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La Mañana Menem

Las medidas que marcaron las presidencias de Menem

El riojano llegó al Poder Ejecutivo el 9 de julio de 1989, cuando recibió el mando del radical Raúl Alfonsín, y se mantuvo hasta 1999.

El “yo no lo voté” se multiplicaba a fines de los 90. La década se terminaba y los 10 años y cinco meses de presidencia de Carlos Menem dejaban un país complejo desde lo social y desde lo económico.

Sin embargo, no sólo que “alguien” efectivamente lo había votado, muchos lo habían votado. Y no una sino dos veces, porque sus habilidades políticas, entre otras situaciones, le hicieron mover las piezas de tal modo que en 1994 motorizó la reforma de la Constitución, que achicó los períodos de gobierno a cuatro años y le permitió la reelección, que tuvo lugar en 1995. Así, fue presidente desde el 9 de julio de 1989, cuando recibió el mando de Raúl Alfonsín -justamente con quien pactó la reforma del 94- hasta el 10 de diciembre de 1999, cuando se lo entregó a Fernando de la Rúa.

En el medio, su gobierno “peronista” en realidad fue 100% “menemista”. El hombre que había llegado al poder enarbolando las banderas del General y del viejo justicialismo, fue el primero en decir que había que modernizarse, que no se podía vivir estancados en el 45 (año en que la figura de Perón se convirtió en líder de masas), y aun así nunca dejó de citar a creador del PJ. El menemismo, en definitiva, resultó un equilibrio entre el discurso popular y la acción liberal; entre pregonar la justicia social aunque sin un Estado benefactor e intervencionista; entre cantar “combatiendo al capital” con los dedos en V y liberar el mercado para que se regule solo.

En este cóctel, el gobierno de Menem surgió de las cenizas de una Argentina casi quebrada, se deslumbró con un lapso en el que parecía que nada podía salir mal y que el país, de verdad, había entrado al primer mundo, como el propio Menem lo afirmaba, y se precipitó hacia una caída fuerte en los últimos años de su gestión.

Son muchas las aristas que toca la doble presidencia de Menem aunque, posiblemente, la Ley de Convertibilidad y el denominado 1 a 1, que igualó al peso con el dólar estadounidense, sea el punto más saliente. Y detrás, todo lo bueno y lo malo que trajo consigo. Desde abril de 1991, cuando debutó la ley, hasta iniciado su segundo mandato, la economía argentina consiguió algo que hizo historia: estabilidad, entendiéndose por esto una bajísima inflación, serenidad en los mercados para poder hacer cálculos a futuro y que fuesen previsibles.

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Discurso de Carlos Saúl Menem en el Capitolio de 1991.

Y esto hizo que los que tenían mucho dinero tuviesen más y los que no tenían tanto sintiesen que, por primera vez, podían acceder a determinadas situaciones -la mayoría vinculadas al consumo- que los igualaba con los sectores más pudientes. Si un peso valía un dólar hoy y lo mismo valdría dentro de un año, el que contaba billetes grandes podía comprarse una heladera de primera línea, un TV color importado, un par de zapatillas de marca o soñar con un viaje al exterior a alguna playa de ésas de ensueño. Y el que contaba monedas podía hacer cuentas y pertenecer al mismo mundo que el que tenía más, porque disponía de crédito a tasa cero. Pagar 120 en un pago o en 12 cuotas de 10, era una elección de acuerdo con el bolsillo de cada uno. De ahí que algunos analistas políticos definieran que el triunfo de Menem en su reelección de 1995 se debió al “voto licuadora”, al “voto heladera”.

Claramente el peso argentino no valía lo mismo que el dólar y esa burbuja de irrealidad en algún momento explotaría, pero en el mientras tanto el grueso de los votantes, ese abanico del 50% del país que aglutinaba a pobres, clase media y empresariado de clase media-alta, disfrutaron del menemismo y lo apoyaron.

