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La Mañana muerte

La Higuera, el pueblo en donde el Che Guevara se hizo mito y santo milagroso

El Che fue asesinado el 9 de octubre de 1967 en Bolivia. Al lugar en donde cayó el símbolo revolucionario más grande del planeta llega gente a pedirle milagros.

“Dispare, no sea cobarde… Va a matar a un hombre”, dicen que dijo. Lo que más en claro tenía Mario Terán, antes de escuchar la voz del Che Guevara, de ser el interlocutor directo del último sonido que elaboraron sus cuerdas vocales, era que debía disparar del cuello para abajo, porque las radios de Bolivia ya estaban informando –aun antes de la ejecución- que el Che había muerto en combate. Aquel joven sargento boliviano gatilló una carabina al cuerpo y terminó con la vida de un guerrillero asesino o de un idealista romántico, según del lado de la mecha en que cada uno se ponga, y alumbró a la leyenda. A un mito que con su último suspiro impregnó aquella localidad llamada La Higuera, en la selva de Bolivia, de un misticismo que al día de hoy, 53 años después de esa balacera mortal, la envuelve y lleva a mucha gente a acercarse al Mausoleo que lo homenajea a rezarle, a dejarle escritos, pedidos de ayuda, favores.

“Hay personas que le van a pedir que llueva y, efectivamente, llueve”, contó hace un tiempo Blanca Cadima, vecina del Vallegrande. En la generalización de esta idea mucho tuvo que ver el último semblante del Che, ese que lo mostró recostado en el piletón de la lavandería del Hospital de La Higuera, con su barba desalineada, el pelo largo y revuelto, la boca entreabierta y los ojos redondos con la vista fijada en el mismo punto en que quedaron al momento de la ráfaga de carabina recibida unos minutos después de la una de la tarde del 9 de octubre de 1967. Así, un tipo que en vida fue absolutamente ateo, a su muerte mucha gente le pide milagros sólo porque lo sintió parecido a Jesús en la cruz.

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El cadáver del Che Guevara fue exhibido durante un par de días en Bolivia.

El cadáver del Che Guevara fue exhibido durante un par de días en Bolivia.

Hay historias que sobrevuelan el Vallegrande, como sobrevoló el helicóptero militar que llevaba atado en su tren de aterrizaje al cuerpo muerto del Che, camino al Hospital donde fue exhibido durante dos días, sin ningún tipo de honor pero tampoco con ofensas post mortem. De hecho, hubo órdenes para las enfermeras del lugar de “emprolijar” la imagen de Guevara, lavándole particularmente la cara para que luciera limpia del fango propio del monte en donde él y menos de una veintena de guerrilleros habían intentado aguantar, sin éxito, la emboscada pensada por la CIA y ejecutada por el Ejército boliviano.

“Llegó al Hospital en el helicóptero y lo bajaron en la lavandería. El doctor nos mandó a limpiarlo. Tenía la barba larga y el cabello medio crespito. Tenía los ojos abiertos y no quiso el doctor que se los cerremos. ‘Así nomás, abiertos’, dijo”, recordó Susana Osinagra, enfermera en La Higuera, cuando se cumplió el 50 aniversario de la muerte del Che. Y ella misma, medio siglo después, puso en la mesa los efectos milagreros de quien nunca pudo encontrar un milagro para sí mismo, uno que lo liberase del asma que lo acompañó desde su niñez en Rosario: “Al Che le he pedido que nos cure, porque él era doctor. Tengo 85 años y creo que me mantuvo viva hasta ahora”, supuso la mujer. Y como Susana, muchos le pidieron y le siguen pidiendo, y en cualquier idioma, como esa leyenda que puede leerse en portugués en las cercanías del lugar donde cayó muerto: “Comandante, dame fuerzas para seguir, protege a mi hija Isabelle, danos paz, salud y que estemos siempre juntas. Te amo Che, no desistiré”.

Ernesto se había convertido en el Che en México, en 1956, cuando conoció a Fidel Castro y se unió a las tropas de la revolución como médico. La presencia del líder guerrillero cubano fue toda una aparición para Guevara porque en él, además de un líder y un estadista de precisión, vio a la persona que encarnaba sus sueños de revolución. Y el “doctor del grupo” comenzó a entrenar como militar y a mostrar sus dotes de combatiente y de estratega, de pensador, lo que le valió un ascenso a comandante. La boina, la estrella cubana, el simbolismo comenzaba a rodearlo sin que supusiera, entonces, que el tiempo lo convertiría en un ícono del marketing, que las fotos con su cara, estampadas en remeras y tatuadas en las pieles, abundarían en los lugares más burgueses dominados por el capitalismo que él combatía, contra los que él disparaba sin que le temblara el pulso.

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El Che Guevara se unió a Fidel Castro en México y juntos lideraron la Revolución Cubana.

El Che Guevara se unió a Fidel Castro en México y juntos lideraron la Revolución Cubana.

Cuando la revolución cubana se asentó, el Che sintió que su misión estaba terminada. Su ambición no pasaba por el oro sino por el barro, pero un barro que lo lanzara al triunfo de sus ideas políticas y económicas. Tan exigente que en los últimos años de su vida, sin saber que serían los últimos, había comenzado a escribir un libro en el que cuestionaba los manejos financieros de la Unión Soviética y que anticipaba que se estaba retornando al capitalismo. Sin embargo, aunque la certeza no lo acompañara, sí lo hacía la sensación de morir: era una posibilidad que tenía muy presente en cada acto que iniciaba.

