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La Mañana capilla

63 años de la diócesis de Neuquén

Fue creada el 10 de abril de 1961, por la bula Centenarius annus del Papa Juan XXIII. La figura de monseñor don Jaime de Nevares.

Su primer obispo fue don Jaime Francisco de Nevares, ordenado el 20 de agosto de 1961. Férreo defensor de los derechos humanos, de los trabajadores y de los necesitados. Emblemática personalidad de la historia neuquina. Eran los tiempos del primer gobierno constitucional de la provincia que conformaba la fórmula Ángel Edelman y Alfredo Asmar. El intendente era Víctor Aníbal García. La ciudad tenía cerca de 12.000 habitantes y todo estaba de estreno: la Legislatura, la constitución provincial.

Esta diócesis fue separada de la diócesis de Viedma a pedido del nuncio apostólico de la República Argentina, don Humberto Mozzoni, luego de haber oído al obispo José Borgatti, solicitud a la que el Papa accedió.

La cabeza de la nueva diócesis sería la ciudad de Neuquén, donde residiría el obispo: en ella fijó su sede episcopal. Por aquellos tiempos, y desde principios del siglo XX, la única capilla que existía en este poblado era la capilla Nuestra Señora de los Dolores, que había sido inaugurada el 12 de septiembre de 1907 cuando Neuquén celebraba su tercer aniversario de capitalidad. El crecimiento de la ciudad generó la necesidad de ampliar el edificio por lo que se proyectó un nuevo templo, la actual catedral, en julio de 1952.

En esta ciudad estuvo mucho tiempo como párroco el padre Antonio Fernández-perteneciente a una antigua familia de General Roca, que fue reemplazado por el padre Juan Gregui. Quien fuera amigo y compañero de la vida de don Jaime, el padre Juan San Sebastián, en su libro Don Jaime de Nevares. Del barrio Norte a la Patagonia, nos relata exquisitas historias que echan luz a la de por sí luminosa historia de don Jaime.

La campana sigue en el viejo edificio donde durante décadas funcionó la capilla Nuestra Señora de los Dolores.
Capilla de los Dolores.

Capilla de los Dolores.

La llegada de don Jaime a Neuquén.

Don Jaime viajó en tren hasta General Roca y desde allí, el 30 de septiembre de 1961, saldría en caravana de automóviles hacia Neuquén. Cruzó el puente de pie en un auto abierto, propiedad de Juan Pablo Morales, vecino de Allen. Allí lo esperaba todo el pueblo de Neuquén. Se bajó del auto y besó la tierra neuquina.

En la Avenida Argentina se había levantado un palco frente al antiguo Hotel Confluencia, donde se realizó el acto de recepción. Le dio la bienvenida el presidente del Honorable Concejo Deliberante, Alberto Domínguez, porque el intendente, Víctor García, estaba en uso de licencia. Desde los micrófonos, el acto era guiado por el padre Oscar Barreto.

Desde allí se trasladó a la catedral, donde las autoridades provinciales pronunciaron el discurso de bienvenida. El padre San Sebastián recuerda que se participó de una cena en su honor en la Casa de Gobierno. Como la parroquia no tenía comodidades para alojar a don Jaime, el padre Gregui habló con el gobernador Asmar para que momentáneamente cedieran una casa para alojar al obispo. Fue así que fue a vivir a una casita de pequeñas dimensiones ubicada en Elordi 444.

Don Jaime siempre contó que aprovechaba para hacer a pie las cuadras que distaba su casa de la catedral. De paso, hablaba con la gente en el camino. Y algunas veces jugaba al fútbol con los chicos de la cuadra que lo hacían en lo que hoy es la Plaza Güemes. Su madre y familiares estuvieron algunos días en Neuquén y volvieron a Buenos Aires.

Don Jaime de Nevares su arribo a Neuquén. Foto: Familia Domínguez.

Primer mensaje del pastor

“Amados hermanos e hijos queridísimos: por primera vez gozo en comunicarme con vosotros. Es el comienzo de una intimidad familiar de padre a hijos, unidos en los mismos anhelos de una labor eficaz para el bien y la felicidad del hogar común neuquino (…)

“Entro por primera vez en Neuquén, con la más clara ineptitud para el alto cargo de Obispo Diocesano (…)

“La caridad, el amor de Cristo nos urge, nos espolea, nos empuja a entregarnos de lleno a trabajar por la salvación de las almas, buscando al mismo tiempo, en la medida de mis fuerzas, alcanzar para el mayor número, las condiciones de vida económica y las posibilidades de orden moral y humano que facilitan la obtención de la vida eterna” (…)

“Que esta Diócesis y Provincia de la querida Patria Argentina, por la que estamos dispuestos a dar la vida, pueda ser ejemplo y dechado de intensa vida cristiana, esforzado patriotismo, incansable espíritu de trabajo, acrisolada honradez, pureza y limpidez de costumbres, integridad de vida familiar, generosa unión fraternal entre todos sus componentes” (…)

Con estas intenciones y por las vuestras personales os impartiré mi primera bendición que es la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Don Rufino Uzábal, recordado constructor de Neuquén, edificó la Catedral, pero por dentro quedó sin terminar. El gobierno municipal le dio al obispo un subsidio para que terminara la edificación, pero él utilizó el dinero en los comedores infantiles que inició en tiempos de escasez.

La Curia

Toda diócesis debe tener una Curia. Por este motivo el padre Gregui consiguió la esquina más céntrica de Neuquén e incitó al obispo a hacer trámites en Buenos Aires ante el presidente Frondizi.