Para comprender este contexto habría que retroceder a la etapa previa al arribo de Menem al poder, cuando el país era un polvorín, con una inflación que convertía al dinero en papelitos que no valían nada de un día para el otro. Había una enorme crispación social y saqueos. Las elecciones que consagraron cómodamente al riojano como presidente habían sido el 14 de mayo, demasiados meses antes de la entrega del mando, prevista para el 10 de diciembre.

Si al gobierno de Alfonsín el agua ya le había tapado la cabeza, cuando Menem comenzó a hablar de sus planes económicos y de que ya tenía el equipo armado, la transición (y el país) se hicieron inviables, a punto tal que el Jefe de Estado saliente renunció y el electo se tuvo que hacer cargo del gobierno cinco meses antes de lo previsto, el 9 de julio de 1989.

El salariazo, la revolución productiva y el “síganme, no los voy a defraudar”, tuvieron el gancho necesario para ganar las elecciones y el resto surgió de los desastres del gobierno radical. Pero quienes creyeron que desde La Rioja llegaba un Perón con patillas rápidamente empezaron a desconfiar. Porque entre “combatir al capital”, como versa la marcha peronista, y convocar al emporio agro-industrial Bunge&Borg para que elabore el plan económico, había un trecho casi infinito. Menem basó su estructura de gobierno en raíces neoliberales, que sostuvo incluso en los cambios de ministros que fue teniendo. Porque, más allá de los nombres propios, el concepto era claro: poco Estado, mucho privado, y que el mercado indique el camino.

El llamado “Plan BB” fue ideado por Miguel Ángel Roig, vicepresidente de Bunge&Borg, quien murió de un infarto a una semana de haber asumido el cargo. En su lugar, Menem puso a Néstor Rapanelli, que también ocupaba un importante cargo ejecutivo en BB, pero en diciembre terminó renunciando: otra vez la hiperinflación arrasaba con el bolsillo de la gente y el Austral no tenía piso. Sin embargo, las semillas estaban plantadas. La Reforma del Estado ya era ley y las privatizaciones comenzaban a ser noticia cada vez más seguido. La primera fue ENTel (Empresa Nacional de Telecomunicaciones) y luego Aerolíneas Argentinas.

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Carlos Menem y María Julia Alsogaray

Carlos Menem y María Julia Alsogaray

Desde entonces, todas las empresas del Estado fueron pasando a manos privadas. Rapanelli fue reemplazado por Antonio Erman González, quien impulsó el plan Bonex para atacar a la hiperinflación (los plazos fijos, que daban una renta diaria altísima producto de la inflación, fueron pasados de estos bonos para que haya menos circulación de efectivo, así menor necesidad de imprimir moneda y, de ese modo, reducir la inflación). La economía se estabilizó un poco aunque la recesión fue de un costo enorme.

También hubo otras acciones políticas con un fuerte impacto social, como la proclama sobre la reconciliación y la pacificación nacional, un discurso que le permitió a Menem indultar a los jerarcas militares que habían sido condenados por crímenes de lesa humanidad. Calificó la lucha en pos de la Justicia como “enfrentamientos estériles” y también aprovechó para debilitar a los militares, quitándoles territorio, logística y neutralizando cualquier intento de levantamiento armado en contra de las instituciones democráticas.

Además, fue lapidando el partidismo como el sector tradicional de la conducción política, potenciando la despolitización y desideologización en beneficio del pragmatismo, dando lugar a la llamada “transversalidad” con la llegada a posiciones políticas de personas populares que venían de otro sector (Palito Ortega, por ejemplo).

