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Tabú: El crimen impune de la prostituta degollada

La historia y la sentencia tienen una mirada de época. Que la joven fuera trabajadora sexual sesgó al tribunal, que por dos votos a uno resolvió absolver por el beneficio de la duda a su ex pareja, Miguel Armando Salinas. Tras la apelación, el TSJ revocó el fallo y ordenó un nuevo juicio. Desde entonces, Salinas desapareció.

Descenderemos hasta las entrañas de un tabú, de aquello que cuesta hablar porque incomoda, más aún 14 años atrás cuando el brutal femicidio de Lucrecia quedó en manos de una Justicia carente de perspectiva de género. En el trayecto de la historia, la violencia, la perversión y los prejuicios saldrán a la luz, y lo que podrá parecer un sencillo camino para detener al asesino, se transformó en una presunta ejecución por desertar del rubro y en un laberinto lleno de obstáculos y desavenencias judiciales.

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Lunita tucumana

Lucrecia y Miguel Armando Salinas se conocieron en Tucumán cuando ella estaba en su última etapa de la adolescencia y él, ya con casi 20, trabajaba en el transporte de carne vacuna y el desposte de reses.

Todos los días, Miguel religiosamente tenía la tarea obligada de limpiar el camión frigorífico para que no quedara ni una gota de sangre vacuna que pudiera significar una multa de bromatología.

Su empleo le permitió no solo ganar habilidad en el uso de dos cuchillos clave, uno grande y otro chico para realizar los distintos cortes. También aprendió a utilizar lavandina y a cepillar cada centímetro del camión para luego manguerearlo y dejarlo listo para ser utilizado al día siguiente a la hora del reparto.

Las hormonas, a la edad en que empezaron a salir, son casi ingobernables, y en uno de los encuentros furtivos que tenían, Lucrecia quedó embarazada. Así fue como comenzaron a vivir juntos y se fue ensamblando el sueño de una familia que con el correr de los años se convirtió en una pesadilla.

En 2007, con dos hijos y la esperanza de un futuro mejor, desembarcaron en Plottier, donde un amigo de Miguel Armando les hizo el aguante un par de meses hasta que pudieron alquilar una humilde casa en la calle Palpalá, en el barrio Don Bosco.

Salinas consiguió trabajo en Telefónica de Argentina y lo apodaron “el Tucumano”. Su laburo diario consistía en llevar cables al interior, por lo que asiduamente transitaba la Ruta 237 por la zona de Villa El Chocón, Picún Leufú y Piedra del Águila. También sabía hacer, en ocasiones, la Ruta 22 para llevar material a la comarca petrolera y Zapala.

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Maltrato y separación

La relación ya hacía unos años que no andaba nada bien. Las borracheras, los celos y las inseguridades de Miguel se habían materializado en golpizas que desgraciadamente no ignoraba la familia de Lucrecia, pero el machismo enraizado y cultural provocaba que nadie se metiera. “Esas son cosas de cada pareja”, dio cuenta un familiar durante el juicio, y afirmó que sabían que Miguel ya golpeaba a Lucrecia en su provincia natal.

Cada tanto, la joven aparecía con un ojo hinchado y morado, o una pierna o los brazos con signos de agarre forzado, pero ella caía en trillados argumentos de las mujeres víctimas del círculo de la violencia: “Fue de torpe que me golpeé con la puerta de la heladera”, “Me tropecé y me caí”.

Nadie creía en sus justificaciones, pero tampoco hacían nada al respecto.

Llegó un momento en que cuando la golpeaba, Salinas no tenía ni el freno inhibitorio de que estuvieran sus hijos presentes, quienes se cubrían con una frazada para no ver, atemorizados de no saber qué hacer porque quien ejercía la violencia era el padre, el hombre fuerte. ¿Cómo impedirlo? El terror los invadía y la frazada era como una capa protectora de invisibilidad.

En el juicio, que se realizó del 17 al 28 de agosto de 2010, surgieron más detalles del maltrato que sufría Lucrecia y que arrastraba desde Tucumán.

El cambio de aire, su desembarco en el sur y algunas amistades, aparentemente, le dieron el valor y el empujón que necesitaba para cortar la relación, algo que no sería fácil y le traería consecuencias lamentables.

