Lucas Ortiz tiene una trayectoria que lo llevó por Argentina, India y Vietnam. Trabajó más de una década junto a Flavio Mendoza y hoy quiere hacer crecer su lugar.
Mucho antes de vivir en Asia, trabajar en espectáculos internacionales o compartir producciones con Flavio Mendoza, Lucas Ortiz era uno de esos adolescentes que pasaban horas entrenando en plazas y espacios públicos de Neuquén. Junto a un pequeño grupo de amigos, intentaba aprender movimientos que veía en películas de acción y en los primeros videos que comenzaban a circular por internet. Todavía no lo sabía, pero esa curiosidad terminaría convirtiéndose en una profesión que lo llevaría por distintos rincones del mundo.
A los 32 años, Lucas acumula una trayectoria poco habitual para un artista neuquino. Durante más de una década formó parte de algunas de las producciones más importantes del espectáculo argentino, vivió en India y Vietnam, trabajó con artistas de decenas de nacionalidades y llegó a ocupar puestos de liderazgo en espectáculos de nivel internacional. Sin embargo, después de tantos años de viajes, escenarios y mudanzas permanentes, decidió volver a Neuquén.
"Necesitaba estar más cerca de mi familia. Fueron muchos años de ir de un lugar a otro, trabajando en distintos países y proyectos. Llegó un momento en el que sentí que necesitaba volver y construir algo acá", contó a LM Neuquén.
Su regreso no significa un retiro de los escenarios. Por el contrario. Lucas volvió con una idea muy clara: aprovechar toda la experiencia que acumuló durante casi quince años para impulsar el desarrollo de la acrobacia, el circo y otras disciplinas artísticas en la región.
Y su historia comenzó mucho antes de que aparecieran los teatros, los circos y los viajes internacionales.
Un chico que nunca dejó de moverse
Desde muy pequeño mostró una facilidad especial para las acrobacias. Mientras otros chicos miraban dibujos animados, él intentaba reproducir los movimientos que veía en la televisión.
"Las cosas me salían bastante naturales. Miraba los Power Rangers y otras series y trataba de hacer lo mismo. Era algo que siempre me gustó", recordó.
A los seis años comenzó actividades de educación física infantil y poco después se incorporó a gimnasia artística en el CEF N°1 de Neuquén. Allí permaneció hasta los 14 años.
Nunca le interesó demasiado la competencia. Lo que realmente disfrutaba era aprender nuevos movimientos, descubrir las posibilidades de su cuerpo y desafiarse constantemente. Con el tiempo, esa búsqueda encontró otro camino.
Junto a un amigo empezó a practicar movimientos inspirados en escenas de películas de acción. Veían cómo los protagonistas trepaban obstáculos, realizaban saltos y se desplazaban de maneras poco convencionales por distintos espacios urbanos. Al principio ni siquiera sabían que aquello tenía nombre.
Recién cuando internet comenzó a popularizarse descubrieron que estaban practicando parkour, una disciplina nacida en Francia que combina desplazamientos, agilidad y movimientos acrobáticos en entornos urbanos.
Corrían los años 2006 y 2007 y prácticamente nadie hablaba de parkour en Neuquén. "Empezamos siendo muy pocos. Mi amigo había arrancado un poco antes y después nos pusimos a entrenar juntos. En ese momento no había grupos, no había escuelas y tampoco demasiada información", recordó.
Las primeras apariciones en medios locales despertaron el interés de otros jóvenes. De a poco comenzaron a llegar mensajes y consultas de personas que querían sumarse a la actividad y con el tiempo, aquella pequeña comunidad fue creciendo.
Hoy, casi veinte años después, Lucas sigue recibiendo mensajes de jóvenes que le cuentan que comenzaron a practicar gracias a aquellos videos y entrenamientos que compartía cuando era adolescente.
"Muchos chicos me dicen que empezaron porque vieron videos nuestros. Para mí eso es muy lindo porque una de las cosas que soñábamos era que la actividad creciera y siguiera existiendo", aseguró.
Del Trencito de la Alegría a los grandes escenarios
Mientras el parkour ganaba espacio en su vida, Lucas comenzó a acercarse al mundo artístico. Uno de sus primeros trabajos fue en el recordado Trencito de la Alegría que recorría las calles de Neuquén. Allí interpretaba personajes y aprovechaba sus habilidades físicas para realizar movimientos acrobáticos.
"Ganaba 20 pesos la hora, pero para mí era una experiencia increíble. Era mi primer trabajo y al mismo tiempo me permitía hacer algo que me gustaba", recordó entre risas.
Aquella experiencia terminó siendo mucho más importante de lo que parecía porque fue justamente en esos años cuando comenzó a imaginar que las acrobacias podían convertirse en una profesión.
A los 18 años tomó una decisión que marcaría un antes y un después en su vida: dejar Neuquén para sumarse a un circo. A partir de ese momento comenzó una carrera que prácticamente no tuvo pausas. "Me fui muy joven y desde entonces nunca frené. Siempre aparecía un nuevo proyecto, un nuevo espectáculo o una nueva ciudad", explicó.
Gran parte de su desarrollo profesional estuvo vinculado a las producciones de Flavio Mendoza. Durante más de diez años participó en distintos espectáculos, tanto en circos como en obras teatrales y producciones especiales.
Trabajó junto a figuras reconocidas de la escena nacional y fue sumando experiencias que ampliaron sus conocimientos más allá de la acrobacia. La convivencia con actores, bailarines, músicos, contorsionistas y artistas de múltiples disciplinas se transformó en una escuela permanente.
