Hay veces en que parece que Alejandra Oliva quiso ser médica desde siempre. Y es que su vocación se despertó tan temprano que muchos la asocian a la pura casualidad. Sin embargo, lo cierto es que su amor por la carrera llegó en un momento bisagra: cuando tenía siete años, sufrió la pérdida de uno de sus hermanos. Y ahí, justo ahí, en el cruce entre la empatía de los médicos y la desesperanza, entendió que ese era su lugar en el mundo, el dejar todo por salvar una vida y el de abrazar a una familia cuando, pese a todos los intentos, ya no hay nada por hacer.
Antes de ser la directora médica de Clínica de Imágenes y coordinar los quirófanos e internación en Leben Salud, Alejandra era una niña pampeana que pensaba en la medicina como un sueño imposible. "Yo nací en Santa Rosa y la única forma de acceder a la carrera era en Buenos Aires, Córdoba o La Plata; mis papás eran empleados y no tenían tantos recursos", explicó.
Como fue la primera de sus hermanos en egresar del secundario y tenía una vocación tan marcada, sus padres decidieron hacer un esfuerzo extra para darle acceso a una vida universitaria en la capital. "Mi papá tenía tres trabajos y mi mamá, dos. Yo me mudé a una pensión en una pieza compartida y estudié comiendo arroz", recordó sobre esa carga compartida que hoy da frutos tan visibles.
Alejandra se recibió en el año 2000, y ya había iniciado su familia dos años antes. Por eso, supo hibridar la maternidad con una profesión exigente casi desde el principio. "En un viaje al sur, me enamoré del valle, de Cipolletti y de Neuquén, y recorrí también San Martín de los Andes; ahí decidí que quería venirme a vivir acá", dijo sobre una decisión que se motivó también por la buena oferta de residencias médicas de la provincia.
Quizás porque sabe cómo es estar del otro lado, siempre atendió a cada paciente como si fuera un familiar. Y aunque en sus inicios se había inclinado por la especialización en Clínica Médica, al empezar la residencia se cambió a Terapia Intensiva. "Me gusta la adrenalina que generan los pacientes en estado crítico pero, sobre todo, aplicar todos mis conocimientos para darle una oportunidad más a los que están más graves", relató.
Aunque aprobó el acceso para ingresar en el Hospital Castro Rendón, la política de prioridad para los habitantes neuquinos la dejó fuera de ese programa, por lo que optó por formarse en el sector privado. Tras cuatro años de residencia, y fiel a ese espíritu inquieto de buscar siempre un desafío más, la médica se interesó también por la gestión en salud. A través de cursos de posgrado, se formó para aprender a organizar equipos y coordinar recursos en los quirófanos, las salas de internación y las de cuidados intensivos.
"Después de tantos cursos me surgió la posibilidad de trabajar en el grupo Leben. Por suerte encontré una familia que creyó mucho en mí y en mi capacidad de trabajo, y me confió la oportunidad de dirigir la internación y los quirófanos desde 2016", expresó. "Lo valoro porque no es frecuente que las organizaciones de salud grandes, y sobre todo a nivel privado, confíen en una mujer para llevar adelante parte de sus empresas", agregó.
Si bien la gestión de salud es un terreno asociado a los profesionales hombres, Oliva nunca sintió una diferencia por ser mujer. Por eso, se enfocó en dejar que su propio trabajo la definiera, en lugar de su género. "Uno es lo que es a través de sus acciones y sus resultados", afirmó. Y ese compromiso con la medicina, esa capacidad de trabajo y ese amor inocultable por su vocación hablaron por ella para convertirla en una de las mujeres médicas que fueron distinguidas este año por el Ministerio de Salud de la provincia de Neuquén.
Hace pocos días, cuando recibió su distinción, Alejandra se sintió rarísima. A sus ojos, hay muchísimas mujeres neuquinas que se merecen ese reconocimiento a la par de ella, porque desarrollan su profesión con entusiasmo y compromiso mientras se ocupan de otros roles igual de exigentes: las tareas domésticas, la maternidad o la educación de sus hijos. Por eso, sintió el impulso de repartir un poquito de ese premio con ellas y con todos los que le aferraron la mano en su ascenso profesional.
Entre ellos, sus padres con múltiples trabajos, su pareja que asumió las tareas hogareñas cuando su profesión se lo requería y sus dos hijas, que de chicas sufrían cada vez que su mamá faltaba a una reunión de padres o al ver la silla vacía en Navidad y que hoy, ya casi adultas, se enorgullecen de los logros de Alejandra y del privilegio de ver su fortaleza en primera fila.
