Los eternos y felices 107 años de la abuela Beatriz
Es difícil juntar cinco generaciones de una familia en una foto, pero no es imposible. Beatriz Gerschman lo consiguió a los 107 años recién cumplidos.
Anoche los festejó junto a parte de su familia. No fue un encuentro masivo porque la abuela ya está cansada después de semejante camino que viene recorriendo desde que nació en Colonia Mauricio, cerca de Carlos Casares (provincia de Buenos Aires), el 28 de diciembre de 1915.
La historia de Beatriz fue publicada en LMNeuquén, hace dos años, en plena pandemia.
En aquella oportunidad contó que, desde niña, ayudaba a su padre en la carnicería que tenía la familia y de adolescente jugó un papel clave para llevar los papeles del negocio y hasta para manejar un automóvil que la trasladaba para hacer trámites y compras.
Recuerda que fue un Ford T y que la licencia para conducirlo la obtuvo de casualidad, a los 14 años. Su papá, un inmigrante judío de origen ruso, había quedado imposibilitado de manejarlo y las autoridades de aquel entonces le dieron el permiso para que la adolescente lo pudiera hacer.
La jovencita valiente colaboró en todo. Se crío en ese mundo duro de la industria de la carne, que en aquellos tiempos era una actividad reservada solo para los hombres. Pero ella igual se abrió camino entre las medias reses y el trabajo pesado. Sería una actitud que mantendría a lo largo de su vida. Igual que su alegría y sus contagiosas sonrisas.
Dice que de muy chica desayunaba temprano unos bifes a la plancha; después, se tomaba un café con leche con tostadas y finalmente almorzaba puchero. Todas comidas calóricas que le daban energía para afrontar el trabajo que fuera.
En un grupo de amigos conoció al hombre que la acompañaría a lo largo de su vida. Se llamaba Samuel Mutchinick y, según Beatriz, era un tipo encantador y risueño como ella.
Un día apareció la oportunidad de una nueva aventura en un lugar lejano en la Patagonia. Un hermano de Samuel se había asentado en General Roca, Río Negro, y le iba bien administrando un corralón. La instalación de un negocio similar en Cipolletti, un incipiente pueblo productivo que tenía una gran proyección de crecimiento podía ser un buen negocio. A la pareja le gustó el desafío y fue ella la que empujó a su marido a esta nueva aventura. En 1943, Samuel y Beatriz llegaron al valle para poner en marcha aquel emprendimiento y nunca más se fueron.
El matrimonio echó raíces inmediatamente. La llegada de tres hijas terminó conformando la familia que tanto habían soñado y con el correr de los años la pareja se adaptó al modo de vida del valle.
Anoche la abuela Beatriz festejó sus 107 años, de manera sencilla, pero rodeada de amor, como siempre fue su vida. Y hubo un momento para el brindis, para empezar a despedir el año que ya se termina y para renovar votos y sueños para el que viene.
Y por supuesto espacio para las anécdotas y los recuerdos de esta abuela eterna que, aun cansada, todavía le sonríe a la vida.
Te puede interesar...