Menem se mostraba como un liberal más, apoyado justamente por los liberales, pero también por buena parte del peronismo y el sindicalismo, buceando en las buenas relaciones con los Estados Unidos, con el Banco Mundial, con el FMI, con el mundo globalizado. Mientras las privatizaciones seguían a paso firme, las medidas de gobierno permitían una fuerte apertura de la importación que, con el tiempo, llevó a una natural desindustrialización nacional. Además, gestionó una importante flexibilización laboral, que les disminuyó los costos a los empresarios, quienes de este modo aumentaron su productividad. Pero el punto saliente llegó con la salida de Erman de Economía y la llegada de Domingo Cavallo. El nuevo ministro enseguida impulsó la Ley de Convertibilidad y desde entonces comenzó la “primavera-verano” del menemismo.

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Carlos Menem y Domingo Cavallo

Carlos Menem y Domingo Cavallo

Ese peso sobrevalorado debía ser defendido con reservas en el Banco Central para que no perdiese respecto al dólar y entre el dinero que llegaba por inversiones extranjeras, más lo recaudado por privatizaciones, se generó una ola de estabilidad y consumo que dio bienestar a la población y traccionó en favor de la reelección en 1995. La inflación, se sabe, es un impuesto que pagan todos, aunque lo sufren los que menos tienen porque su dinero (poco) cada vez vale menos y llega un punto en que deja de alcanzar. Haberla neutralizado fue la llave al mayor logro del gobierno de Menem.

Pero sostener ese 1 a 1 se transformó con los años en una tarea sumamente compleja. Ya con Roque Fernández ocupando el asiento de Cavallo desde agosto de 1996, el Estado casi no tenía bienes para privatizar y generar ingresos, el mercado estaba abierto y librado a la autorregulación, y por más que el riojano insistiera en que la Argentina era parte del primer mundo, la economía nacional, como mucho, estaba en la categoría de emergente.

Había tambaleado fuerte con la crisis de México (el efecto “Tequila”, en 1995) y volvió a agitarse con los temblores en las economías de Brasil y Rusia, en 1998 y 1999. La etapa final del menemismo fue usar como válvula de escape el endeudamiento para defender el valor del peso con respecto al dólar, porque tampoco había un retorno acorde de los inversionistas extranjeros: los dueños de empresas que operaban en la Argentina pero eran de capitales foráneos, se llevaban las ganancias a sus países.

El dinero en el país terminó concentrado en un sector chico, la clase media quebrada y en baja, y los pobres cada vez más vulnerables. El desempleo y la caída del salario comenzaron a dominar la escena, aunque el golpe de gracia se vio fuera del gobierno de Menem y fue el recordado diciembre sangriento de 2001, que finalizó con la renuncia de De la Rúa a la presidencia y, unos días antes, de Domingo Cavallo al Ministerio de Economía, adonde había sido convocado por el gobierno de la Alianza como padre de esa criatura llamada Convertibilidad. Sus fórmulas de corralito y corralón terminaron de poner todo patas para arriba.

No salió ileso Menem pero claramente quedó mucho menos herido que De la Rúa, a quien la historia lo condenó por débil e inepto, que no supo cómo sacar a flote a un país que se hundía, entre otras cosas, por las medidas que había tomado su antecesor. Porque el modelo neoliberal menemista arrasó con la industria nacional, fragmentó a las clases obreras y terminó haciendo crecer los índices de pobreza y desigualdad. Aun así, esos dos años en los que despegó de la conducción del país, le dieron aire para presentarse nuevamente como candidato en las elecciones de 2003.

El eslogan “que vuelva Carlos” inundó las radios y los canales de TV y la campaña se apoyó en aquella primavera-verano donde parecía que el mundo estaba a mano de los argentinos. Y le alcanzó para imponerse con el 24,5% de los votos sobre el 22,2% que sacó Néstor Kirchner, con quien definiría el balotaje. Pero esta instancia no era una opción para Menem, que leyó rápido que no tenía cómo conquistar los votos que necesitaba para ser elegido por tercera vez presidente de la Nación. Y se bajó, allanándole el camino a Kirchner y a una nueva era en la política argentina. El menemismo y su fiesta ya eran definitivamente un recuerdo.

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