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La Mañana Arquitecta

Se recibió de arquitecta, guardó el título en un cajón y salió a viajar por el mundo

Cintia cambió los planos por una valija y se mudó al otro lado del planeta. "Me fui siendo una persona y volví siendo otra", cuenta, ya de vuelta en Neuquén.

Cintia Nicola tiene 34 años, estudió Arquitectura y en los últimos años vivió entre Australia, Nueva Zelanda y el sudeste asiático. Pero, cuando regresó, descubrió que el mayor desafío no era volver a acostumbrarse a su ciudad, sino entender quién era después de todo lo que había vivido.

Después de tres años y medio recorriendo distintos países, Cintia volvió a caminar por las calles de Neuquén. Un día, alguien le mencionó el nombre de una calle que había transitado gran parte de su vida y, por unos segundos, no supo reconocerla. No era que hubiera olvidado la ciudad: era la sensación de que una parte de su vida había quedado en pausa mientras ella construía otra, a miles de kilómetros de distancia.

Un sueño que empezó en la facultad

Durante los siete años que estudió la carrera, Cintia descubrió mucho más que planos y proyectos. Las materias vinculadas a la Historia de la Arquitectura despertaron una curiosidad que con el tiempo se transformó en un objetivo concreto: quería conocer en persona las obras que hasta entonces solo había visto en libros y fotografías. Europa comenzó a aparecer como un destino casi inevitable.

Con esa idea en mente, empezó a trabajar mientras terminaba la carrera para ahorrar el dinero que le permitiera hacer un viaje largo. La intención no era recorrer ciudades a las apuradas ni tachar destinos de una lista. Quería quedarse el tiempo suficiente para caminar las calles, observar los edificios con calma y recorrer cada rincón de esas obras que tanto la habían marcado en sus años de estudiante.

Planes postergados

Mientras buscaba la manera de hacer realidad ese viaje, Cintia encontró una alternativa que hasta ese momento desconocía: las visas Working Holiday. Ese programa permitía vivir y trabajar por un año en un país, dándole la posibilidad de conocer los lugares sin depender únicamente de los ahorros que había logrado juntar.

En un principio, el objetivo seguía siendo Europa. Alemania y Dinamarca eran los destinos que más la atraían. Sin embargo, mientras investigaba las distintas opciones, dos amigas viajaron a Australia con ese mismo tipo de visa y comenzaron a compartir su experiencia.

Las playas, las ciudades y la posibilidad de generar un ahorro mayor terminaron por modificar sus planes. La idea era empezar por Oceanía y, más adelante, llegar al continente europeo.

Cuando todo parecía encaminado, la pandemia frenó el proyecto. Las fronteras se cerraron justo cuando estaba lista para irse y el viaje quedó suspendido durante casi dos años. En ese tiempo siguió trabajando, estudió inglés y aprovechó para recorrer distintos destinos de Argentina, mientras esperaba que llegara el momento de volver a intentarlo.

Empezar de cero

Finalmente, en noviembre de 2022, con 31 años, subió al avión rumbo a Australia. Lo que imaginaba como un año de experiencia terminó convirtiéndose en un viaje de tres años y medio por distintos rincones del mundo.

Australia terminó siendo mucho más que una escala antes de llegar a Europa. Durante dos años, Cintia construyó allí una rutina completamente distinta a la que había dejado en Neuquén. Conseguir trabajo, encontrar un lugar donde vivir y empezar a conocer gente formaron parte de un proceso que repetiría más de una vez, cada vez que cambiaba de ciudad.

Su primera parada fue Sídney, donde pasó los primeros meses mientras conseguía trabajo y se adaptaba a la vida australiana. Más adelante se trasladó a Melbourne y luego a Perth, tres ciudades muy distintas entre sí que terminaron marcando diferentes etapas de su experiencia.

Aunque al principio la incertidumbre era parte del viaje, con el tiempo aprendió que había una fórmula que se repetía. Cada nuevo destino implicaba repartir currículums, adaptarse a un trabajo distinto, armar una red de vínculos y comenzar desde cero.

La distancia entre las redes y la vida real

Esos dos años de pandemia, mientras esperaba poder viajar, Cintia pasó horas consumiendo contenido de influencers que mostraban su llegada a Australia como una postal perfecta: una semana, un trabajo nuevo, un iPhone comprado con el primer sueldo. Esa imagen se le grabó antes incluso de subir al avión.

La realidad, cuando llegó, fue otra. La pandemia había cambiado el escenario y, con las fronteras recién abiertas, miles de personas de todo el mundo desembarcaron en Australia al mismo tiempo que ella. Conseguir trabajo y vivienda en los primeros ocho meses fue mucho más difícil de lo que esperaba.

"Yo pensaba que era yo. Y al final, estando ahí, era la situación entera", recordó. Se cansó de repartir currículums online sin respuesta y descubrió que lo que realmente funcionaba era otra cosa: caminar de local en local, entregar el currículum en mano y hablar directamente con los encargados.

