María Elena Walsh, la poetisa que atravesó generaciones y rompió con lo establecido
No usaba botas hasta las rodillas, ni falda corta, ni tampoco tenía paquitas bailando a su alrededor, pero María Elena Walsh fue, qué duda cabe, la auténtica Reina de los Bajitos. Y desde ese lugar resultó culturalmente transversal a muchas generaciones que desde los años 60 para acá se formaron con sus canciones, con su poesía tiernamente delirante que nos podía justificar que una tortuga cruzó el océano caminando y a pie desde Pehuajó hasta París para embellecerse y conquistar a un tortugo; que una reina batata se abatató amenazada por la mirada de un cocinero; que el azúcar fue siempre negra y de un susto se puso blanca; que una vieja vaca en una escuela de Humahuaca estudiaba más que los niños; o que la vacuna luna luna lú podía curar todas las brujerías del Brujito de Gulubú (que, por cierto, nos vendría muy bien en los tiempos que corren).
El verano argentino marcó el inicio y el final de la vida de esta mujer que nació un 1° de febrero de 1930 y que estaría cumpliendo 91 años, y murió un 10 de enero de 2011. Sin embargo, fue en Francia donde se descubrieron aquellas primeras musas que la inclinaron definitivamente a la literatura para chicos y a llenar el álbum del cancionero infantil de manera indeleble.
María Elena Walsh ya desde adolescente se había destacado por sus dotes artísticos. Devota de la lectura (con el tiempo afirmaría que “donde no hay libros, hace frío”), desde niña se lanzó a escribir poesía y profundizó ese gusto matizándolo con el estudio de Bellas Artes, en el colegio secundario Manuel Belgrano, del barrio porteño de Barracas. Hasta ahí se movilizaba en los primeros años de la década del 40 desde la zona oeste del Gran Buenos Aires, puntualmente la localidad de Villa Sarmiento donde había nacido. El oeste cruzó la vida de esta niña, que escuchaba a su padre inglés, Henry Walsh, tocar el piano y cantar con una dulzura que la impactó para siempre, tanto como su muerte: aquel empleado contable del Ferrocarril Oeste de Buenos Aires (New Western Railway of Buenos Aires) y músico aficionado, falleció cuando su talentosa hija tenía 17 años y hacía unos meses que se había recibido de profesora de dibujo y pintura. Sin embargo, estaba claro que ese costado de la expresión artística no sería el dominante con el paso del tiempo.
Algo ya había podido apreciar Henry cuando un par de años antes, con María Elena en sus florecientes 15 años, publicó un poema en una conocida revista de la época llamada El Hogar. A los 17, su íntimo catálogo de textos vio la luz en lo que fue su primer libro de poesía, Otoño imperdonable. Desde ese punto, su vida comenzó a dispararse en un brote artístico imparable, que incluyó un viaje a los Estados Unidos, cuando ya tenía 19, invitada por el célebre Juan Ramón Jiménez, autor del no menos histórico Platero y Yo, aunque la experiencia no fue de lo más feliz: más allá del aprendizaje literario que podía tener junto al escritor español, éste intentó “educar” a María Elena en algunos puntos de su vida privada que estaban surgiendo con fuerza hacia un lado que Jiménez no sólo no aprobaba, sino que condenaba. Para entonces, la joven escritora ya había conocido en el colegio y se había hecho muy amiga de Sara Facio, a quien el tiempo convertiría en una excepcional fotógrafa y en la pareja de María Elena durante casi 33 años.
Su noviazgo con Ángel Bonomini, también escritor, cuando comenzaba la década del 50, no fue más que un intento de ir hacia lo socialmente aceptado y hundir lo más posible sus verdaderos deseos. Tal vez por eso, cuando al poco tiempo comenzó su relación artística y personal con la folclorista tucumana Leda Valladares, irse a Francia fue una buena forma de sublimar las represiones que en París no encontrarían resistencias. La Argentina, además, estaba gobernada por el peronismo, ideología con la que ella no simpatizaba demasiado y entendió que el (auto) exilio era una buena salida.
Los casi cinco años que duró la experiencia europea la nutrieron de conocimientos y experiencias musicales, en las que se afianzó el dúo llamado “Leda y María”, tanto como ganó firmeza en Walsh las inquietudes de escribir canciones y textos para niños, historias que eran puros disparates y que fueron la génesis de algo que estaba por cambiar el rumbo cultural infantil. Y 1959 no sólo fue la antesala literal de los 60, sino que fue el preludio de la obra más destacada de María Elena. En aquel último año de la década, junto a Leda editó un disco de villancicos que reforzó la experiencia que ya había vivenciado junto a Pinky, cuando le escribió el guión de un programa infantil de televisión. En el verano del 59, en Mar del Plata, puso en cartel la obra teatral de canciones Los Sueños del Rey Bombo y luego llegó el libro Tutú Marambá, todo de textos para chicos, y María Elena Walsh comenzó a ser la número uno en este rubro. En los 60 aparecieron como catarata El reino del Revés, Dailan Kifki y Cuentopos de Gulubú, entre otros, y las presentaciones teatrales de Doña Disparate y Bambuco, y Canciones para Mirar.
