Dos estudios del CONICET revelan que hay algo en el suelo que los favorece y frena el crecimiento de su rival, más allá del efecto del pastoreo.
Quien se detenga a apreciar el paisaje de meseta en la Patagonia verá, cada vez más, arbustos donde antes había pasto. No será una impresión, solamente: se trata de un cambio real que viene ocurriendo hace décadas en los ambientes áridos y semiáridos del sur argentino. La pregunta es por qué. Y la respuesta, según dos estudios científicos recientemente publicados por investigadores del IPEEC-CONICET, tiene mucho que ver con algo invisible: la química del suelo.
Durante años, la explicación dominante apuntó a dos factores conocidos: la falta de agua y el pastoreo de guanacos y ovinos, que consumen los pastos y reducen su capacidad de recuperarse. Pero las nuevas investigaciones suman una tercera pieza al rompecabezas. Los arbustos no solo compiten por agua o por espacio. También secretan compuestos químicos que perjudican directamente a las otras plantas.
El veneno que llueve en la Patagonia
El primero de los dos dos estudiso de especialistas argentinos que fueron publicados en el Journal of Arid Environments, encabezado por Giovana Magalí Muñoz junto a Analía Carrera, Mónica Bertiller y Hebe Saraví Cisneros, se metió en el laboratorio para entender qué pasa cuando llueve sobre arbustos como la jarilla (Larrea divaricata) o el molle (Schinus johnstonii), dos especies típicas del Monte Patagónico.
Cuando el agua cae sobre estas plantas, arrastra consigo fenoles solubles: compuestos químicos que quedan impregnados en las hojas y ramas. Esos lixiviados llegan al suelo y, según demostraron los experimentos, reducen la proporción de semillas que logran germinar y demoran el proceso.
En un ambiente donde las ventanas favorables para brotar son cortas y escasas, germinar tarde puede ser determinante. Menos tiempo con acceso al agua y los nutrientes disponibles se traduce en menores chances de sobrevivir.
Cuanto más seco, más tóxico
El segundo trabajo, con Mónica Bertiller como primera autora y un equipo que integran también Sonia Oliferuk y las mismas investigadoras del primer estudio, amplió la mirada y analizó lo que ocurre a lo largo de todo un gradiente de aridez en la Patagonia.
Los resultados mostraron un patrón claro: cuanto más seco es el ambiente, mayor es la presencia de arbustos en relación con los pastos perennes, y también más altas son las concentraciones de fenoles solubles en los tejidos vegetales. En los sitios menos áridos, donde predominan arbustos con compuestos químicamente menos activos, no se encontraron evidencias de estas interacciones negativas.
Hay otro factor que se suma y que afecta directamente a la producción ganadera. Los pastos perennes son los preferidos por los herbívoros: son más palatables, más nutritivos, más consumidos. Los arbustos, en cambio, gracias a esa misma carga química que inhibe a otras plantas, resultan menos atractivos para el pastoreo. Eso los protege y les da ventaja.
Los tres factores —aridez, presión de pastoreo e interacciones químicas entre plantas— actúan en conjunto y se potencian mutuamente. Entender cómo se relacionan entre sí es clave para pensar estrategias de manejo y restauración en estos ecosistemas, donde pequeños cambios en los mecanismos de competencia pueden transformar el paisaje de manera duradera.
Te puede interesar...
Leé más
Contaminación: detectan microplásticos en algunas de las playas más concurridas de la Patagonia
Noticias relacionadas