Cuando en abril de 1965 dejó Cuba, cortándose el pelo y afeitándose, cambiando su nombre a Ramón Benítez, partiendo rumbo a África y dejando al Che en la clandestinidad, fue con la idea de ayudar a liberar al Congo de las fuerzas belgas, una vez más de lo que él consideraba “la opresión capitalista”. Pero las cosas no salieron bien y terminó huyendo, sin poder concretar sus sueños de liberación, en silencio pero gritando en sus cuadernos, donde escribía todos sus movimientos y pensamientos, que no había encontrado la predisposición que él quería. Y calificó esa lucha congoleña como “guerra idiota, sin objetivos. O, al menos, con objetivos vagos”. Pero también escribió que había errores que no volvería a cometer ni olvidaría “la derrota y sus más preciosas enseñanzas”.

Su final pareciera haberlo hecho tropezar con la misma piedra. En Bolivia, el Che terminó solo. Con el bloque soviético desentendiéndose de su lucha por liberar América Latina, con el propio Partido Comunista boliviano dándole la espalda –acusó al líder local, Mario Monje, de “traidor”- y dejándolo librado a su suerte en la selva, desde donde pensaba podía replicar el modelo Vietnam. Pero no tuvo apoyo ni siquiera de los campesinos, del pueblo, de los beneficiarios, según sus ideas, de la guerra que él estaba dispuesto a pelear.

En marzo de 1967, la CIA, que había enviado fuerzas norteamericanas a dar apoyo e instrucción al ejército boliviano, descubrió su base y desde ahí todo comenzó a declinar. Con el paso de los meses lo fueron acorralando, aislando, dejándolo sin medicamentos, sin abastecimiento, sin soldados. El 8 de octubre, en la Quebrada del Yuro, acompañado por un puñado de hombres cansados, no resistió el tiroteo y cayó prisionero, herido en una pierna. Ahí estaba Félix Rodríguez, un cubano exiliado tras la revolución de Fidel, que trabajaba para la CIA. Que, según contó años más tarde, sólo estaba para asesorar, lo que lo eximió de dar la orden de matar a Guevara. Esa vino “de los altos mandos”, atribuidos al general René Barrientos, presidente de Bolivia. O, como siempre se sospechó, de la Embajada de los Estados Unidos.

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El Che en Bolivia, al mando de un grupo guerrillero mal armado con el que encontró su final.

El Che en Bolivia, al mando de un grupo guerrillero mal armado con el que encontró su final.

Cuando unos años antes, estando en África, se había enterado de la muerte de su madre, inundado de tristeza escribió sobre lo que podría ser su propia muerte. Imaginó que su cuerpo “se descompondría solo en un monte” si era muerto en combate o sería exhibido por sus enemigos y saldría en la revista Life, “con la mirada agónica y desesperada, fija en el instante del supremo miedo, porque se tiene miedo, a qué negarlo”, en caso de ser tomado prisionero.

Fue todo un presagio de su imaginación que aun así no alcanzó como para advertir en qué se convertiría después. En un póster y objeto de culto para muchos; en un criminal cínico y despreciable para otros; o simplemente en “San Ernesto de la Higuera”, para los habitantes del pueblo donde fue ejecutado. En un ser venerado no por su ideales sino por sus milagros. “Acá, don Ernesto está con nosotros y nunca nos falla; con su sufrimiento lo redimió todo”, suele oírse en la altura de aquella zona montañosa. “Mucha gente viene y le pide favores al alma del Che, como si fuera un santo. Al monumento que él tiene le suelen poner velas para pedirle algo. Le hacen misas, vienen parejas que les piden favores, personas mayores que están enfermas y piden sanación… No sé, tal vez al no encontrar otro consuelo en la religión…”, se preguntaba Mario Medina, empleado del Centro Cultural Che Guevara, en La Higuera.

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Herido, el Che fue capturado prisionero. Luego llegó la orden de matarlo.

Herido, el Che fue capturado prisionero. Luego llegó la orden de matarlo.

Ernesto Guevara de la Serna, Ernestito, Teté, el niño asmático por el que su familia se había mudado a Alta Gracia, Córdoba, para que el aire serrano le ayudara a superar su enfermedad, murió a los 39 años. El que sabía hablar en francés porque se lo había enseñado su mamá; el que conocía los secretos del ajedrez porque se los había enseñado su papá; el que de adolescente jugó al rugby en Rosario y escribió sobre ese deporte en la revista Tackle; el que antes de los 20 se lanzó a la aventura de recorrer el norte argentino en bicicleta y unos años después el sur americano, en motocicleta; el que aprendió a disparar fusiles para librar sus batallas en el ejército de Fidel; el referente de la Revolución Cubana que fue ministro de Industria y presidente del Banco Nacional de Cuba; el que inventó una frase que se patentó para la posteridad aunque casi nunca pudo escuchar en bocas de otros: “Hasta la victoria, siempre”; el que, al caer prisionero, les dijo a sus captores “soy el Che Guevara y valgo más vivo que muerto”; el que horas después fue ejecutado y se convirtió en una leyenda que representa lo que cada cual espere de ella: un héroe, un villano o “San Ernesto de la Higuera”, un hacedor de milagros.

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Durante décadas, el cuerpo estuvo desaparecido. Hoy, en La Higuera, el lugar donde murió, se lo venera.

Durante décadas, el cuerpo estuvo desaparecido. Hoy, en La Higuera, el lugar donde murió, se lo venera.

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