En un futuro no tan lejano, Javier Milei logró implementar sus controvertidas ideas de anarcocapitalismo y transformar la sociedad argentina. La propiedad privada triunfa sobre todo lo demás.
Es el año 2026. Javier Milei gobierna Argentina hace ya dos años. Sus resistidas ideas al final se impusieron, ya sea por la batalla cultural o por fuerza física. En un bar de la ciudad de Buenos Aires ahora se prohíbe la entrada a las mujeres, gays o personas trans. Un cartel en la puerta lo dice con claridad: “Prohibido el ingreso a todos aquellos que biológicamente no sean hombres”. Ni el Estado ni las leyes se interponen. La propiedad privada triunfó por sobre cualquier otro derecho. Cada uno tiene derecho a hacer lo que se le plazca con sus bienes. El respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, como repite Milei, se circunscribe a una verdad irreductible: el dueño del bar tiene el proyecto a discriminar, pero las mujeres, trans o gays no tienen derecho a entrar allí. Cualquier otra intención de respeto queda subsumida al derecho de propiedad privada, también los Derechos Humanos. Hasta la misma libertad, bandera de la ideología libertaria, está por debajo de las voluntades de los dueños.
La ideología libertaria, o más bien anarco capitalista, es bien sencilla: nada de Estado porque el Estado corrompe las libertades individuales. El balance, o la justicia, está depositada en las leyes del libre mercado. El mercado regula, el mercado es Dios, un Dios que construyen los hombres en la abstracción de los bienes que comercian. La desigualdad, por otro lado, es innata a la condición humana. De allí que para Milei la justicia social sea aberrante. Los “izquierdistas” o “socialistas” pretenden licuar toda diferencia y convertirnos en personas iguales, en robots que construyen una utopía social que destroza los mismos cimientos de lo que pretende construir. Resulta al menos curiosa esta defensa de la propiedad privada o del capitalismo en un mundo donde gobierna la propiedad privada y el capitalismo. Sin embargo, dentro de la lógica libertaria tiene sentido. En la página web oficial de Milei se encuentra la famosa bandera de resistencia estadounidense que dice “Don’t tread on me”, algo así como “No me pisotees”. Allí, Milei dice que esa es su bandera. No la Argentina, ni siquiera la de Estados Unidos. Él no representa las tradiciones demócratas norteamericanas, tampoco las republicanas, sino las de un sector de la derecha libertaria que también se mueve dentro del Partido Demócrata.
La bandera "Don't tread on me" es un símbolo icónico de la historia de Estados Unidos. Tiene sus raíces en la Revolución Americana y con el tiempo se convirtió en un emblema del espíritu de independencia y resistencia ante la opresión. En 1754, Benjamin Franklin publicó una famosa caricatura en el periódico Pennsylvania Gazette que representaba una serpiente de cascabel. La imagen estaba acompañada por la frase "Join, or die" (“Únete o muere”) y hacía un llamado a la unidad entre las colonias para enfrentar la amenaza británica. Después de la Revolución Americana, la bandera cayó en desuso durante un tiempo, pero fue revivida en el siglo XX como un símbolo del movimiento libertario y de la resistencia al gobierno federal. Uno de los artilugios discursivos más efectivos de los libertarios es justamente utilizar esta posición anti status quo, o anti casta, en definitiva anti poder, para llevar la rebeldía hacia una ideología conservadora, que en verdad pretende mantener el mismo poder que ya contiene.
En definitiva, no se trata de una revolución contra el sistema, sino de una revolución para acentuar las desigualdades y así lograr que el capitalismo funcione sin restricciones.
El triunfo de las ideas de Milei
En gran medida, el discurso de Milei triunfa porque tiene sus cimientos en una de las narrativas más poderosas que existen: la de los esclavizados que buscan liberarse del yugo opresor. Allí es donde conecta con los discursos que en general consideramos de izquierda. La historia de un grupo de individuos que pretenden la liberación para ganar independencia y abolir la injusticia impuesta por los poderosos incluso precede a la Revolución Francesa. Podemos encontrarla en la lucha de los esclavos, o en la misma historia de Jesucristo y su lucha contra los romanos. Quizás por eso Milei no sólo hace hincapié en los símbolos de la Revolución Americana. También se refiere a la búsqueda de libertad religiosa, en específico a la lucha del pueblo judío. Estas ideas, usuales en Estados Unidos, eran hasta ahora más bien inéditas en Argentina. De hecho, la bandera “Don’t tread on me” fue utilizada en varias manifestaciones por los seguidores de Donald Trump. Hoy basta entrar a Mercado Libre para comprobar la enorme cantidad de artículos con esa bandera, desde tazas hasta remeras y gorros.
Sin embargo, como suele pasar en política, lo más importante es precisamente lo que se deja afuera del discurso oficial. Por más espanto que causen las figuras de Trump o Milei, en realidad son apenas la punta del iceberg de movimientos históricos que, en estos tiempos, se ocultan en fachadas democráticas para corroer o al menos transformar las bases de la democracia republicana. Para decirlo de una forma más concreta, la idea de la bandera “Don’t tread on me” se hace carne en grupos como los “Proud boys”, seguidores de Trump que dicen luchar por los valores tradicionales estadounidenses y la cultura occidental. Se oponen a lo que perciben como una amenaza a estos valores, por ejemplo los movimientos feministas, a los que llaman "cultura de la corrección política". Por lo tanto, critican esta creciente sensibilidad hacia cuestiones de género y raza en la sociedad, al tiempo que se burlan de términos como "masculinidad tóxica". Su lema principal "West is best" (“Occidente es mejor”) demarca una clara preferencia por la cultura occidental y una visión jerárquica de la sociedad.
Aquí hay un punto en común: hombres blancos que se sienten amenazados ante la adquisición de derechos de minorías o de grupos oprimidos. Por eso, esta ideología supuestamente defensora de la libertad individual se mezcla con una agenda conservadora. Al final no se trata de cambiar nada, o en todo caso de cambiar para volver a las bases corrompidas por el “socialismo”. Los libertarios ya no ven al enemigo en el Imperio Británico, y sí en los grupos que buscan contradecirlos en un contexto de desigualdad global.
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