Cuando el poder se patea solo: el árbol tambalea y nadie deja de golpear
No fue una sesión más. No fue una presentación administrativa. Fue otra cosa. Un despliegue político sobredimensionado.
Hay una regla no escrita que atraviesa generaciones: no se golpea a quien ya está en el piso. No se hace leña del árbol caído. Es una idea simple, casi instintiva, que ordena la convivencia incluso en los momentos más duros. Sin embargo, lo que se vio en el Congreso de la Nación rompió hasta esa lógica básica.
No fue una sesión más. No fue una presentación administrativa. Fue otra cosa. Un despliegue político sobredimensionado, con todo el gabinete nacional alineado detrás de una exposición que, por naturaleza institucional, debería haber sido técnica y limitada al jefe de Gabinete, Manuel Adorni. La escena ya decía mucho antes de que empezaran las palabras.
Cuando un gobierno necesita mostrarse entero, suele ser porque internamente no lo está.
La jornada, que debía ser un ejercicio de rendición de cuentas, terminó convertida en un nuevo capítulo de tensión, gritos y desorden. Pero el problema no es el ruido. El problema es lo que el ruido tapa. Porque detrás de ese escándalo aparece una imagen más profunda: la de un gobierno que empieza a perder eje, que se enreda en sus propias contradicciones y que deja al descubierto fisuras cada vez más visibles.
Las sospechas que rodean a Manuel Adorni, vinculadas a su evolución patrimonial, no son un dato menor. No por lo que se pueda probar o no en términos judiciales, sino por el impacto político. Porque erosionan el discurso de pureza con el que se construyó poder. Y cuando el relato se resquebraja, lo que queda expuesto es la fragilidad.
Pero lo más revelador no fue lo que se dijo. Fue lo que se vio.
Las imágenes hablan. Y una en particular sintetiza el momento: Karina Milei corriendo sutilmente a Patricia Bullrich en una foto junto a Javier Milei. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero profundamente simbólico. En política, los gestos no son detalles: son mensajes.
Y el mensaje es claro.
Hay tensiones. Hay internas. Hay disputas de poder.
También hay señales de incomodidad en áreas clave. La relación entre el Presidente y su ministro de Economía, Luis Caputo, ya no parece transitar por carriles de armonía absoluta. Y cuando la economía es el corazón del gobierno, cualquier ruido en ese vínculo deja de ser anecdótico.
A nivel país, la escena es más compleja aún. Porque no solo se degradan entre ellos. También se degrada la institucionalidad. El Ejecutivo tensiona al Congreso. El Congreso responde en el mismo tono. Y en el medio queda la sociedad, que asiste a un espectáculo que poco tiene que ver con las soluciones que necesita.
Argentina no está para esto.
No después del esfuerzo que implicaron muchas de las decisiones iniciales de este gobierno. No después de haber atravesado un proceso de ajuste que exigió paciencia social. No cuando todavía hay expectativas en juego.
Pero el problema es que el desgaste ya no viene de afuera. Viene de adentro.
El gobierno no se cae por la presión opositora. Empieza a tambalear por sus propios errores, por sus propias ambiciones, por sus propias contradicciones. Y en ese proceso, se parece cada vez más a aquello que prometió combatir.
La casta, en definitiva, no siempre es un otro.
A veces es un espejo.
Y cuando el poder se convierte en su propio adversario, ya no hace falta que alguien más lo empuje. El árbol empieza a caer solo.
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