Durante el reconocimiento, tuvo la oportunidad de conocer a otras mujeres médicas de Neuquén, y se conmovió al escuchar sus historias que repiten ese renunciamiento a la vida cotidiana por una vocación que les resulta inevitable. "Tuve la suerte de poder hacer algo que yo deseaba muchísimo y que amo, yo amo mi trabajo, amo ser médica, siempre me sentí feliz, de poder trabajar y que me paguen por hacer lo que me gusta hacer", expresó.
Quizás porque su amor por la salud se le desborda, pronto derramó en sus dos hijas el gusto por el rubro. La mayor decidió seguir sus pasos y estudia Medicina, mientras que la más chicas se inclinó por la Psicología. Y Alejandra prefiere no darles tantos consejos: sólo que usen su pasión como faro para dedicarse a una profesión que las haga felices. "Mientras lo hagan con amor, van a ser felices con lo que hagan", dijo y agregó que desde muy chicas les inculcó que la responsabilidad y el compromiso son las herramientas para que el trabajo cotidiano tenga un futuro de éxito.
Ella, la mujer médica que sembró una semilla para perpetuar su legado en la siguiente generación, asegura que las cosas están cambiando para las mujeres en la salud, aunque todavía queda mucho por hacer. Por eso, consideró que el reconocimiento del gobierno es otra acción necesaria para poner a las agentes sanitarias mujeres en el centro de la escena.
"Hay muchísimas mujeres que son brillantes y que podrían estar en mi lugar o en otros puestos de decisión importantes dentro de las instituciones de salud", dijo y agregó que esas mujeres son las mismas que también afrontan sus roles familiares y domésticos, y que merecen ser tenidas en cuenta. "Tenemos que apuntar a apoyarnos y solidarizarnos con nosotras mismas; cuando hay mujeres que ocupan una posición, hay que apoyar su lugar y respetar su trabajo de la misma manera que lo hacemos cuando esos cargos son ocupados por varones", agregó.
Con esa premisa, y en un contexto laboral en el que siempre se promovió la inclusión de mujeres en espacios de decisión, ya trabaja en pasar el legado a una de sus colegas, Jorgelina Guyón, a quien considera su otra mitad y merecedora de otro pedacito de esa distinción que recibió. "Es un ejemplo de trabajo y compromiso pocas veces visto", afirmó.
El vínculo de Alejandra con la medicina se ata con momentos tristes: la vocación que se despertó cuando los esfuerzos médicos se agotaron con uno de sus hermanos pareció repetirse muchos años más tarde. Cuando ya tenía los diplomas de médica terapista colgados en la pared, perdió a otro de sus hermanos. "La moraleja es que las cosas a veces te suceden y a veces, por más que seas la persona más especializada, las cosas que suceden igual y no tenés manera de evitarlas", señaló.
Con años de terapia, entendió dos cosas fundamentales. Primero, entender que por más que se hagan todos los esfuerzos imaginados con un paciente, "eso no siempre alcanza, y la única forma de sobrellevarlo es tener el alma tranquila de hacer todo lo posible". Y segundo, reforzar la empatía con la familia, acompañarlos durante el nerviosismo de la terapia intensiva y también cuando una vida se apaga y el dolor se agiganta en la sala de espera.
"Acompañar a la familia que sufre por un ser querido también es el rol de un médico", señaló Oliva sobre la importancia de contener y transmitir la información de manera adecuada. "Uno tiene que hablar como médico pero también como si la persona internada fuera un familiar nuestro", dijo ella, que sabe mejor que nadie cómo es ansiar las noticias de un médico en una sala de espera.
Incluso con esas cicatrices a cuestas, el vínculo de Alejandra con la medicina también tiene momentos felices, que van más allá de los ascensos, los posgrados y los reconocimientos públicos. Cada Navidad, cada día del Médico, le llegan decenas de mensajes de pacientes que quizás atendió hace muchos años, pero que no quieren olvidarse del momento en que ella les salvó la vida. "Me visitan en Clínica de Imágenes o me gritan 'doctora' por la calle", dijo y en su voz se traslució una sonrisa.
Con su ritmo de trabajo vertiginoso, le cuesta acordarse de los nombres y rostros de todos sus pacientes, que a veces la cruzan en la calle con un semblante distinto al que tenían en la sala de terapia intensiva. Pero sí se acuerda de casi todos los casos. "Cuando me cuentan qué enfermedad tuvieron o qué les pasó, me empiezo a acordar de todo, y algunos son pacientes que tuve en la residencia", aclaró.
Ese cariño es el combustible para pensar también en el futuro, por lo que se entusiasma con la creación de las residencias médicas dentro de Leben Salud, lo que le permite ejercer su rol docente para transmitir todos sus conocimientos a las generaciones que vienen. Y mientras avizora el horizonte de los próximos años, mantiene activo su espíritu inquieto, que la lleva a tomar clases de navegación a vela y de idioma italiano para asumir desafíos que no aparecen en la terapia intensiva pero que la estimulan a empujar siempre hacia adelante para seguir creciendo.
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