Aun así, logró abrirse camino y formar un grupo de amigos, en su mayoría argentinos, con quien compartió viajes, salidas y buena parte de su vida cotidiana.

Para quienes hoy sueñan con hacer lo mismo, Cintia tiene una recomendación puntual: informarse de lo esencial —cómo abrir una cuenta bancaria, cómo conseguir una línea de teléfono— pero sin saturarse con la experiencia ajena. Cada destino, dice, depende de mil variables propias y compararse de más termina jugando en contra.

El lado B del viaje

Después de dos años en Australia, Cintia sintió que era momento de cambiar de aire y se mudó a Nueva Zelanda, un país que desde el primer momento le recordó a la Patagonia por sus paisajes y su cercanía con la naturaleza. Luego de vivir un año en Queenstown, compró una camioneta, la adaptó para vivir y durante varios meses recorrió el país a su propio ritmo.

"Nueva Zelanda fue una experiencia completamente distinta. En Australia tenía mi grupo de amigos y una rutina armada. Allá estaba mucho más sola", recordó.

Esa soledad, que por momentos resultó desafiante, también terminó convirtiéndose en uno de los mayores aprendizajes del viaje. Sin un grupo con quien compartir cada jornada, empezó a abrirse más a las personas que iba encontrando en el camino y a aceptar experiencias que probablemente no hubiera vivido de otra manera.

Aunque disfrutaba de esa libertad, también hubo momentos en los que el silencio empezó a pesar. "Había días en los que decía: 'Qué lindo sería tener a alguien para compartir esto'", contó. Fue entonces cuando el entusiasmo por seguir viajando empezó a convivir con otro sentimiento que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano: el deseo de volver a casa.

La vuelta a Neuquén

Después de tres años y medio, Cintia sintió que había llegado el momento de volver a Neuquén. Sin embargo, el regreso estuvo lejos de ser sencillo.

Los primeros días transcurrieron casi por completo entre el descanso y la adaptación. "La primera semana no hice otra cosa que dormir. No tenía ganas de salir ni de hacer nada. Era como si recién ahí me hubiera caído el cansancio de los últimos cuatro años", confiesa.

Llegar a su casa, a su cuarto, a un lugar de verdad conocido, la desbordó de una manera que no anticipaba. Por momentos sentía una angustia enorme de que el viaje ya había terminado; por momentos, una felicidad total de estar de nuevo con sus padres.

Con el paso de las semanas empezó a reencontrarse con una ciudad que conocía de memoria, aunque ya no la sentía del todo familiar. Se sorprendía comparando costumbres con las de Australia y hasta olvidando el nombre de las calles en las que creció. "Era información que antes tenía todo el tiempo en la cabeza y ahora estaba como guardada en el fondo", cuenta.

A medida que recuperaba la rutina, también comenzó un proceso mucho más profundo: volver a encontrarse con ella misma. "Me fui siendo una persona y volví siendo otra. Hay cosas de mí que siguen estando y hay cosas nuevas. Cuando me preguntan quién soy o a qué me dedico, me cuesta responder".

Con el tiempo entendió que regresar también requería un período de adaptación. Así como en cada país había tenido que construir una vida desde cero, esta vez el desafío era volver a hacerlo en el lugar donde siempre había sentido que estaba su casa.

De vuelta a la vida nómade

Aunque todavía sigue acomodándose a la rutina en Neuquén, Cintia sabe que su estadía en la ciudad tiene fecha de vencimiento. En los próximos meses volverá a hacer las valijas para emprender una nueva aventura.

Su amor por los viajes, en realidad, comenzó mucho antes de subirse a un avión. De chica, las vacaciones significaban recorrer los kilómetros que separan Neuquén de Santa Fe para visitar a sus abuelos, tíos y primos. Aquellos trayectos en familia despertaron una curiosidad que con los años no hizo más que crecer.

Hoy, después de haber conocido distintos países, tiene una certeza que antes no tenía: no quiere dejar pasar tanto tiempo sin volver a la Patagonia. "Lo que más aprendí es que no voy a esperar cuatro años. Ahora sé que necesito volver más seguido", afirmó.

Irlanda será su próximo hogar y, desde allí, finalmente podrá concretar el sueño que empezó en sus años en la facultad de Arquitectura. En sus tiempos libres recorrerá Europa para conocer las catedrales, edificios y obras que por años vio en los libros.

Hoy, si alguien le pregunta quién es o a qué se dedica, Cintia reconoce que le cuesta responder con una sola palabra. Sigue siendo arquitecta, aunque hace años que no ejerce. También es bailarina, amante de la montaña, aventurera y una apasionada de la vida al aire libre. Pero, si tuviera que elegir una definición, hay una que siente que las resume a todas.

"Siento que es difícil ponerme una etiqueta. Si hoy tuviera que definirme, diría que soy viajera", concluyó.

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