La vieja casona de principios de siglo, en Avenida Argentina esquina Juan B. Justo, pasó a ser la Curia neuquina, refaccionada precisamente por don Uzábal. En ella se alojaban los misioneros del interior, estudiantes mapuches y los soldados que serán encargados del “Club del Soldado” que habilitó don Jaime en el salón de la esquina.

Cuando llegó a Neuquén, don Jaime vio que los soldados, provenientes de todo el país, que hacían el servicio militar en el Batallón de Construcciones 181, la Compañía de Comunicaciones y el Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña, no tenían donde ir los días de franco, sábados y domingos. Fue por esto que creo ese lugar para alojarlos y dotó el lugar de radio para escuchar los partidos o música, juegos de billar o metegol.

El seminario

Es imposible resumir en pocas palabras la extensa e importante obra de don Jaime, de los sacerdotes que lo acompañaban, de los laicos que lo cuidaron hasta los últimos minutos de su vida, pero podemos compartir algunos fragmentos del libro:

“Empezó a concretarse la idea de un seminario en Neuquén. Para ello don Jaime bendijo la idea y les pidió que consultaran con sacerdotes experimentados. Todos estuvieron de acuerdo” (…)

“El Padre Gregui se ofreció generosamente para dirigir las obras de construcción del edificio para el Seminario, que se levantó en terreno donado por el matrimonio Manganaro” (…)

Con el tiempo, viajando, en contacto con neuquinos y neuquinas de todo el territorio, se le cambió la realidad geográfica al “Padrecito Monseñor”, como le decía la gente: una nueva concepción de la gente del interior, una nueva valoración de los indígenas, en especial de los mapuches, un nuevo concepto de Argentina y de Patria.

La pastoral carcelaria

Al poco tiempo de llegado a Neuquén, fue a visitar a los encarcelados de la U9 y les rezó misa. El padre Rafael Picardi, junto con el padre Gregui, fundador del colegio Don Bosco, serían capellanes de la Unidad 9. La pastoral carcelaria de Neuquén es una avanzada de la evangelización en las cárceles. La Diócesis se iba armando y don Jaime seguía alentando las obras a favor de los pobres y marginados.

Formó también la pastoral de migraciones, que ya venía funcionando en la persona de un sacerdote español, el padre Jesús Jarabo. Cuando se estaba gestando la creación de A.P.D.H. don Jaime fue invitado a formar parte.

El libro lo despide de forma emotiva: “El cura, el amigo, don Jaime falleció en una humilde vivienda del barrio Parque Industrial, el 19 de mayo de 1995, y sus restos descansan en la catedral neuquina”.

Sus sucesores

El primer sucesor fue monseñor Agustín Radrizzani, que había nacido en Avellaneda el 22 de septiembre de 1944. Hizo la profesión perpetua en la Congregación Salesiana de Don Bosco. Realizó en Roma sus estudios de teología entre 1968 y 1972. La licenciatura la logró en el Pontificio Ateneo Salesiano en Turín, ciudad donde fue ordenado como sacerdote el 25 de mayo de 1972.

En la Congregación Salesiana ocupó varios cargos, entre ellos inspector de la provincia de La Plata y maestro de novicios entre 1981 y 1991.

Su unción fue el 14 de mayo de 1991, por Juan Pablo II, y recibió la ordenación episcopal el 20 de julio del mismo año. Tomó posesión de la diócesis neuquina el 17 de agosto. Fue presidente de la Comisión de Comunicación Social en la Conferencia Episcopal. Fue trasladado como obispo de Lomas de Zamora el 24 de abril de 2001.

Marcelo Melani es el sucesor de monseñor Radrizzani. Nació en Florencia, Italia, el 15 de septiembre de 1938 y fue ordenado sacerdote para la Sociedad Salesiana de Don Bosco el 21 de marzo de 1970. Fue elegido obispo coadjutor de Viedma el 22 de julio de 1993 y obispo de Viedma desde el 28 de junio de 1995 hasta el 9 de enero de 2001, cuando fue trasladado a Neuquén. Fue miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Aborigen.

Luego asumió el obispo coadjutor de la diócesis neuquina, Virginio Bressanelli, que nació en Beravebú, Santa Fe, el 1 de mayo de 1942. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1966 en Roma, en el Instituto de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (dehonianos). Fue elegido obispo de Comodoro Rivadavia el 19 de febrero de 2005 y ordenado obispo el 13 de mayo de 2005. En la Conferencia Episcopal Argentina presidió la Comisión Episcopal de Vida Consagrada y es miembro de la comisión permanente.

Hoy, el obispo es el Padre Fernando Croxatto. Nacido en Buenos Aires, desempeñó su sacerdocio en Roque Saénz Peña de la Provincia del Chaco; posteriormente fue Obispo Auxiliar de Comodoro Rivadavia.

Este nuestro homenaje en el aniversario número sesenta y tres de la obra evangelizadora en la Norpatagonia. Y lo vamos a finalizar con las palabras escritas por el sucesor de Don Jaime, Agustín Radrizzani, que dejan sentada la labor de Jaime para la diócesis neuquina y afirma su indiscutida paternidad: “De don Jaime recordamos su tenacidad, su coherencia, su predilección por los que sufren, su valor para defender la vida y la justicia; pero también su profunda y robusta fe, que fue el soporte indiscutido de su entrega”.

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