"Aprendí muchísimo compartiendo con artistas de distintos lugares. Muchas cosas las fui incorporando trabajando y observando a personas con muchísima experiencia", explicó. A lo largo de esos años ocupó diferentes roles dentro de los espectáculos.
Fue artista, realizó números solistas, interpretó personajes y también comenzó a asumir tareas de coordinación. Una de las situaciones que más recuerda ocurrió durante una temporada en Córdoba. Un integrante del elenco se lesionó pocas horas antes de una función y recibió un mensaje inesperado.
"Flavio me escribió a la mañana y me preguntó si me animaba a hacer el personaje principal esa misma noche. Tenía muy poco tiempo para aprender todo. Además debía seguir haciendo mi propio papel dentro del espectáculo", contó de cuando aceptó aquel desafío.
Lo que iba a ser una participación de emergencia terminó extendiéndose durante dos meses. "Fue una experiencia muy intensa porque tuve que aprender cosas nuevas en muy poco tiempo, pero también fue una oportunidad enorme", recordó.
El mundo como escenario
La carrera de Lucas siguió creciendo y comenzó a sumar experiencias fuera del país. Vivió durante un año en India trabajando en espectáculos internacionales vinculados a grandes hoteles y eventos de relevancia.
Sin embargo, uno de los capítulos más importantes de su trayectoria llegaría tiempo después, cuando se instaló en Vietnam. Allí formó parte de Kiss of the Sea, un espectáculo desarrollado en la isla de Phu Quoc que fue reconocido por Guinness World Records por contar con el teatro permanente de proyección sobre agua más grande del mundo, con capacidad para más de cinco mil espectadores.
Para Lucas, sin embargo, lo más significativo no fue el tamaño del escenario, sino que esa experiencia lo marcó por la responsabilidad que asumió dentro de la producción.
Inicialmente fue elegido por coreógrafos franceses para coordinar al equipo de artistas acrobáticos. Más tarde fue promovido a una función todavía más importante.
"Primero tuve a cargo un grupo de artistas de distintas disciplinas y después terminé siendo capitán junto a otra compañera de todo el elenco", explicó.
Eso significó coordinar el trabajo de más de 60 personas provenientes de distintos países. Había artistas de Etiopía, Colombia, Ucrania, Kazajistán, Italia, Brasil y muchas otras nacionalidades.
Además de supervisar coreografías y entrenamientos, debía resolver cuestiones vinculadas a la organización cotidiana del elenco y garantizar que el espectáculo mantuviera los estándares internacionales establecidos por sus creadores. "Fue probablemente la responsabilidad más grande que tuve en mi carrera", aseguró.
Un encuentro inesperado con una estrella de Hollywood
Entre las numerosas experiencias que acumuló durante esos años también hubo espacio para las sorpresas. Poco después de instalarse en Buenos Aires, para buscar nuevas oportunidades laborales, recibió una propuesta para participar en una entrega de premios.
Recién al llegar descubrió que iba a compartir el evento con Dolph Lundgren, el actor sueco conocido mundialmente por interpretar a Ivan Drago en Rocky IV. Lucas trabajó como doble de riesgo durante aquella producción.
"Fue una experiencia muy especial porque yo venía de Neuquén y todavía estaba dando mis primeros pasos en Buenos Aires. Encontrarme trabajando en un evento con una figura internacional de ese nivel fue algo que no esperaba", recordó.
Después de años de escenarios, viajes y experiencias internacionales, Lucas sintió que era momento de iniciar una etapa diferente. No porque se hubiera agotado el camino artístico, más bien porque apareció una nueva motivación.
Actualmente, comenzó a dar clases y trabaja en el diseño de una productora orientada a la creación de espectáculos acrobáticos y circenses.
Su intención es formar artistas, generar espacios de entrenamiento y construir oportunidades para quienes quieran desarrollarse profesionalmente en estas disciplinas.
Cuando mira hacia atrás, recuerda que gran parte de su formación fue autodidacta porque en aquellos años prácticamente no existían propuestas vinculadas a la acrobacia en Neuquén. Por eso siente que ahora puede aportar algo de todo lo aprendido.
"Hay muchísimo talento. Lo que muchas veces falta son herramientas, espacios y alguien que pueda acompañar esos procesos. A mí me gustaría ayudar desde ese lugar", explicó.
Además de entrenar nuevos alumnos, busca generar vínculos con producciones nacionales e internacionales para abrir puertas a artistas neuquinos interesados en desarrollar una carrera profesional. Los que quieran tomar clases con él pueden contactarse a través de su cuenta: https://www.instagram.com/lucasortizpk/
Después de pasar gran parte de su vida recorriendo escenarios del mundo, Lucas volvió a la ciudad donde todo empezó. A la ciudad donde aprendió gimnasia artística, donde descubrió el parkour y donde comenzó a imaginar que aquellas acrobacias que practicaba por diversión podían transformarse en una forma de vida.
Hoy, con la experiencia acumulada en miles de funciones y decenas de proyectos internacionales, quiere que otros chicos y chicas encuentren el camino que él alguna vez tuvo que construir prácticamente desde cero.
Porque si algo aprendió durante todos estos años es que detrás de cada gran espectáculo siempre hay una primera oportunidad. Y él quiere ayudar a que esas oportunidades también nazcan en Neuquén.
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