Teatro, literatura, música, poesía, María Elena Walsh era un todo con un abanico multigénero y un camino marcado para ser excepcional y trascender a nivel mundial. Se había convertido en una especialista en el tema y en una referente a punto tal de pensar la educación infantil bajando su línea en concordancia con el psicoanálisis y la pediatría, concluyendo en que durante la primera infancia, los niños deben jugar e interactuar con la poesía de manera lo suficientemente libre que les permitiera a sus cerebros estimular la imaginación. No era el Mayo Francés de 1968, pero para María Elena la consigna de “la imaginación al poder” tenía sentido pensando también en las estructuras psíquicas de los chicos, tal como ella lo había vivido, por su descendencia británica, a través de la “nursery rhymes”, la poesía para niños, cuyo ejemplo a seguir era el del inglés Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas.
La amplitud mental y la necesidad de liberación personal que ya se había consolidado en Walsh, le permitió bucear en otros aspectos socioculturales, más allá de su pasión por el arte vinculado a los niños. También, por ello, supo escribir varias canciones “para adultos” que quedaron en la historia y, en algunos casos, se convirtieron en himnos de resistencia y lucha ante la desesperanza de los oscuros años 70. Ahí, posiblemente Como la Cigarra sea la canción con más impacto que escribió, al margen de sus clásicos infantiles. Y la voz de Mercedes Sosa, especialmente, le puso el sello de ícono al “cuantas veces me mataron, cuantas veces me morí, y sin embargo estoy aquí, resucitando…”.
Sus artículos periodísticos también abundaron en los medios, donde encontró un refugio para tocar los temas de actualidad, marcando firmemente su posición. El feminismo y su postura, por ejemplo, ante el aborto, la convirtieron en pionera en el tema aunque hoy no sean muchos los que la recuerden en esa vereda. Ella llegó a manifestarse públicamente escribiendo una analogía entre su habitación y sus sentimientos más íntimos y profundos, al escribir que “el cuarto propio es una metáfora de un ámbito mental, una manera de ordenarnos interiormente y escapar a la locura impuesta a las mujeres (y a los pobres) por el discurso autoritario y represivo”.
Y desde su lugar luchó contra el prejuicio que ubicaba a la mujer feminista en el núcleo de las clases trabajadoras, limitándola intelectualmente, y supuestamente liberando de aquel oprobio a las mujeres socialmente acomodadas. Y para plasmarlo, y eternizarlo, lo escribió en una nota que publicó en Clarín, tras la muerte de la escritora Victoria Ocampo, quien pertenecía a la aristocracia porteña y se había educado en Francia, aunque eso no la privó de dar forma al movimiento Unión Argentina de Mujeres, que planteaba un tema imposible en los años 30: la igualdad de género. María Elena ironizó sobre los detractores del feminismo afirmando que Victoria Ocampo, “una dama tan culta, tan bella, académica para colmo, no puede, mejor dicho no debe ser feminista”. O cuando, tiempo después, insistió -siempre con la ironía como punta de lanza- sobre la mirada social hacia la formación de las mujeres, planteando que se las prefiere ignorantes al afirmar que “a una nena entusiasmada con una novela se le sugerirá que no se quede tanto tiempo sentada sin hacer nada y que ayude en las tareas domésticas".
Dueña de un carácter a veces hosco, razón por la cual muchos la miraron de reojo (incluso colegas, en los tiempos en que fue directiva de Sadaic), se aprovechó de la ingenuidad de su cancionero infantil para decirles a los adultos lo que pensaba de la vida, sin vueltas, como cuando criticó al gremio de la Ctera, que en los 90 llevó a cabo una protesta que duró dos años y medio, sobre la que María Elena escribió “la Carpa Blanca debe tomarse vacaciones” porque “abusar del tiempo irrita al público” y es un “gesto de dignidad cerrar el telón tras los aplausos y antes de la decadencia”. Jugando con palabras del mundo del espectáculo, aplaudía la obra (el reclamo) pero advertía que la falta de un final aumenta la monotonía y resta interés.
Ciudadana ilustre porteña desde mediados de los 80, integró el Consejo para la Consolidación Democrática (nombrada por Raúl Alfonsín). Ya hacía unos años que había decidido dejar de componer y de cantar en vivo. Hablaba a través de sus artículos en los diarios, porque cada vez daba menos entrevistas. Una de las últimas, ya en el siglo XXI, fue a la revista Ñ de Clarín, donde dijo que sus amigos le preguntan “¿cuándo armás un revuelo?” y ella misma aclara: “Nunca me propuse armar revuelo, se armó solo. Y ya, en un momento dado, me gustó más el silencio que la opinión, porque me quedé sin palabras”. Aun así marcó territorio sobre sus gustos al asegurar que prefería a Piñón Fijo por sobre Harry Potter “porque hace docencia”.
Tal vez sus últimas palabras se las guardó para abrir una puerta que siempre prefirió tener cerrada, la de su intimidad. Y en Fantasmas en el Parque, su último libro, publicado en 2008, habló desde sus entrañas del dolor y la pasión ya sin esquives, y sobre su amor por Sara Falcio, aquella amiga de la adolescencia, que la acompañó hasta su final y la hizo feliz. Igual que ella hizo, hace y hará felices a niños y niñas que seguirán bailando y riendo con aquel Mono Liso que cazó viva a una naranja con un tenedor o la gaviota medio marmota que confundió a un perro salchicha con un camarón.
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