El clima en Neuquén

icon
11° Temp
67% Hum
La Mañana Grondona

Julio Grondona, el ferretero que se adueñó del fútbol durante 35 años

Este sábado cumpliría 90 años el mentor del "todo pasa". De Sarandí a Zurich. El hombre manejó con habilidad la suerte del deporte más popular del país y se hizo influyente en FIFA. Sus dolores, habilidades y oscuridades.

Cuando Nélida Pariani, su esposa durante más de medio siglo, se enfermó, Julio Grondona envejeció muchos años de golpe. Él ya andaba orillando los 80 años y en aquella etapa hizo un enorme esfuerzo por mostrarse entero públicamente, aunque quienes lo rodeaban, susurraban que el viejo estaba muy caído. Un tiempo después, en junio de 2012, cuando los tratamientos oncológicos ya fueron inútiles y el cuerpo de la mujer dijo basta, Grondona quedó de rodillas en el ring de su vida. Como nunca, se sintió solo, y dar pelea empezó a perder sentido. Hasta dejó de usar su famoso anillo con la inscripción “Todo Pasa”. Su dolor fue tan grande que ni siquiera pudo gozar de que su Arsenal, el club que fundó cuando tenía 24 años, haya salido campeón de Primera una semana después. Aunque algo le quedó claro: con ese sueño cumplido, aunque no disfrutado, ya se podía morir tranquilo.

El hombre que hoy cumpliría 90, vivió un par de años más después de quedar viudo. Y el fútbol, como tantas veces, le dio motivos para tener la cabeza ocupada, aunque no logró rescatarlo de la soledad en la vuelta a casa. Pero le permitió seguir siendo Grondona, el hombre más poderoso del fútbol argentino, el tipo que manejó durante años las finanzas de la FIFA, la federación deportiva más rica del mundo, la del FIFA-Gate y la olla de corrupción destapada en 2015. Un hombre respetado por su capacidad e intuición para la gestión, aunque para él gestionar incluía saber negociar en la oscuridad, por lo tanto, además, era temido.

Te puede interesar...

Cosechaba más aduladores que admiradores y eso lo convirtió en un tipo intimidante. Tanto en las grandes acciones como en las que podrían parecer insignificantes, como la oficina que había montado en la sede de la AFA de la porteña calle Viamonte para que su esposa hiciera reuniones. Una especie de “comisión de mujeres” que colaboraba con diferentes causas y que no volvió a abrirse tras la muerte de Nelly en 2012. Era tanta la tristeza que le daba a Grondona esa ausencia que nunca volvió a abrir la puerta de aquella oficina. Y era tanto el poder intimidatorio que tenía sobre los empleados que nadie se animó a dar vuelta la llave de esa oficina que permaneció cerrada mucho tiempo, ¡aun con el propio Julio ya muerto!

image.png

Sin embargo, la verdadera oficina de Grondona, la que él más valoraba, era una muy chiquitita, en el entrepiso en su ferretería en Sarandí. Una ferretería que, con el paso del tiempo, se convirtió en corralón de materiales que abasteció la mayoría de las reformas que se hicieron tanto en la AFA (Viamonte y predio de Ezeiza) como en muchos clubes. De hecho, cuando Julio Comparada comenzó la remodelación del estadio de Independiente, con la licitación ya resuelta en favor de una constructora que se encargaría también de los materiales, “algo ocurrió” en el medio que las compras terminaron siendo, no casualmente, en el corralón de Sarandí. De ese corralón, también, supieron salir muchos materiales fiados, con apenas un nombre y los números anotados en una libreta, para los vecinos. Grondona entendía que la generosidad no era sinónimo de debilidad pero mucho menos de desinterés: era poder. Y ser un buen acreedor fue la estrategia que lo hizo llegar tan alto.

Por aquella oficina de la ferretería, con una mesita sencilla y un par de sillas plásticas, no sólo desfilaban proveedores de la construcción, sino buena parte del mundo del fútbol. Desde los que podrían caminar por cualquier lado sin ser reconocidos, hasta los que no llegarían a dar tres pasos en la calle sin que la gente les pidiera una foto o un autógrafo. Al Coco Basile, por ejemplo, antes de ser nombrado sucesor de Bilardo en 1990, lo recibió en aquel entrepiso de la ferretería. Y ahí mismo, mientras Nelly -siempre cerca- sirvió un whisky que Grondona quería tener a mano para mostrarse un buen anfitrión, arreglaron todo lo importante para que el Coco sea el nuevo técnico de la Selección. El resto, el papelerío, se terminaría de resolver en la AFA. Y ya nada se interpondría, ni siquiera el público deseo del futbolero presidente de la Nación, Carlos Menem, quien tenía otro candidato.