A fines de 2007 se separó, dejó a Salinas definitivamente y se fue con sus hijos a vivir con su hermana y su sobrina. La decisión le costó un buen susto, porque Salinas en cuanto pudo secuestró a sus hijos y, en diciembre de 2007, se los llevó a Tucumán, donde los dejó en la casa de su abuela paterna y regresó a Neuquén.

Desesperada, Lucrecia le pidió ayuda a la familia y también a un joven que era guardia de seguridad del prostíbulo donde trabajaba. Sí, se hizo trabajadora sexual para independizarse económicamente hasta que pudiera conseguir algún otro trabajo y la estabilidad suficiente para mantener a sus hijos, porque su ex no les pasaba un solo peso.

Tras una charla con Salinas, que fue observada a metros por el guardia amigo, una colega y su hermana, finalmente le dijo dónde estaban los chicos. Para evitar caer presa de una emboscada, Lucrecia, su hermana y el guardia se embarcaron a Tucumán y regresaron con los niños.

Varios testigos en el juicio, incluso amigos de Salinas, confiaron escuchar de boca de él: “La voy a matar”.

Hubo un par de episodios violentos después de la separación, por ejemplo cuando Salinas estaba charlando con ella en el auto y la zamarreó fuerte de los brazos y luego la tomó por el cuello. Por suerte se pudo zafar, salir del auto y huir. Pero ya el Tucumano estaba dando signos de que su violencia iba in crescendo.

Entre el prostíbulo y el súper

Lucrecia alternó su trabajo en dos prostíbulos puntuales, uno ubicado en la calle Jujuy y el otro en la calle Belgrano, en pleno centro neuquino. En un principio era una solución rápida para sostener a sus hijos. Además, una amiga le ayudó a conseguir un puesto de cajera por la tarde en el supermercado Bomba. De ahí salía y se iba al prostíbulo. En su mochila llevaba siempre unas botas de caña alta y unas calzas negras que utilizaba, y el resto de las prendas las elegía en el lugar.

La mayoría de los familiares y compañeros de trabajo del súper siempre vieron que Lucrecia vestía en forma sencilla, con remera, jean y zapatillas, nada llamativo. Por eso cuando salió a la luz que ejercía la prostitución, se escandalizaron. El tabú y la hipocresía confluyeron.

Las mañanas las dormía como podía, porque tenía la suerte de que su hermana le daba una mano con los chicos. Las ojeras y el cansancio de sostener dos trabajos pronto comenzaron a quedar a la vista, por lo que siempre andaba con maquillaje a mano.

El trabajo el súper le duró un par de meses porque Salinas, emperrado en retomar la relación, le hacía escenas patéticas que a ella le incomodaban y la avergonzaban. Sus patrones le llamaron la atención por los escándalos del ex acosador, pero no lo denunciaron. Como no dependía de ella que Salinas dejara de perseguirla, terminó renunciando y así sus ingresos pasaron a depender del trabajo nocturno. Meses después, consiguió que la contrataran como cajera en Capriolo de calle Chaneton.

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Peligroso y perverso

El Tucumano se convirtió en una amenaza para Lucrecia y así quedó plasmado en el diario íntimo que encontraron los investigadores. “Temo y desconfió de lo que pueda hacerme Miguel” fue la última frase que escribió de puño y letra.

En anotaciones previas dejó asentado que el 28 de mayo su ex volvió a insistir en querer retomar la relación, pero ella le dijo que no y le reveló que ya estaba involucrada con un joven, un tal Cristian, pero no le dijo que lo había conocido en la casa de citas.

En sus pesquisas obsesivas, Salinas confió que ella nunca le contó que ejercía la prostitución y que lo descubrió tras seguirla. “Si ese tipo no la metió en la prostitución, pasa raspando. Era un perverso, cuando se enteró de que era prostituta, le gustaba hacerla vestir de puta para estar con ella”, confió a LMN un funcionario judicial que participó en el caso.

Nunca se pudo comprobar que Lucrecia haya ejercido la prostitución en Tucumán, ni los vínculos de Salinas con el rubro, salvo cuando acudía como cliente para estar con su ex, cosa perversa si las hay.

Tanto el guardia de seguridad del prostíbulo de calle Belgrano como una colega de calle Jujuy revelaron que Salinas fue y pagó para que Lucrecia, que se hacía llamar Gisel, lo atendiera. Todo quedó reflejado en el expediente.

