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La otra Mano de Dios que irritó a los ingleses

Este viernes se cumplen 55 años del día en que Antonio Rattín estrujó el banderín de Inglaterra en el estadio de Wembley durante el Mundial de 1966.

Veinte años antes de que el mundo conociera La Mano de Dios, hubo otra mano, en este caso derecha -casualmente también de un número 10 y capitán del equipo-, que irritó a los ingleses tanto o más que el puñito zurdo de Maradona en 1986. Aquella fue una mano grande, áspera, enojada, que provocó la reacción furiosa de 90.000 personas que llenaban el estadio de Wembley y que mereció un calificativo por parte del entrenador del seleccionado de Inglaterra, Alf Ramsey, dedicado a los argentinos y que adoptaron todos los británicos: “Animals”.

Antonio Ubaldo Rattín no hablaba una palabra en inglés aunque en ese momento no necesitó de un traductor para entender el significado. Como tampoco hizo falta un intérprete que explicase la ira del público local, en aquella tarde del 23 de julio de 1966, mientras Inglaterra y Argentina disputaban los cuartos de final del Mundial. Rattín se había sentado en la impoluta alfombra roja de la Reina Isabel II y luego, camino al vestuario, estrujó, como si fuera un trapo, el banderín del córner con los colores del Imperio Británico.

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Hace 55 años, lo que era un simple partido mundialista empezó a constituirse en un clásico con más rivalidad extradeportiva que deportiva. Pasó medio siglo más cinco años de un duelo en el que Argentina presentó un equipo con muy buenos jugadores y que terminó perdiendo 1-0, entre otras cosas porque desde los 36 minutos del primer tiempo jugó con uno menos: el referí alemán, Rudolf Kreitlein, echó a Rattín, quien comenzó un sainete que se extendió por más de diez minutos, con discusiones -y pataditas en los tobillos al referí incluidas-, el ingreso de un traductor para clarificar lo que el alemán y los argentinos oscurecían en sus respectivos idiomas, y la inexorable salida del campo de juego del caudillo del seleccionado nacional, expulsado, haciendo la mencionada escala en la alfombra real y luego apretando con su manota derecha la banderita británica. Todo en las caras de los ingleses (“in their faces”, podría haberse dicho entonces).

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El incidente, que hoy hasta se ve como un hecho bizarro, en aquel momento bien pudo detonar en un conflicto diplomático, por la actitud de desprecio de Rattín a un símbolo patrio para los británicos, como los colores de la bandera del Imperio. Sin embargo, y más allá de esta actitud, nunca quedó del todo clara la razón por la que el árbitro echó al mediocampista de Boca, la que motivó semejante reacción. Por lo pronto, la única “prueba” fue la propia palabra de Kreitlein, quien a pesar de no hablar el castellano, entendió que Rattín lo había insultado. ¿Cómo? “Por la forma en que me miró. Lo hizo con mala cara y me di cuenta de que me insultó”, explicó el juez del partido, una vez consumada la eliminación argentina y la clasificación de los locales a las semifinales.

Vale la pena, como dato de contexto, apuntar que los inventores del fútbol, los ingleses, quienes durante años se resistieron al profesionalismo hasta que finalmente lo aceptaron, hasta la Copa del Mundo que ellos organizaron en 1966 sólo tenía el título de “creadores”. Y querían, sentían que lo merecían, el de campeones mundiales. Y qué mejor que conseguirlo en su propia casa. De hecho, lo terminaron logrando tras vencer casualmente a la Alemania Federal de Rudolf Kreitlein en la final, en un partido que terminó 2-2 en los 90 minutos y en el alargue Inglaterra ganó 4-2. Pero el tercer gol, el que quebró la paridad y marcó el rumbo definitivo, nunca debió ser convalidado: el remate de Geoff Hurst pegó en el travesaño y picó afuera del arco, aunque para el árbitro (el suizo Geoff Dienst, en colaboración con su juez de línea uno, el soviético Tofiq Bakhramov) la pelota cayó dentro y lo dio como válido. Esa jugada con el tiempo recibió el nombre de “el gol fantasma”.

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Para el fútbol argentino de aquella época eran tiempos confusos. Se había pasado del juego lírico y romántico de los años 40 y 50, de toque y pelota al pie, llamado “la nuestra”, a uno mucho más físico y táctico en la década del 60. La Selección había tenido un tropezón histórico al volverse en primera fase del Mundial de Suecia 58 (con una goleada en contra ante Checoslovaquia por 6-1) y el rumbo no estaba nada claro. La copa de Chile 62 fue más de lo mismo pero Inglaterra 66 asomaba como una buena oportunidad de levantar cabeza a nivel internacional.

