José Becerra: "La literatura es una resistencia contra la banalidad"
Analía Castro
La paradoja de un escritor que no puede escribir y la radiografía literaria de una artista descomunal son los eslabones que motorizan la trama de El artista más grande del mundo, la nueva novela de Juan José Becerra, quien llegará hoy a las 19 al MNBA para hablar de su libro y cerrar así el ciclo de escritores Invierno Planeta. Becerra cuenta la historia del artista Esteban Krause pero desde la perspectiva de Alejandro Del Valle, un escritor menor que oficia de narrador y que por un dolor crónico en la columna ejerce su profesión en forma parlante, dictándole a una máquina. El vínculo entre estos dos amigos será un espejo de las fascinaciones, envidias, debates y malentendidos que existen entre la literatura y las artes plásticas.
¿Por qué elegiste la imagen de un jabalí para la tapa del libro?
Siempre pensé que la tapa podía ser una de las obras de Krause pero son todas imaginarias y megalómanas. Hacer un fotomontaje le daba realidad a una obra que yo prefería que quedara en la imaginación. Y como hay momentos en que aparecen jabalíes... El jabalí tiene de alguna manera el carácter irascible del personaje, que es un artista salvaje, intratable.
¿Y el título?
Mientras estaba escribiendo el libro, el título siempre fue El gran Krause, pero cuando pensé en la tapa dije, “¿Por qué no El artista más grande del mundo?”. Es algo que se insinúa en el libro y que además era más espectacular.
¿Qué te llevó a escribir esta historia?
Hay una primera escena que es un poco azarosa y que define todo. Cuando me senté a escribir no sabía qué iba a hacer y lo primero que se ocurrió era escribir sobre un tipo que estaba pasando por una experiencia parecida a la mía en ese momento: tenía un dolor de cintura que se me fue con natación. El acto de escribir es un trabajo prácticamente esclavo, son muchas horas sentado. Así que escribí con ese resentimiento del escritor que se da cuenta de que la inspiración que la cultura premia sin saber de dónde viene no sería nada sin el sacrificio corporal. Eso fue la primera escena y luego siguió lo que tenía para escribir el narrador, que era la historia de un amigo que es una especie de Messi del arte.
¿Cuánto hay de vos en ese narrador?
Excepto ese dolor de espalda, nada. Es un libro donde todo está inventado. En cuanto a las discusiones sobre arte, podría coincidir con Krause y el narrador en algunos puntos y otro no.
¿Cómo reconocés la literatura en un mercado editorial plagado de propuestas?
A la literatura la reconozco por su resistencia contra la banalidad, la facilidad, el lugar común. Tiene que desequilibrar y obligar a pensar. Cuando no está esa especie de reacción química entre el lector y el texto, hay otra cosa. El mercado editorial postula una hegemonía que actualmente es una literatura de calidad, de medianía. No está mal pero tampoco es descollante. Tiene un piso de rendimiento, de eficacia y su propia agenda. Después hay otras literaturas más invisibles y otras que no se publican que pueden ser buenísimas.
¿Cuáles escritores te marcaron?
Muchísimos. Me detengo en los que me emocionan. Paradójicamente son intelectuales o analíticos. Proust, Puig, Alan Pauls, Bolaño, Cervantes tocan la cuerda de la emoción. La combinación entre pensamiento y sensibilidad tiene mucho que ver con mi gusto como lector.
Teniendo en cuenta los inicios, ¿te sentís consolidado como escritor?
Para nada, siento que estoy un poco más desesperado. Esta es una actividad que sólo puede hacerse a ciegas. No sé por qué soy escritor. Cuando terminás un libro lo primero que pensás es que no estuviste a la altura de las expectativas que tenías antes de empezarlo. Escribo para ser derrotado, siempre hay algo que se me escapó, que no dije o dije de más.
¿Cómo cerrás un libro siendo tan crítico con vos mismo?
Eso es cuando termina el libro, cuando lo estoy haciendo no hay mucha conciencia y eso sí me gusta. El placer está en el hacer, en el mientras tanto. En cuanto a los finales, siempre los veo venir, son como una relación que se acaba. Una vez que se rompe la inercia con la primera escena, la velocidad de la escritura puede variar y hay un momento que la fuerza se apaga por aburrimiento. En algún momento aparece la última escena y tengo que llegar a esa costa, la de los vivos y la de los pendejos, solo que los pendejos son mayoría y los vivos somos muy pocos.
Periodismo de autor
“No hay que creerle a todo el mundo”
Desde su rol de periodista, Becerra analizó el sistema mediático y aseguró que “a medida que avanza el periodismo industrial, retrocede el de autor”. “En la autoría está la misión ética, la cuestión moral, formal, la inteligencia y la autonomía. Muchos autores se convierten en eslabones de la maquinaria industrial por codicia. Es muy difícil creerle a alguien en la tele”, dijo y añadió que el público es poco exigente. “Obviamente que la responsabilidad es más del periodista porque hay una función que tiene que cumplir”, planteó y agregó que sigue “a figuras como Horacio Verbitsky o Hugo Alconada Mon porque no mienten y toman en serio su trabajo, más allá que coincida o no con sus pensamientos”. Postuló que pese a que la industria arrasa con lo que está más diseminado porque es un núcleo fuerte con muchas bocas de expendio, los periodistas tiene como recurso las redes sociales para publicar. “Si uno quiere, se puede informar, y una forma es a través de la sospecha. No hay que creerle a todo el mundo”, advirtió.
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