Grondona en la ferretería

Don Julio había aprendido, entre el comercio y la calle, que una buena cintura política involucraba mucho más que “rosqueo”. A veces había que gritar, otras callar y esperar, y muchas escuchar. Pero siempre, decidir. Y aprendió de sus errores, porque en 1969 fue suspendido por un año como presidente de Arsenal por agredir a un referí. Nunca más lo hizo, aunque eso no signifique que nunca más reprochó e insultó en la cara a un árbitro. Sólo que nadie lo vio. Ya era presidente de la AFA, donde estuvo 35 años luego de que el 6 de abril de 1979 el Almirante Carlos Lacoste lo encumbrara a ese cargo. Grondona defendió ese puesto con sucesivas reelecciones ininterrumpidas, lapso en que por Argentina pasaron todos los presidentes militares y los democráticos hasta que el 30 de julio de 2014 murió bajo la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Le faltó un poco más de vida para poder ver también como presidente de los argentinos a Mauricio Macri, quien, curiosamente, allá por 1995 -cuando asumió en Boca- tenía un sueño: ser presidente… de la AFA. Pero le resultó más sencillo llegar a conducir el país que destronar a Grondona, que en siete de las ocho ocasiones en las que fue reelegido, lo logró de forma unánime.

Grondona gruñía cuando atendía su teléfono, pero siempre lo atendía personalmente. Y siempre tenía a un dirigente fiel “trabajando” para él. O sea, escuchando, parando la oreja, todo para mantener informado al Don. Cierta vez, charlando con un empleado del fútbol de la AFA en el predio de Ezeiza, noté que éste bajó la voz. Le pregunté qué pasaba y me contestó: “Está dando vueltas uno de los alcahuetes de Grondona”. Era un dirigente del Ascenso, de esos que nunca saldrían en las noticias, pero que en algún viaje de selecciones mayores o juveniles, “presidirían la delegación”, con los viáticos pagos y haciendo cola en el Freeshop con un canasto lleno de perfumes y chocolates. En el mismo predio, un piso más arriba, unos años antes un ex entrenador de las juveniles que estaba esperando una -merecida- mejora de su contrato, confesaba indignado: “Acá todos ganan plata menos nosotros… O vamos a creer que Grondona tiene todo lo que tiene gracias a la ferretería…”.

image.png

El secreto de Don Julio fue lograr que todos le debieran algo y consiguió que algunos le deban mucho. Al que no tenía, le prestaba. Y si la malgastaba, le volvía a prestar. La AFA era rica aunque los clubes fuesen cada vez más pobres: los de Primera, los del Ascenso. ¿Exigía investigaciones por algún supuesto manejo fraudulento? A lo sumo un tirón de orejas. El problema era con el que se rebelaba y sacaba los pies del plato. Mientras todos cumplieran con lo suyo, o sea votar y apoyar desde el Comité Ejecutivo cada reelección y deseo/orden de Don Julio, el resto se arreglaba.

Su fuerte carácter lo llevó a tener una relación entrecortada con su hermano menor, Héctor, dirigente como él aunque mejor jugador de fútbol, de hecho en el Arsenal que don Julio fundó en los años 50, Héctor está considerado una de las grandes figuras de su historia. “Podrá ser todo, pero nunca que fue goleador”, dijo alguna vez el menor de los Grondona, enojado con su hermano mayor. Don Julio sentía el fútbol como algo propio más allá de su visión como dirigente y, aunque no haya sido goleador como dijo su hermano, disfrutaba de intervenir en decisiones técnicas. Claro que lo negó siempre, aunque fue un secreto a voces que antes del Mundial 86, Carlos Bilardo entró al edificio de la calle Viamonte con una lista de 22 jugadores cerrada y luego de reunirse con el presidente salió con un par de nombres cambiados: adentro Olarticoechea y Tapia (ambos de Boca); afuera Russo y Sabella (de Estudiantes). Su habilidad política y sus conocimientos del fútbol le hacían ver que la Argentina de Maradona, pese al caos que la rodeaba y al lobby político que supo aguantar para no echar a Bilardo, podía traerse la copa del mundo. Y su gestión no podía permitir que, como en 1978, Boca otra vez no tuviese un campeón mundial.

Pudo haber sido el Mundial de Brasil su último logro. Sabía que sería el último, quería que, como Diego 28 años antes, fuera Messi el capitán campeón, un Lionel por el que había hecho gala de su poder para que no se lo llevasen los españoles a su selección: inventó un amistoso juvenil, movió sus influencias para que Paraguay armara de urgencia un Sub 20 y viajase a Buenos Aires para que Messi se ponga la celeste y blanca y ya no sea más una amenaza la posibilidad de que juegue para otra Selección.

Grondona tenía 83 años pero seguía levantando temperatura cuando algo no le gustaba, como cuando durante el Mundial 2014 tildó a Maradona de “mufa” y estaba enojadísimo con Sabella porque siendo ya subcampeón del mundo renunciaba al cargo y no había podido convencerlo de que se quedara. Entre el 13 de julio de 2014, día de la final contra Alemania, y el día de su muerte pasaron 17 días. Ya tenía todo armado para que el Tata Martino, a pesar de haber sido un duro crítico de la organización del fútbol argentino, fuese el nuevo DT. Su cintura política, una vez más, lo había logrado. Don Julio se apagaba y atrás de él todo se prendía fuego, en la calle Viamonte y también en Zurich, donde el FIFA-Gate hizo arder a la cúpula del fútbol mundial. Aunque Julio Grondona ya no estaba.

Lo más leído

Leé más

¿Qué te pareció esta noticia?

31.578947368421% Me interesa
15.789473684211% Me gusta
0% Me da igual
10.526315789474% Me aburre
42.105263157895% Me indigna

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario