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Los Aparecidos, el atrapante y emotivo cuento de un entrenador de básquet local

Patricio Denegri, actual director deportivo de Español, intenta reparar la injusticia con una obra valiosa que invita a la reflexión.

Los Aparecidos

Por Patricio Denegri

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—De verdad, cada vez que lo veo no lo puedo creer— susurró el teniente primero Sarmiento.

—¿El qué?

—¿Cómo zafó? ¿Cómo hizo? No tuvo un juicio, un escrache… no apareció en ningún documento…

—Ya te lo expliqué mil veces… había plata, oro… para salvar a tres, y obviamente fueron por él y los otros dos.

—Sumisa y Norione…

—Claro. Adornaron a todo el mundo y ellos tres quedaron afuera de todo. No aparecen en ningún documento ni nada y aquéllos que podían denunciarlos o que puedan acordarse de ellos ya no están, o tampoco les conviene hablar mucho…

El suboficial Bustos se alejó disimuladamente de Sarmiento. No quería más que su amigo lo importunara con sus preguntas. Era momento de hacer silencio.

Si bien el fuego ardía poderosamente en las dos estufas, una en cada extremo de la sala, el frío escurridizo del bosque patagónico se colaba por entre la madera de la cabaña. Gonzales Muñiz entró en el salón; se lo veía bastante desmejorado desde la última “reunión”, seis meses atrás. Un jovencito que no aparentaba ser más que un cabo primero empujaba la silla de ruedas y una enfermera, gorda y mayor, caminaba a su lado. Gonzales Muñiz, al que oficialmente no se le podía asignar una jerarquía ya que directamente había dejado de existir en el año ‘81, portaba su uniforme de siempre, pero esta vez parecía sobrarle por todos lados. Estaba pequeño, como si se estuviese hundiendo en la silla, o como si el asiento se lo estuviese tragando. Llevaba puesta una mascarilla y un tubo de oxígeno colgaba a un lado de la silla. Sólo sus ojos parecían no verse afectados por el paso del tiempo. Firmes, despiertos y filosos.

Tres soldados entraron a la sala y repartieron por toda la enorme mesa cinco botellas de vidrio con agua. Un par de años atrás, unas cuantas reuniones atrás, algún miembro del proyecto había deslizado la posibilidad de servir vino, o whisky, pero los superiores fueron contundentes. No se permitirían repetir errores del pasado.

Gonzales Muñiz fue colocado en la ancha cabecera del mesón, entre Leopoldo Sumisa y Vicente Norione. Los tres superaban ampliamente los ochenta años. Los otros dos no tenían mucho mejor aspecto que Muñiz, pero por lo menos se mantenían en pie. Ambos con sus respectivos bastones. Norione, que siempre tomaba el bastón con la mano derecha, ya que la izquierda se mantenía apoyada sobre el arma que cargaba sobre su cadera, fue quien tomó la palabra.

La carrasposa voz quebró el silencio, que sólo era invadido por el crepitar del fuego:

—Señores, bienvenidos una vez más. Podemos tomar asiento.

Los treinta y dos militares que estaban alrededor de la mesa se sentaron en las sillas de madera. En la oscura sala sólo quedaron de pie el joven que empujaba la silla de Gonzales Muñiz y la enfermera.

—Damos inicio— prosiguió Norione —a la decimocuarta reunión de este proyecto que hoy nos aúna. Este proyecto que mediante a nuestro esfuerzo y organización se convertirá en el Nuevo Proceso de Reorganización Nacional.

Norione se vio obligado a hacer una pausa y tomar un poco de agua.

—Podemos asegurar que muchos de los objetivos que fueron planteados aquí mismo, hace seis meses atrás, han sido satisfactoriamente cumplidos. Prueba de ello es la presencia aquí— Norione señaló con su brazo izquierdo hacia el lateral de la mesa—del señor teniente general del Ejército de Chile, Patricio Bione.

Bione, de cuarenta años, pelo corto y bigote prolijo, se removió en la silla e intentó mostrarse rígido cuando la mayoría de las cabezas giraron para verlo.

—El Señor coronel John Williamson— Norione continuaba con las presentaciones —representando no sólo a las Fuerzas Armadas, sino también al gobierno de los Estados Unidos de América.

Williamson era un calvo que superaba los sesenta años, pero que aun así se mostraba en una plenitud física envidiable: hombros anchos y pectorales sólidos le permitían lucir gallardamente su uniforme norteamericano. Así como el pecho de Gonzales Muñiz parecía meterse para adentro, el de Williamson parecía querer rasgar el uniforme.

—Y por último, también nos acompaña— esta vez Norione señaló hacia su derecha— el vicealmirante Gutiérrez en representación de nuestra Armada.

El vicealmirante Gutiérrez sólo asintió con la cabeza. Intentaba con firmeza disimular la incomodidad con la que se encontraba en aquella reunión.

Norione volvió a tomar agua. Ya se lo veía agitado y necesitando un respiro. Dejó el vaso vacío frente a él y, para finalizar el preámbulo y las presentaciones, culminó:

—Ahora, como hemos acostumbrado en las últimas reuniones, le cedo la palabra al coronel José Luis Rastasso.

Y cuando terminó esta frase, Norione se recostó sobre el respaldo de su silla dándole un respiro a su garganta y a su capacidad pulmonar.

El coronel Rastasso se puso de pie. Enseguida desplegó sobre la mesa un montón de carpetas, mapas e informes. Intentó ocupar el mayor espacio posible. El espeso bigote se movía sobre el labio superior y le hacía juego con las pobladas cejas negras. Mantenía puesta, como siempre, la gorra de su uniforme. Todos los allí presentes eran conscientes de que, si bien el trío de gerontes que ocupaba la cabecera eran los líderes espirituales y principales instigadores y generadores de la creación del Nuevo Proceso de Reorganización Nacional (y así constaría en la historia), era el coronel Rastasso quien sería el líder y cara visible del golpe, por una cuestión obvia de edad, energía y sobre todo por una imagen de fortaleza y autoridad necesaria que ninguno de los tres ancianos podía mostrar.

Se aclaró la garganta, listo para comenzar su disertación. Lo que él consideraba “su” momento.

—Señores…

BUM.

El golpe, fuerte, aunque grave y apagado, pareció hacer vibrar las paredes de la cabaña. Rastasso dejó de hablar. Los militares se irguieron sobre su silla y se miraron unos a otros. Alguien preguntó un susurrado ¿qué fue eso?

Pasaron unos pesados segundos en que, otra vez, sólo el crepitar del fuego chillaba en la noche.

BUM.

El segundo golpe pareció más fuerte que el primero. Y todos giraron hacia la pared sur de la sala.

—Viene de afuera— dijo el teniente primero Sarmiento.

—Algo golpeó la pared. Viene del bosque. Manden unos guardias para afuera— ordenó Rastasso.

Sarmiento corrió ruidosamente su silla para atrás en su afán de mostrarse útil, predispuesto y confiable. Se movió rápido por el pasillo que llevaba hacia la sala para buscar y ordenar a los soldados.

—Bustos, acompañame— dijo, cuando estaba por salir de la sala.

Y Bustos, intentando disimular su descontento, lo siguió.

Entrenado, el jovencito que llevaba a Gonzales Muñiz ya había tomado la silla de su jefe por si la situación ameritaba una salida repentina.

Se escuchaba la voz impuesta de Sarmiento repartiendo órdenes a un lado y a otro. Exageraba y sobreactuaba, no contaba con más de ocho soldados que se mostraban bastante atemorizados tanto por los golpes como por tener que salir al helado bosque en el medio de la noche.

