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"Soy un tipo normal que labura de hacer reír"

Martín "campi" Campilongo. Un especialista. Ganador de un Martín Fierro y de regreso con Sin codificar, habla del humor, de los límites y de una condición fundamental: aceptar que se rían de él.

Paula Bistagnino

Especial

Dice que hace mucho que no puede ir al sur y que espera hacerlo pronto. Ama esquiar y pasó largas temporadas invernales haciéndolo en el cerro Bayo, en Villa La Angostura. “Quiero volver y lo intento todo el tiempo, pero es un lío hacer coincidir tantas agendas”, admite Campi, Martín Campilongo para atenernos al DNI del capocómico indiscutible. ¿Cuáles? La de su mujer, la ex modelo y conductora Denise Dumas, la de sus hijos (Ema, Francesca, Isabella y Santino) y la propia, a la que, obvio, no le falta acción, especialmente desde que NotiCampi se quedó con el Martín Fierro a mejor programa humorístico.

Este año volvió con Peligro sin codificar, el ciclo conducido por Diego Korol que está nuevamente en la pantalla de Telefe desde el domingo pasado. En el programa, que ya es un clásico de los fines de semana, dio que hablar con la aparición desopilante de un supuesto hijo de Diego Maradona, una idea que, concede, salió de la mente de su mujer.

El humor, junto con la música, es lo que mejor representa a la sociedad”.

Entonces, ¿son un gran equipo todoterreno?

Sí. Ella es súper crítica y una gran guionista. Es muy creativa y se le ocurren propuestas muy geniales.

¿Y el resto de tus personajes o imitaciones cómo aparecen? Imagino que hay mucho de la agenda mediática.

Y sí, con el noticiero tengo que hacer al político que sale en el diario. Igual no me siento un imitador, sino más bien un caricaturista. Porque trabajar con la noticia del día no me permite hacer un trabajo fuerte de imitación como sí hice en Tu cara me suena. Imaginate que tenía una semana de preparación para cada personaje.

La política da mucho material...

Totalmente, y a mí me encanta el humor político. Me parece muy sano que exista. Pensá que en épocas difíciles del país estaba prohibido.

¿Te llaman seguido para decirte “che, te pasaste”?

Gracias a Dios, no. Me siento muy libre. Nunca nadie me escribió un guion o me manejó la mano para escribir. Trato de ser muy cuidadoso con eso. Hago humor político, pero no laburo para políticos. Eso me da muchísima libertad y una honestidad laboral que no podría tener si yo quedara adscripto profesionalmente a un partido. Por otro lado, no tengo ambiciones económicas que podrían llevarme a aceptar ofertas que pueden sonar tentadoras. Y a mi familia le pasa lo mismo. Disfrutamos mucho de salir a caminar; de ir a Nueva York o un desfile de carruajes de un pueblo como Las Flores al que nos encanta ir; de ir a las Islas Bermudas y a San Clemente. Pero te puedo asegurar que la pasamos increíble en cualquiera de los programas.

Estás emprendiendo varios proyectos a la vez, ¿tanta actividad no atenta contra tu capacidad creativa?

No, aunque a veces me doy cuenta de que necesito parar un poco la moto y empezar a decir que no. Me pongo un poco nervioso cuando se me enciman mucho los laburos. El problema es que me divierte mucho lo que hago. Es como ir a pescar o a esquiar. La parte creativa de mi trabajo, eso de encerrarse a cranear un personaje, a armar pelucas y disfraces, me fascina.

Cambiando de tema, una de las creencias populares que circula alrededor de los cómicos es que cuando están en la intimidad tienden a bajonearse…

(Se ríe.) ¡Sí! El tema es que la gente a veces espera que estés todo el tiempo con una sonrisa y cuando se encuentran en el supermercado o en el subte con alguien como yo, un tipo normal que labura de hacer reír, dicen ‘uh, es un bajón’. Por ahí te cruzás en la calle con alguien que te saluda y como vos le devolvés el saludo y nada más cree que sos un amargo. Pero es lo mismo que pretender de un actor dramático que los haga llorar.

Otro lugar común es que aprendieron a reírse de sí mismos...

Eso sí, totalmente. No podés hacer humor si no lográs eso. Y no tenés derecho además a reírte de nadie sino autorizás al otro a reírse de vos. Yo abro las puertas por completo a que se rían de mí, de mi altura, además tengo una mujer mucho más alta que yo, o de que tengo veinte kilos de más.

¿Te incomoda el exceso? ¿Estás pensando en hacer dieta?

No, la verdad es que no doy mucha bola. Además exageré con los veinte (se ríe con ganas). El problema es que yo siempre manejé el cuerpo de acuerdo a la necesidad del personaje: jamás me costó bajar o subir diez kilos. Hasta los cuarenta. Después, ¡no sabés cómo te cuesta! Comer la lechuga que siempre te funcionó, caducó. Ahora es lechuga sin harinas y, más adelante, lechuga sin harina y sin lácteos. Llega un momento en el que la vida ya no es vida.

Volviendo a los permisos para hacer humor, ¿cuál dirías que es el límite?

Depende. No me interesa burlarme de nadie, sino que todos nos riamos. A mí no me jode que hablen de mi peso, pero yo intento no meterme con el de otros. Hay temas que no causan gracia, como los desaparecidos o la discriminación. Lo escatológico tampoco me interesa.

Es cierto que hoy dejamos de reírnos de algunos asuntos...

Totalmente. El humor, junto con la música, es lo que mejor representa a la sociedad. En mi infancia nos reíamos con Matrimonios y algo más, y lo ves ahora y es apenas simpático. Incluso hay ciertos chistes que nos resultan completamente desubicados. Esos cambios te hablan de que la sociedad está en constante movimiento y está buenísimo.

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