Unidos por el amor a la música, llevó las cenizas de su amigo al velorio del Indio Solari: la emotiva historia
Darío decidió homenajear a un amigo fallecido en 2020 durante la despedida del cantante. La historia que emocionó a todos.
Entre tanta multitud que se acercó al velatorio del Indio Solari en Avellaneda, hay una emotiva historia de música y amistad que merece ser contada. Se trata de la de Darío Alvarenga, un docente del conurbano bonaerense, que tuvo un gesto, atravesado por la amistad y la pasión compartida por el músico y “Los redonditos de Ricota”, que le permitió transitar una despedida que había quedado pendiente.
Todo comenzó el viernes 5 de junio, cuando la noticia sobre la muerte de Carlos “Indio” Solari comenzaba a ganar espacio en los medios de comunicación. Darío estaba trabajando, y no divisaba aún como esa noticia impactaría en su vida, y en la de sus amigos.
“Estaba trabajando y mi compañera, que tiene una forma especial de ser y sabe que soy muy fanático, no me quería decir. Pero al final me terminé enterando y me súper golpeó, me movilizó mucho, me acerqué a un profesor de música para compartir la noticia con él y lo dejé sin reflejos”, comentó.
Sin embargo, el dolor por la pérdida del ídolo popular tenía en Darío un sentido especial, ya que venía cargado con el eco de otra ausencia: la de Daniel Cardoso Duarte, su amigo entrañable, ese que vivía a la vuelta de su casa, que le había contagiado la pasión por Los Redondos y con el que había compartido varios recitales, noches y días enteros escuchándolos.
Fue así que decidió llevar al velorio del Indio, las cenizas de un amigo que murió en 2020, para rendirle homenaje en un lugar cargado de significado para ambos.
Quién era el amigo homenajeado
Daniel era diez años mayor, y allá por los 90, llamaba la atención de todos en el barrio. “Trabajaba en una oficina y caminaba las calles de tierra con el pelo largo, rubio, ojos celestes y un traje impecable. Después dejó ese empleo de oficina y pasó a trabajar en la herrería con su padre. Pero su verdadera profesión, su oxígeno diario, era ser ricotero”, confiesa Darío en una especie de semblanza de su amigo.
“Era como un personaje de Capusotto, esos que de cualquier cosa te terminan hablando de Los Redondos. Su vida era Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”, rememora Darío con una sonrisa cargada de nostalgia. Daniel no solo escuchaba la música; sino que disfrutaba decodificarla para los más jóvenes. “Te contaba la historia, te hablaba de la literatura, de la poesía, del arte, de Rocambole, te mostraba las letras, las explicaba desde donde él las entendía”.
Juntos patearon rutas, bailaron mil rockanroles y compartieron decenas de misas ricoteras. Daniel falleció joven, a los 45 años, en 2020, “víctima de lo que el propio Indio Solari definiría como una enfermedad malvada”, dice.
Sus padres decidieron despedirlo a puertas cerradas, en la más estricta intimidad familiar. “No pudimos abrazar a su papá, no pudimos abrazar a su mamá, no pudimos estar todos juntos en un lugar, llorarlo, reírnos recordando sus anécdotas, y todas esas cosas que hacen el cierre de un velorio para mí”.
Durante años, Darío iba en bicicleta a trabajar y pasar por la casa de los padres de Daniel le generaba un sabor agridulce. Sentía que algo faltaba. Hasta que el destino, de forma imprevista, le dio revancha.
El pedido a la familia: “Quiero llevar los restos del Dani”
Tras movilizarse a la Plaza de Mayo el viernes por la noche y descansar el sábado, Darío se despertó el domingo por la mañana con una idea en la cabeza. El velatorio oficial del Indio se realizaba a unas 20 cuadras de su casa. La oportunidad de unir los dos dolores en un homenaje definitivo se abrió ante a sus ojos.
“Me desperté y me agarró como un impulso. Le dije a mi compañera: ‘Quiero llevar los restos del Dani’. Ella me dijo que estaba loco, que era un montón, pero no dejé que eso me frenara”, recuerda.
Sin dudarlo, cruzó la calle y golpeó el portón de hierro de la casa de los padres de su amigo. Cuando la madre salió y escuchó la propuesta, rompió en llanto y le confesó que a ella también se le había cruzado la misma idea por la mente. Tras una consulta rápida por teléfono con Daniela, la hija de Daniel, Darío tuvo el consentimiento familiar definitivo.
Mientras esperaba que le entregaran la urna, Darío fue testigo de una escena íntima que lo conmovió hasta los huesos y justificó todo el viaje: “Vi cuando su papá apoyó la urna en la mesa y le hablaba a su hijo” en una íntima y emotiva despedida.
“Fue una imagen que no se me borra más en la vida. Los abracé, los besé y les dije que los quería mucho”. Darío empezaba así a cerrar un círculo, a saldar una deuda emocional que arrastraba desde 2020.
Al lado del cajón del Indio Solari
El yerno de Daniel fue el encargado de llevarlo en su moto hasta la fila que custodiaba el ingreso al velatorio. Allí, en una muestra más de las casualidades que rodearon a esta última misa ricotera, aparecieron los compadres de Daniel y otros amigos de la infancia del barrio. “Volvíamos a ser el mismo grupo de siempre, listos para entrar juntos al último recital”.
Tras horas de espera bajo un cielo gris plomizo, Darío ingresó a la capilla ardiente con la urna entre sus manos. Enseguida, gente de la organización se acercó a él para recibir de sus propias manos la urna, escuchar y darle curso a su pedido. “Me dijeron que me quede tranquilo, que la urna iba a estar ahí. Después me mandaron un video donde me muestran cómo fue depositada al lado del cajón”. Daniel había llegado así, de la mano de sus amigos, a descansar para siempre junto a ese ídolo que lo había marcado a fuego.
La tranquilidad del deber cumplido
A días del episodio, las calles del barrio siguen siendo testigos de aquel último gesto de amistad. Las hijas de Daniel le escribieron mensajes repletos de agradecimiento y emoción, mientras espera para comprar el pan, alguna camioneta frena, un conocido se baja y le da un abrazo felicitándolo.
Sin embargo, el mayor reconocimiento no está en las palmadas en la espalda, sino en la paz que siente ahora. “Pude cerrar un ciclo, me siento bien, en paz”, confiesa.
Y aunque Dani y el Indio ya no están físicamente, y las mañanas del Conurbano se sienten un poco más vacías sin su poesía y sus ocurrencias, le queda la tranquilidad de saber que en algún lugar de la eternidad, ese flaco de traje y remera ricotera está disfrutando el pogo más inolvidable de su vida.
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