Se escucharon las últimas órdenes y los portazos cuando Sarmiento, Bustos y los ocho soldados salieron fuera con el objetivo de rodear la cabaña. En la sala, varios se pusieron de pie y se fueron acercando lentamente a las ventanas procurando no hacer ruido alguno. Corrieron los cortinados y se acercaron a los vidrios. No podían ver hacia afuera porque los cuatro ventanales tenían los postigos de madera cerrados. Sí escucharon el silbar del viento entre los árboles, y los pasos secos de los soldados sobre el piso de tierras y hojas.

Esta vez no hubo golpe. Fue una ráfaga de viento que azotó un lado de la cabaña seguido por un grito desgarrador de más de una voz. En la sala, los únicos que quedaban sentados eran los tres ancianos; los demás se agolpaban sobre los ventanales. Los que llevaban armas habían desenfundado.

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Ahora un nuevo alarido fue seguido por el golpe de algo que se estrellaba contra la pared de troncos.

BLAM.

¿Podía ser un cuerpo?

Uno de los hombres, arma en mano, abrió la ventana. —¡Los postigos no!— gritó alguien de atrás y el soldado acató la orden.

—¡Teniente Sarmiento, qué está sucediendo! ¡Informe! — gritó el capitán.

Afuera nadie contestó. El silencio intimidante del bosque se recuperaba tras las corridas y los alaridos de los soldados. Las otras ventanas fueron abiertas y los militares se agolpaban para intentar ver algo por entre las rendijas de los postigos.

Fue ahí cuando vieron las luces. Apagadas, opacas, verdosas y azuladas, aparecían entre los árboles por un instante y enseguida se esfumaban.

Dentro de la cabaña, el pánico comenzó a propagarse.

—Nos atacan…

—Abramos todo y disparemos, evidentemente no tienen armas…

—¿Dónde quedaron los autos…?

—¿No hay un sótano acá…?

Los tres ancianos se mantenían en sus lugares. En silencio.

—¡Alto!— dijo alguien —Ya no se escucha nada

El viento susurraba entre los árboles.

Uno, dos, tres, cuatro, diez, quince, veinte segundos en los que nadie dijo nada y sólo se intercambiaron miradas, algunas de preocupación, otras de incertidumbre, la mayoría con algo de miedo.

Y luego sucedió todo junto. Se cortó la electricidad en toda la cabaña. La sala quedó sumida en una oscuridad sólo enfrentada por la inquieta e intermitente luz anaranjada del fuego de las estufas. Enseguida una ráfaga de viento, un viento verdoso y azulado, azotó la cabaña haciéndola temblar; los postigos volaron, todos.

Y ahí los vieron.

Había comenzado a nevar. Los tenues y livianos copos caían lento y oscilando en la noche depositándose sobre la tierra y el pasto, y sobre los cuerpos mutilados de los soldados, el suboficial Bustos y el teniente primero Sarmiento. Las luces habían tomado forma. Un anillo de espectros, hombro con hombro, rodeaba la cabaña. Estaban, inexorablemente, muertos. Y aunque los rodeaba esa extraña y volátil aura verde azulada, los militares podían ver bien algunos detalles escalofriantes. Como aquéllas que acurrucaban bebés contra su pecho, las que abrazaban un vientre ultrajado, los que portaban marcas y quemaduras en la piel pálida, o los que de sus ropas chorreaba agua constantemente.

El terror abrazó a quienes estaban dentro de la sala. Y el terror paraliza. Los ancianos, apenas vieron a los espectros, se quedaron en su lugar, encorvados sobre sus sillas como pequeños y avejentados dinosaurios.

Lento pero con firmeza, el anillo fantasmagórico se fue cerrando. Paso a paso, las figuras se aproximaban a la cabaña hasta que llegaron a ella y comenzaron a arrasarla y aplastarla. Los troncos y los cuerpos crujían, se astillaban y partían. El Nuevo Proceso de Reorganización Nacional moría antes de nacer. Moría entre alaridos, aplastado y mutilado en un perdido bosque patagónico mientras los aparecidos avanzaban sin detenerse.

Eran fuertes porque son muchos. Muchísimos.

Son treinta mil.

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