A partir de ahí, se despertó en Salinas una cuestión retorcida donde no le generaba problemas siempre y cuando aceptara salir con él y los chicos, momentos en los que les compraba ropa, zapatillas y le hacía algún regalo a ella.

Parte de ese “estar en paz” incluía tener relaciones, donde él la obligaba a vestirse como en el trabajo porque eso lo excitaba.

Ese fue el periodo previo a la desaparición, donde Lucrecia le confió a una amiga que estaba bien con su novio Cristian y que con su ex las cosas estaban mejorando, aunque cada tanto volvía a insistir en retomar la relación.

Es decir, la vida de Lucrecia estaba coaccionada por Salinas. La joven era extorsionada por el Tucumano y las relaciones que mantenían eran una forma de evitar que el infierno la consumiera.

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Desaparición

Lucrecia tenía 30 años. El 27 de junio de 2008 salió de trabajar de Capriolo minutos después de las 21:20. De acuerdo con los testimonios, había quedado con Salinas para ir a un hotel alojamiento, pero, por otro lado, a las compañeras del súper les contó que iba a salir con unas amigas a festejar su cumpleaños, que había sido unos días atrás. Así era la doble y sufrida vida de Lucrecia. Lo único que se supo de esa noche fue que un hombre de zapatillas, jean y campera tipo militar la pasó a buscar a pie y se dirigieron en dirección a la calle Palpalá.

Ese dato lo aportó una compañera de Capriolo que dijo que ella hizo un recorrido distinto al habitual. “El hombre que la acompañaba cada tanto le pisaba los talones para que no dejara de caminar”, agregó. Esa fue la última vez que se la vio con vida a Lucrecia.

Su hermana con la que vivía creyó que se había quedado a dormir en la casa de su novio, pero al mediodía un presentimiento le oprimió el pecho y comenzó a llamar a su familia. Recorrieron los hospitales, las clínicas y los centros asistenciales. Fueron hasta lo del novio, que les confió que hacía tres días que no la veía y se sumó a la búsqueda.

En la casa de Salinas no había nadie, pero era impresionante el olor a lavandina que salía de la vivienda, un detalle que llamó la atención.

A las 48 horas, el 30 de junio, radicaron la denuncia en la Comisaría 41 del barrio Don Bosco.

Ni bien se enteró Salinas de la desaparición de Lucrecia, fue a la casa donde vivía con su hermana, con un supuesto abogado, y reclamó que le entregara a sus hijos, amparado en que la joven ejercía la prostitución. La familia de Lucrecia cerró filas y se negó.

Las pesquisas de la Fiscalía de Graves Atentados contra las Personas (GAP) y la Policía se pusieron en marcha y el 2 de julio acudieron a la casa de Miguel Armando Salinas para una inspección ocular en la que se dejó sentado que no encontraron nada extraño, salvo un excesivo olor a lavandina.

Al día siguiente, tal vez asesorado por el abogado, el Tucumano radicó una denuncia policial, también en la 41, donde dejó constancia de que cuando llegó a su casa encontró la puerta forzada y observó que le habían robado algunos elementos como un equipo de música.

A partir de esa denuncia, la familia de Lucrecia continúo buscándola. Mientras tanto, Salinas, que hacía varias semanas se había quedado sin trabajo, continuaba con los trámites del seguro de desempleo.

Nada ni nadie imaginaba dónde encontrar a Lucrecia, no era muy grande su círculo de amistades. Se supuso que iba a escapar con una colega en dirección al sur, para ir a un prostíbulo de Comodoro Rivadavia, donde los que conocen desde adentro el ambiente saben que se hace una diferencia económica importante con solo un par de meses de trabajo. Lo cierto es que se hizo el seguimiento de una compañera y la vieron partir de la terminal de Neuquén en completa soledad.

El paradero de Lucrecia era una pregunta sin respuesta. Pero en la medida en que transcurrían los días, los investigadores sabían que se iban a encontrar con un cadáver. Las horas clave habían pasado, no había ningún indicio y su ex actuaba como si nada.

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Hallazgo

La mañana del 16 de julio de 2008, la causalidad quiso que un criancero de las inmediaciones de Villa El Chocón fuera a caballo reuniendo a su ganado menor por el paraje denominado La Zorra, que se encuentra a la vera de la Ruta 237 entre los kilómetros 1284 y 1285.