Una anécdota singular

Y hablando de levantar cabeza, se dio una anécdota muy singular con un par de jugadores del equipo en aquella Londres de 1966 que, además del Mundial de fútbol, tenía dos temas dominantes en la calle. Uno era la música del grupo más popular del momento, Los Beatles, y otro era el último grito de la moda: las minifaldas. Así, las mujeres dejaban ver sus piernas desde arriba de las rodillas hasta sus pies, en una muestra de una liberación femenina que asomaba desde la vestimenta y se imponía en Europa, aunque que para Argentina todavía era una absoluta novedad.

Tanto que -y de ahí aquello de “levantar cabeza”- estos dos futbolistas de la Selección salieron a caminar por el centro de Londres en un rato libre y se asombraron con las piernas al descubierto de una mujer. Y comenzaron a seguirla admirados y sin sacarle la vista a esas piernas, a punto tal que se desorientaron y al cabo de un par de cuadras se dieron cuenta de que estaban perdidos y no sabían cómo volver al hotel. Tampoco hablaban inglés como para preguntar. Por suerte para ellos, uno llevaba una tarjeta del lugar donde estaban alojados y con idioma gestual y buena voluntad de pate de los londinenses, encontraron el camino de regreso.

Pero volviendo a la tarde en Wembley, hay otro detalle para tener en cuenta: todavía no existían las tarjetas amarillas y rojas (a raíz de este incidente, se implementaron a partir del siguiente Mundial, en México 70). Y no es un dato menor, considerando que resultaba imposible una comunicación que vaya más allá de un gesto o de un silbatazo por parte del referí. Y eso fue lo que hizo el alemán a los 36 minutos del primer tiempo, porque de golpe paró el partido y le hizo el gesto a Rattín de que se fuera de la cancha. El argentino dijo que no lo entendía y comenzó su show.

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Según contó en una entrevista con el diario La Nación, “cobraba todo a favor de Inglaterra este señor alemán. Bah, señor no, retiro o dicho. Este guacho les daba todo a ellos: córners, foules, hasta inventaba manos. Todo para los locales. Ante eso, le mostré el brazalete de capitán y durante varios minutos le pedí un intérprete para pedirle explicaciones. Le insistí y me expulsó”.

La realidad es que los jugadores argentinos habían entrado con el árbitro en la mira, dado que desde que se enteraron que los dirigiría un alemán, les decían que se cuidaran de los fallos. “Nos llenaron tanto la cabeza que entramos a la cancha mal predispuestos -relató años más tarde Jorge Solari, el Indio, quien jugaba de mediocampista por derecha -. Entonces Rattín paraba el juego a cada rato. El alemán no entendía un corno de castellano y Rattín, que no entendía de castellano, menos de alemán. Y a la tercera vez que le paró el partido, lo echó”.

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Con 84 años cumplidos en mayo, Rattín es parte del Museo de la Pasión Boquense, donde en 2015 se inauguró una estatua en su honor. Mediocampista central de gran personalidad, enorme presencia (1,90 de estatura) y juego prolijo, hizo toda su carrera en Boca, donde ganó cuatro títulos y es uno de sus más grandes ídolos. Por pocos meses no coincidió en el club con Maradona: cuando Diego llegó en 1981, Rattín acababa de ser despedido como entrenador del equipo.

Sin embargo, la historia los unió con la camiseta argentina, los dos con la 10 y la cinta de capitán en un Mundial, y cada uno con su mano más hábil exasperando a los ingleses. Iniciando uno y consolidando el otro una rivalidad que se potenció por razones políticas, mucho más sensibles, por cierto, que un partido de fútbol.

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“Fue tan injusta la expulsión, que de la bronca me senté en la alfombra roja del palco de la Reina -describió hace unos años Rattín-. Ella no estaba, pero me senté unos minutos ahí. Después caminé para el vestuario y la gente me tiraba chocolates: yo los abría, los masticaba y se los devolvía. Y cuando llegué a la esquina, vi el banderín británico, lo retorcí y les grité: ‘Ingleses hijos de puta’. Se ve que se habían acabado los chocolates porque me empezaron a tirar con latas de cerveza cerradas, ja”.

Hace 50 Años Rattin fue expulsado ante Inglaterra y Argentina, eliminada del Mundial de 1966

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