Este martes se fue camino al cielo Beatriz Arrighi, nuestra profesora de la secundaria. Era docente de Lengua y Literatura, pero nosotros sabíamos que enseñaba sobre la vida.
A ella le agradecemos haber creído en cada uno de nosotros. "Dios no te da hijos, pero el diablo te da sobrinos", decía con esa sonrisa que encendía la alegría en cada clase. "Yo puedo decir todas las malas palabras que quiera porque tengo 50 años y además soy profesora de lengua, literatura, lunfardo, latín y griego antiguo", era una de sus frases más recordadas.
A fines de los 80 el fervor de la democracia hacia que las aulas fueran cada vez más participativas. Al colegio La Salle y la Dante Alighieri de la ciudad de Rosario, Beatriz entraba con su pila de libros a la clase y fomentaba no sólo la pasión por la lectura, el debate y a la vez que nos alentaba a fundamentar nuestras ideas, tolerando siempre el disenso por la opinión ajena.
Iniciaba sus clases con una invitación a abrir nuestro corazón y compartir lo que nos estaba pasando, teníamos 15 años o un poco más y el mundo ya nos empezaba a mostrar sus ásperos tratos. Decía que Becquer era tan meloso que le hacía doler el hígado y que nos tomáramos todo el tiempo que podamos para entender a otros autores como Borges o a Cortázar. Nos presentó a Neruda y a Nazm Hikmet, también nos presentó a Dios como lo más simple y nos enseñó que podíamos hablar con él con un teléfono invisible, que discaba con un gesto que seguro no vamos a olvidar.
Una vez me contó que cuando se iba de vacaciones y entraba a un supermercado, al pasar por el sector de los útiles escolares, se ponía a elegir los que usaría al año siguiente para sus clases, porque nunca podía dejar de ser docente. Beatriz no se casó, ni tuvo hijos, aunque alguna vez confesó que tenía un enamorado que le escribía poemas. Muchos años después escuchando un relato de Luis Landriscina sobre una maestra que trabajó en el Chaco, y se quedó allí aún después de jubilada, entendí que era parte de una generación de docente que abrazaba la profesión con una entrega y entereza únicas.
Fue una docente de tiza y pizarrones que borraba y volvía a llenar con oraciones, párrafos y citas, sin dejar de recurrir al cine y al teatro y tantos lenguajes que incorporaba a la enseñanza de su materia. Lo más parecido en ese entonces a la computación eran, para uso de los estudiantes en los hogares, las CZ Spectrum. Beatriz era una adelantada porque pensaba en un aula tridimensional. Cuando leíamos el poema “Ajedrez” de Borges nos propuso representarlo en el patio del colegio, que tenía baldosas grises y blancas y que cada uno de nosotros pudiéramos representar jugadas reales como desafío.
Una vez detuvo una clase porque se había posado en la ventana una paloma y nos invitó a escribir un cuento imaginando que la paloma, que ya había echado a volar, nos narraba la historia de la ciudad a través de sus pupilas. Mucho antes de leer a Freire con su “Ivo vió la uva” cuyo texto describe el despegue de la mirada de un cosechero hacia la totalidad de los cultivos y que va más allá de la función esencial que su rol como trabajador cumplía en la matriz productiva de la tierra en la que labraba.
Cuando terminó el secundario seguimos en contacto, mirá que ya pasaron más 30 años y los muchachos de nuestra promoción me van a querer matar por sacar esta cuenta, pero hace tanto que te conocemos, que despedirte se nos va a volver un poco difícil y sé que nos estás escuchando. También sé con certeza que remontas al cielo para seguir enseñando allá. Pero descansa en paz ahora, nosotros nos encargamos, dejaste muchas enseñanzas y la estamos multiplicando, ojalá con el mismo Amor que vos lo hiciste Beatriz Arrighi, ¡Vuela Alto!
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