Mirá las canchitas de las que salió Acuña

Son cuatro en Zapala. Las del playón del Barrio, Olimpo, Tiro Federal y Don Bosco.

POR FABRICIO ABATTE / abattef@lmneuquen.com.ar

Esa garra y ese amor propio, esa rebeldía ante la adversidad, esa pasión que lo destacó el jueves del resto de las híbridas figuras de la Selección fue lo que Marcos Acuña aprendió en aquellas mágicas canchitas que LM Neuquén recorrió en su reciente visita a Zapala.

Allí entendió, jugando con muchachotes más grandes que él, que había que dejar la vida en cada pelota, que si ligaba una patada no valía quejarse ni llorar, sino levantarse y volver a encarar a ese grandote tosco con el mismo atrevimiento.

El playón del popular barrio Independencia donde se crió (delimitado por las calles Pecardi, Buenos Aires, 9 de Julio y Río Negro), a la vuelta de donde vivía, hoy lleva su nombre. Fue, después del patio de su casa y la calle, el primer contacto serio que el crack tuvo con el fútbol. Cuentan quienes lo vieron crecer que ahí era capaz de jugar hasta cuatro partidos por día. Era el más petiso, pero ya se le notaba la pasta y la estampa de crack. ¡Imparable!

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El descubridor

En la vida del Huevo apareció el popular Patricio “Cubilla” Maliqueo, su descubridor y un ejemplo de sencillez y amor por su vocación.

Formador de varios talentos de la zona, Cubilla lo llevó al modesto Olimpo y en esa canchita polvorienta Marcos dejó zurcos por la banda izquierda y mostró que evolucionaba en cada partido. Fue el segundo campito zapalino donde quien hoy se da el lujo de disputar un Mundial deleitó a todos.

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“Es un sueño verlo llegar adonde está. Yo le tenía mucha fe, porque siempre fue de ir al frente y las condiciones las tenía, pero esto es muy fuerte”, señala Patricio a LMN con emoción y la humildad de siempre.

Parado en el mismo lugar donde le enseñaba conceptos futboleros al hoy volante del Sporting de Lisboa, Portugal, Cubilla agrega: “No le pedí camisetas. Yo me conformo con que pase a saludar como siempre. No me gusta molestarlo”.

A los 7 años apareció en la vida del crack Gabriel Rouret, hoy íntimo amigo del Huevo y quien primero lo llevó a Tiro Federal. Esa sería, entonces, la tercera canchita por la que pasó el pequeño Acuña en sus pagos.

En ese gimnasio cubierto, el zurdo incorporó conceptos de papi fútbol: paredes, repentización, tocar de primera...

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Y falta aún la de Don Bosco, el último club en el que actuó Acuña en Zapala y con el que acaso más se lo identifica. Es que con el Barrio se consagró campeón en séptima división, en un recordado equipo del que todavía se habla en la zona. “Acá todos los recuerdan con cariño, tenían una mística especial y lo del Huevo era increíble”, señala Pablo Tomasini, presidente de la histórica entidad.

Luego, el Huevo empezó a probar suerte en Buenos Aires. Una y otra vez, hasta que al fin quedó en Ferro de la mano de Daniel Mellado y Juan Carlos Gambero. Perseverante, no iba a bajar los brazos así nomás.

Más tarde sí llegarían las luces de estadios míticos como el del Verde de Caballito, el de Racing y actualmente el del Sporting.

Hoy se luce en los imponentes recintos rusos. Siempre con la misma hambre de gloria y las ganas de ganar que ya mostraba en aquellas cuatro canchitas mágicas de Zapala.

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