La historia del cálido y coqueto bar "pet friendly", escondido en el barrio Gamma
Justo ahí, donde nadie lo esperaba, la excepción. Un paréntesis espejado, ideal para una pausa desde lo alto del barrio Gamma y con vista lateral de la barda. Casi como un capricho entre chalets, Moza abre sus puertas y conquista con una particular propuesta, más allá de su acotado horario de atención y su escondite, alejado del transitar y el agitado ritmo del centro neuquino.
Sonrisas y amabilidad de bienvenida y una banda sonora que invita a detener la prisa de la mañana. En el deck, algunos se dejan acariciar por la brisa y los rayos de sol, mientras esperan un mimo al paladar, en compañía de sus amigos lanudos que descansan moviendo la cola.
Moza es el sueño de Patricia Ciavolella, una neuquina que hace casi tres años decidió expandir sus horizontes, más allá del universo de las canteras -un negocio familiar que maneja al dedillo-, para hacer realidad lo que muchos fantasean: abrir un pequeño bar-café, inspirado en los atractivos espacios que florecen en insospechados rincones de Buenos Aires, pero con su propip estilo.
"Toda la vida me dediqué a un desarrollo de producción minera de áridos en la zona de Arroyito. Cuando mis papás fallecieron, la vida siguió, yo seguí al frente y en un momento me propuse hacer algo más liviano -si se quiere-, tipo hobby. Así surgió la idea de poner un café chico, un poco escondido, en un barrio, no en el centro. Algo muy familiar, donde la gente pueda ir a leer. Solo desayunos y almuerzos, no más que eso", señaló Patricia en diálogo con LMNeuquén.
El proyecto comenzó a cobrar forma en su mente en aquellos viajes a Buenos Aires que hacía para visitar a su hija, Micaela, cuando cursaba la licenciatura en Economía en la UBA. "Yo caminaba por las calles de allá y decía: 'En Neuquén puede llegar a andar un barcito, en un barrio, lejos del centro. Algo lindo y chiquito. Y la verdad es que resultó tal cual lo imaginé", exclamó con alegría.
"Fue un proyecto de cero. Yo me había comprado el terreno y lo diseñamos con los arquitectos pensando en esto. Inauguramos antes de las restricciones por la pandemia y volvimos en agosto del 2020. De a poco fuimos andando", señaló.
El entusiasmo pudo más que las dudas y las preguntas que se abrieron en ese mundo inexplorado para Patricia: el gastronómico. "Es distinto, raro, hasta que te adaptás, como todo. Tuve que aprender un montón de cosas. Igualmente, como siempre digo: si encontrás un equipo de trabajo que te acompaña, todo sale. Yo hago mucho hincapié en eso. Las personas y los seres que me rodean son realmente buena gente", subrayó con gratitud y colocando en un lugar destacado a Luna, su amiga y "mano derecha" que siempre está presente en el local, y su hija Micaela, que la ayuda y la acompaña desde el minuto cero.
Uno de los mayores orgullos para Patricia es que su propuesta sea pet friendly, es decir, que esté abierta a la concurrencia de mascotas. "Siempre lo pensé así, por eso reservé un lugar afuera con tachitos con agua, cuchitas y ganchitos para las correa. Lo hacemos con mucho cariño, yo soy muy perrera y los perros son familia hoy. En un primer momento todo el mundo se sorprendía cuando yo les decía que podían traer a sus mascotas y les mostraba todo lo que tenía", agregó.
En cuanto a la propuesta culinaria de Moza -que tiene abiertas sus puertas de martes a sábado de 8 a 16- , Patricia destacó: "Nuestro desayuno estrella, por decirlo de alguna manera porque tuvo mucho éxito desde que abrimos, son las tospalta, las tostanceta y los desayunos americanos. Hacemos pancakes salados y dulces, huevos revueltos con panceta, con frutas. Todo eso gustó mucho".
"Después tenemos un menú del día que viene con limonada y postre o café. Siempre tratamos de tener platos con carnes, ya sea pollo, vaca o cerdo. También tenemos opciones para personas vegetarianas como tartas, ensaladas", agregó.
Pese a su particular ubicación, Moza se hizo conocido "por el famoso y más exitoso boca en boca". "Fue lo que más gente trajo. Por supuesto que en un principio vino mucha gente del barrio. Luego, tanto Luna como mi hija empezaron a mover Instagram y eso traccionó también. Hoy viene gente de todos lados: Plottier, Centenario, Cinco Saltos. Muchos me cuentan que nos estuvieron buscando un montón o que les costó llegar porque no aparecemos bien en Google. Es gente que tiene ganas de venir, por eso yo les digo a los chicos: 'No estamos de pasada, atendamos bien porque es gente que tiene ganas de venir acá'", recalcó.
Aunque destina buena parte de su tiempo al trabajo en la cantera, cuando está en Moza, Patricia aprovecha para hablar y conocer a sus clientes. También se suma al trabajo de su equipo como una más. "Tenemos un cupo de 24, 30 cubiertos. Somos dos o tres mozos. Digo 'somos' porque yo trabajo a la par de los chicos. Quiero que ellos sepan y valoren el esfuerzo y las ganas que una tiene. Si hay que limpiar, se limpia; si hay que cocinar, se cocina. Lo que haya que hacer se hace. Si yo me tengo que arremangar por la cuestión que sea, lo hago. Soy laburante nata y le pongo el cuerpo", sostuvo con convicción.
"Este proyecto fue gestado con mi hija. Micaela me entendió, me ayudó y me acompañó, más allá de que tiene su trabajo aparte. Fue una cosa de las dos", dijo movilizada. "Cuando una es madre sola, peleas muchas cosas en la vida y poder hacer este emprendimiento entre las dos -que ella, como persona adulta me acompañe- para mi es muy emocionante y gratificante", subrayó
"Yo me siento más que satisfecha por haber logrado esto. Muchos me dicen que tengo que agrandar y yo les contesto: 'yo estoy bien, era esto lo que o quería'. Todo lo bueno que tenga que venir, que venga, será bien recibido. Prefiero que me sorprenda. Yo estoy disfrutando mucho", concluyó
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