Osvaldo Gómez siempre iba a ver a Callejeros en micro y a veces compartía los viajes con la familia de los músicos. El joven estuvo en los tres recitales que Callejeros hizo en Cromañón aquel fin de año de 2004: el 28, 29 y 30 de diciembre. El recital del 30 Gómez casi no va pero finalmente pudo asistir con su hermano.
Llegaron a Cromañon y en medio del recital a las 22.50, la banda interrumpió la canción. El saxofonista Juancho Carbone señaló el techo, donde una bengala quedo encendida en la media sombra que semejaba una noche estrellada. Inmediatamente, el fuego tomo todo el lugar que estaba aislado con espuma de poliuretano que insonorizaba el lugar y estaba pegada al techo.
La combustión del material provoco un gas letal de acido cianhídrico que aspiro toda la gente que intentaba salir de ese infierno.
Osvaldo y su hermano lograron salir pero volvieron a entrar para ayudar a rescatar a los que quedaron adentro. El humo espeso no dejaba ver nada a mas de diez centímetros y tanteando y escuchando los gritos de los sobrevivientes se las arreglaron para sacar a los que pudieron. Afuera se iban sumando los cadáveres de los asistentes que no pudieron salir a tiempo. En total fueron 194 victimas.
Osvaldo empezó a hacer terapia para tratar de aprender a lidiar con lo que vivió en Cromañon pero, el 21 de enero de 2007, el destino le tenia preparada otra prueba. Ese dia Osvaldo volvía de una fiesta cuando desde patrullero lo llaman y le dicen “Andamos buscando a alguien como vos, de remera roja y jean azul”. Osvaldo relató que tenía puesta efectivamente una remera de ese color, pero en vez de un jean, una bermuda azul y blanca. Se los quiso explicar al oficial pero la respuesta fue tajante: “¡No importa, dame los documentos!”.
Un rato más tarde lo llevaron esposado a una comisaria y lo metieron en un calabazo. Recién al día siguiente supo por qué lo habían detenido. “Abrieron la celda, y pensé que me iba. Me llevaron a una habitación con tres personas. Una me dice, ‘vamos a hacerla corta, mostrame las marcas’. Yo no tenía ninguna marca, les mostré. ‘No te hagás el boludo. Vos estás acá por violación…’ Me saqué la remera, me tomaron fotos. Era domingo, y yo tenía que ir a buscar a mi nene, porque estaba separado y él pasaba los fines de semana conmigo. Su madre llamó a casa porque le parecía raro que no hubiera ido a buscarlo. Mi hermano empezó a buscarme. Como a las dos de la mañana me ubicó. Y vino. ‘Mañana al mediodía lo tenés comiendo con vos…’, le dijeron”.
Ahí empezó al odisea. Tras varias ruedas de reconocimiento lo dejaron detenido. La descripción que hacía la victima no coincidía en absoluto con los detalles físicos que tenia Osvaldo. Sin embargo, por más que la diferencia era más que obvia no le creyeron terminó en la cárcel de Marcos Paz”.
“Cuando llegué no dije por qué estaba. Pero igual, en el ingreso los guardias me pegaron, los internos más antiguos me sacaron mis zapatillas y mi ropa, no comí durante una semana, estuve a agua… Las primeras noches ni siquiera dormí, había agarrado un plastiquito que tenía filo me quedaba pegado a la puerta de la celda, pensando que iba a entrar alguien. … Tenía miedo que me quisieran violar, lo que por suerte no pasó. Pero si intentaban, me había dicho que me iban a tener que matar antes. Yo entro así y salgo así, prometí. Después me mandaron a un pabellón más tranquilo”, relata hoy.
Durante un mes, su abogado, Fernando Soto, no pudo ver un solo papel de la causa. Con el tiempo, la policía halló al verdadero violador: Maximiliano Di Consoli, quien estaba en libertad condicional por el mismo delito. “Treinta años le dieron” –cuenta Osvaldo. “Lo reconocieron todas las víctimas. En la casa le encontraron pañuelos y polleras de mujer. La que dijo me reconoció a mí en un 100 por ciento, encontró un discman de ella… Al chabón lo mandaron al mismo pabellón. El loco era vivo, llegó y se rapó. Lo encaré, porque el rancho me hacía la cabeza que era ese pibe y le dije ‘hace ocho meses que estoy acá gratis, si fue por tu culpa te hago mierda’. Me lo negó. Esa tarde me llevaron a tribunales, firmé que se había caído mi causa. Volví al día siguiente al penal, a buscar mis cosas, pero lo habían trasladado. Y salí. Pero nunca nadie me pidió perdón”.
Por la gestión de su abogado, cobró por ser sobreviviente de Cromañón unos “400 mil pesos”, y hace un tiempo, dice, “me llamaron porque había de intereses unos 200 mil más”. De su detención por una falsa denuncia, en cambio, nunca recibió un peso. De esa terrible experiencia no quiere ni el recuerdo: “Cuando salí, cerré la cortina. No sé ni qué pasó con el tipo”.
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