su vida no cultivaron una estrecha amistad, decía que “el tiempo de esperar una mejoría se le hacía eterno si no trabajaba”. Y en eso estuvo, entonces, Fontanarrosa. Escribiendo, dibujando y publicando sus trabajos, viajando, participando de conferencias, recibiendo premios… Hasta donde pudo. Y pudo hasta fines de 2006. Casi como una despedida, su última creación de propia mano fue “El Canaya”, el hincha que grita con la camiseta de su amado Rosario Central y al que, con la boca abierta, se le ve la lengua en forma de corazón.

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El 18 de enero de 2007, seis meses y un día antes de morir, anunció públicamente que todo lo que se vería en adelante de su trabajo, ya no llevaría su mano, porque ésta no respondía. “Finalmente, la mano derecha claudicó -comunicó-. Ya no responde como antaño a lo que dicta la mente. Por lo tanto, e independientemente de que yo siga intentando reanimarla, me veo en la necesidad de recurrir a alguno de los muchos excelentes dibujantes y amigos que tengo para que pongan en imágenes mis textos”. Fue el Negro Crist (Cristóbal Reinoso, otro humorista gráfico santafesino, aunque en este caso radicado en Córdoba) el que se encargó de la viñeta diaria en Clarín y quien le recomendó a Fontanarrosa el trazo de Oscar Salas para seguir dándole imagen nada menos que a Inodoro Pereyra, que continuaba saliendo en la revista VIVA.

Luis Grigione, que durante su enfermedad fue asistente laboral y también emocional, se encargaba de acomodarle los archivos que el negro iba creando, guardarle los dibujos y también escribir en su nombre los correos electrónicos y, en la última etapa, atenderle el teléfono y hablar por él. En la biografía “el negro Fontanarrosa”, que escribió el periodista rosarino Horacio Vargas, Grigione da cuento de la trascendencia que tenía para el dibujante mantenerse en actividad aun cuando las dificultades físicas, producto de la enfermedad, se estaban convirtiendo en escollos cada vez más complejos de sortear. “Siempre buscábamos la manera de que no dejara de trabajar, porque era su terapia, aunque le costara más”, contaba.

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Entre sus viñetas y chistes dibujados, el negro era un agudo observador de la realidad social, capaz de tocar un amplio abanico de temas. Pero cuando solo escribía, textos que se convirtieron en cuentos fenomenales, no había grandes fábulas porque, esencialmente, eran historias cotidianas de gente común vistas mayormente desde lo bizarro. Y como muchas veces sus amigos y vivencias era su fuente de inspiración, el concepto Fontanarrosa se vinculaba con historias de hombres, generalmente cruzadas por dos líneas: el fútbol y las mujeres. En ambos temas, el humorista volcaba ironía, absurdo, descripción precisa, exageraciones, fantasías. Y también una cuota de cierto humor machista, situaciones en las que seguramente se hubiese deconstruido de haber vivido los tiempos actuales. “Los rosarinos somos creativos -solía decir-: a falta de paisaje, tenemos lindas minas y buen fútbol. ¿Qué más puede pretender un intelectual?”.

Su pasión desenfrenada por Rosario Central lo llevó a escribir “19 de diciembre de 1971”, sin importarle demasiado que el título de ese formidable cuento de fútbol empezara con un número. Aquel día se jugó la semifinal del torneo Nacional del fútbol argentino y el destino puso a su amado club frente al clásico rival rosarino, Newell’s. Todo el desarrollo del cuento es una oda a cómo viven los hinchas de fútbol la previa y el momento del partido propiamente dicho, la forma de participar del juego a través de las cábalas, que según el cuento fueron tan importantes como la famosa palomita de Poy que le dio el triunfo y la clasificación a la final a Central. El fútbol, también, fue siempre un sostén metafórico para expresarse ante la vida e, incluso, ante la muerte, como cuando aseguró que “a mí no me va eso del Nirvana o los jardines con minas tocando la flauta: a los dos días te querés cortar las pelotas. Yo al cielo le pondría canchitas de fútbol y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle”.

