Hace 264 años un alemán escribía por primera vez la palabra "Neuquén"

El 5 de febrero de 1752 un sacerdote jesuita hizo una descripción del mítico río.

Mario Cippitelli
cippitelli@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- Bernardo Havestadt dibujó la cordillera de los Andes y los límites entre poblaciones y en su diario de viaje relató las vivencias de su expedición por América, las culturas de los pueblos, los paisajes, los volcanes y la fuerza de aquel magnífico río Ñudquén, que los indios respetaban y tanto temían.

Havestadt era un sacerdote jesuita que había nacido en Colonia, Alemania, y que en 1746 había sido destinado como misionero a América del Sur, especialmente al sur del territorio chileno para realizar una investigación de sus habitantes y la lengua mapuche.

Filósofo y apasionado por los idiomas (hablaba al menos seis a la perfección), aquel sacerdote alemán tenía un espíritu incansable a la hora de explorar territorios desconocidos en el fin del continente americano.

Su aventura comenzó en 1752, por los montes andinos y tierras de los pehuenches. "El 30 de enero, recorridas ocho leguas, acampé una legua más allá del río Entuco (Antuco), donde existe un lugar bastante ameno y abundante en leña, agua y pasto. Aquí busqué la manera y conseguí atraer a los españoles a que confesaran sus faltas y muchos confesados recibieron además la Sagrada Comunión", relató en aquel histórico diario de viaje.

Bravo: El jesuita Havestadt quedó impresionado con la fiereza de las aguas del río Neuquén.

Día por día, Havestadt hizo una detalla descripción de aquellos parajes imponentes y de la cadena de volcanes que no dejaban de asombrarle. "Al caer la tarde se lo vio vomitar fuego, llamas y lava", dijo al referirse al Antuco, macizo que se mantuvo activo hasta la actualidad. "Repentinamente, hizo erupción con tal furia que sólo confiando en Dios, no pensara y me persuadiera ciertamente de que habíamos de ser cubiertos por una lluvia de piedras o de lava", agregó.

Acompañado por cuatro indios que lo guiaban, el sacerdote siguió camino por entre las montañas hasta que encontró el Mons Achén (Pichachén), el paso fronterizo en aquel entonces transitaban miles de personas entre Chile y territorio argentino.

Fue en tierras neuquinas donde Havestadt realizó los primeros bautismos y celebró una misa ante los atónitos lugareños que lo recibieron muy amistosamente, como él mismo escribió. Havestadt indicó en aquel diario que el mismo cacique Francisco Curupulqui les pidió que hiciera la misma ceremonia con su familia, que estaba ubicada a casi una legua del lugar.

Durante esos primeros días de febrero, el sacerdote realizó más oficios religiosos y siguió avanzando en el estudio de la lengua que tanto le llamaba la atención. Pero no se detuvo en su objetivo de conocer aquel nuevo territorio y el 5 de febrero de 1752 describió el mítico y poderoso río Neuquén.
"El Ñudquen es un río bravo y solamente puede cruzarse en balsa, y por otra parte, como la Providencia de Dios misericordioso nos proporcionara un baqueano, lo vadeamos. Sin embargo, poco faltó para que el río arrastrara a los indios y toda la impedimenta juntamente con las bestias", escribió.
El nombre de Ñudquen –según recuerda el historiador Isidro Belver en Cuna del Neuquén– fue nombrado seis años después por el padre Espiñeira en una expedición religiosa en la zona de Guañacos y hace referencia al cacique Ñequen, residente en la zona de Trocomán y Reñi Leuvú. Por eso suponen los investigadores que el nombre Ñudquen (posteriormente quedaría como "Neuquén") se originaría en la descripción del río o lugar donde reside el cacique o tribu Nequeñ.
Estiman los historiadores que fue la primera vez que alguien escribió la palabra "Neuquén" en un documento histórico, confeccionó un mapa de toda la región y transcribió todas las experiencias vividas en aquella expedición que comenzó hace exactamente 264 años, cuando este territorio era un rincón desconocido del fin del mundo.

Una aventura de 15 años

Bernardo Havestadt cruzó el Neuquén y el Barrancas y llegó a Malargüe. De allí, ya que no se le permitió llegar hasta Mendoza, regresó entrando por el norte neuquino en la zona de las lagunas de Varvarco; bajó hasta las juntas con el Neuquén y lo bordeó subiendo hasta trasponer el Pichi Neuquén, saliendo a Chile y Chillán, por el paso del Catrinao. Como él lo expresa en su "diario de viaje", el objeto del mismo era abrir caminos para futuros trabajos misioneros en la zona de "pehuenches y patagonos".

Los propósitos misioneros de los jesuitas en tierras del norte neuquino se inician con las obras de construcción de un centro misionero en el valle de Guañacos en 1756 que incluiría capilla, salón de reuniones, alojamiento de misioneros y "escuela".

El esfuerzo del sacerdote se vio interrumpido por la Cédula Real de Carlos III, 27 de febrero de 1767, que ordenó expulsar a todos los sacerdotes jesuitas de los dominios del Rey de España, esto es, de toda América.

Havestadt, abandonó Chile y luego de varias peripecias, incluso naufragios y pérdida de casi todas sus pertenencias y papeles, pasando por Perú y Colombia, llegó a Génova en 1770 donde transitó por varias ciudades y conventos. Dos años después arribó a su monasterio de Westfalia, donde escribió sus memorias misioneras, reunidas en su libro Chilidugu (Lengua de Chile) y que publicó en 1777.
(Fragmento de la investigación de Isidro Belver en Cuna del Neuquén).

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