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El negro justificaba aquello de que por algo tenemos dos orejas y una boca. Y él oía casi siempre. Su participación en una mesa informal difícilmente fuese protagónica, se sentía más cómodo en el rol del testigo que se invisibiliza y toma nota mental de todo lo que ocurre a su alrededor. Compartir con él una mesa rara vez era garantía de escucharlo copar la charla y regarla de anécdotas o historias graciosas. Hasta podía resultar decepcionante en el caso de no conocerlo y tener una expectativa muy alta. En un viaje a Perú en 1996, donde jugaría por Eliminatorias la Selección Argentina que dirigía Daniel Passarella, Fontanarrosa había viajado para escribir sus columnas en la sección deportes de Clarín. La Hermana Rosa y sus pronósticos, más las acotaciones reflexivas de “Juan José Serenelli, Jota Jota, el Yaya, pensador, dermatólogo y analista de fútbol” (que no era otra cosa más que una parodia al filósofo Juan José Sebreli quien, no casualmente, despreciaba al fútbol y, especialmente, a sus fanáticos) eran los protagonistas de los textos. Y su construcción estaba en varios lados. En una tribuna, en un bar, en una estación, en un restaurante. Aquella vez el vuelo desde Buenos Aires había arribado a Lima con bastante demora, lo que tenía crispado al periodista Horacio Pagani. Fontanarrosa se reía de la crispación de su amigo que se quejaba de lo extenso del viaje en avión. Recién al rato, caminando ya por las calles del barrio limeño de Miraflores, de regreso al hotel, el negro hizo su reflexión Fontanarrosesca: “Para mí que es verso eso de que San Martín cruzó Los Andes y llegó a libertar Perú. Si las cuatro horas en avión son insoportables, imaginate venir a caballo”.

Se cumplen 10 años de la muerte de Fontanarrosa

En los primeros días de junio de 2007, con su cuerpo maniatado por músculos que casi no respondían a las órdenes de su cerebro, Fontanarrosa, con escasísimo aire, seguía dictando sus chistes y textos para enviarles por mail a sus dibujantes-socios (tenía un sistema de audio que, a través de un parlantito, amplificaba el hilo de voz que le salía por la boca). Pero no ya hablar sino respirar se le hacía difícil, en especial al momento de dormir. Tras un par de precipitados llamados nocturnos a la ambulancia, los médicos lo convencieron de ingresarlo en terapia intensiva a la que el negro se resistía. Sabía que su fin estaba cerca, era perfectamente consciente. Amaba vivir pero tenía sus límites. Según cuenta Horacio Vargas en la biografía, al cuarto día en terapia Fontanarrosa le dijo a su pareja Gabriela: “Me quiero ir a casa. Si me quedo un día más acá, me muero”. Era necesariamente piadoso escuchar ese ruego por lo que le instalaron una Unidad de Cuidados Intensivos y Asistencia Respiratoria en su departamento para sortear cualquier contratiempo a la espera de los resultados de un tratamiento celular hecho en Israel, que lamentablemente no trajo buenas noticias.

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El último mes transcurrió con algunas reuniones en su casa, de ésas que eran habituales y en las que a ninguno de los invitados les escapaba la certeza de que se trataban también despedidas. Posiblemente, a su manera, el negro con su cabeza impecable entendía que había un gran esfuerzo en sus amigos por mostrarle naturalidad y simpatía en esos encuentros, cuando la realidad los descomponía por dentro. El 19 de julio, justo un día antes del Día del Amigo, la insuficiencia respiratoria lo acorraló. Y fue necesario el traslado de urgencia al Sanatorio Centro de Rosario, donde la situación empeoró. Ya no habría retorno. El cuerpo le ganó la batalla a la mente y al corazón que, tras un paro cardíaco y una hora de intentos de reanimación, dejó de latir. El integrante de La Mesa de los Galanes, el creador de Boogie, el Aceitoso, del entrañable Inodoro Pereyra y de su perro Mendieta, había muerto. Que lo parió.

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