En determinado momento observó, a unos 15 metros de la calzada, un montículo de tierra de donde salía un brazo y parte de una cabeza. Asustado, el hombre encaró al galope al puesto de un policía que trabajaba en la Comisaría 42 de Villa El Chocón y le contó a la esposa del oficial lo que había visto. Media hora después, cayó el móvil al puesto del criancero y a caballo él los guió hasta donde se encontraba el cuerpo.

El suboficial que realizó las primeras actuaciones perimetró de manera amplia la zona y, como era experto en rastros, dejó algunas referencias para cuando llegaran el equipo de Criminalística y los forenses.

En efecto, era Lucrecia. Su cuerpo había sido arrojado boca abajo en un pozo cavado a mano y cubierto con tierra blanda que había removido una máquina vial haciendo trabajos a la vera de la ruta. No se encontraron signos ni rastros del uso de una pala.

El paso de los días y las condiciones climáticas, viento y lluvia, fueron descubriendo parte del cadáver que encontró de casualidad el criancero.

Se identificaron dos tipos de huellas, una de un calzado 41 y otra de uno 39 aproximadamente.

Se determinó que, en el trayecto de la ruta al lugar de entierro, el cuerpo fue llevado desde los brazos con las piernas a la rastra. Luego, se advertía un resbalón y ya el cuerpo había sido arrastrado por completo, por lo que los expertos intuyeron que lo tomaron de la pierna izquierda y lo arrastraron hasta donde lo ocultaron.

Desde la ruta no había forma de identificar ese pequeño montículo de tierra.

También se observó el dibujo de la rueda de un neumático a unos 100 metros, y en una de las botas que tenía puesta la víctima había una huella digital clara de un dedo pulgar derecho.

“En el lugar hubo un duelo de titanes por la jurisdicción”, confió un viejo efectivo policial.

La jueza Martínez de Cutral Co reclamó el caso porque el cuerpo apareció en su jurisdicción, y la fiscal Sandra González Taboada le plantó cara porque la denuncia de la desaparición correspondía a Neuquén. Lo cierto es que, tras una tensa charla, Martínez se impuso y el caso recayó en Cutral Co.

Hasta ese paraje se acercaron algunos familiares de Lucrecia a los que le confirmaron que el cuerpo debía ser enviado a la morgue para confirmar la identidad, aunque había indicios de que sería ella y que tenía una lesión en la zona del cuello.

Autopsia y mecánica del crimen

Como dejaron establecido los investigadores, el cuerpo estaba puesto boca abajo en una fosa poco profunda que fue cavada a mano y sepultado con tierra removida por las máquinas viales que trabajaban ensanchando la Ruta 237.

Con el cadáver en la mesa de autopsia, Lucrecia habló.

Toda la parte del cuerpo que permaneció enterrada, incluso el rostro, estaba en avanzado estado de descomposición, en cambio en los sectores que fueron quedando expuestos a las condiciones climáticas -era fines de otoño- el frío produjo un efecto de momificación.

De acuerdo con la mecánica de muerte, la joven sufrió un golpe en el rostro que no esperaba, por lo que se intuye que estaba con alguien que conocía o en quien confiaba. El golpe la noqueó y quedó en estado de inconciencia e indefensión; de hecho, la revisión arrojó que no tenía ni una sola marca defensiva que diera a entender que trató de evitar la agresión.

En este punto surgieron dos hipótesis. Una fue la del médico forense, que advertía que Lucrecia estaba de costado en una cama o en el suelo y la persona que la iba a degollar comenzó haciendo leves cortes, como rompiendo con el tabú del mandamiento natural de no matar, hasta que fue agarrando confianza y enojo suficiente para que los cortes fueran profundos y letales, provocando una hemorragia masiva que desencadenó la muerte. La data de muerte se estimó que era del mismo día de la desaparición, como mucho 48 horas después. Por su parte, los peritos de la Policía coincidieron en la brutalidad del golpe en el rostro que la dejó indefensa, pero aseguraron que la joven estaba sentada al momento del ataque a puñaladas en el cuello. Calcularon que fueron once en total hasta que la degollaron. El recorrido de la sangre, de arriba hacia abajo, les hizo presumir que estaba sentada.

Otra coincidencia fue el uso de dos cuchillos y un único autor, aunque no se descartó un segundo homicida, cosa muy poco probable.

En lo que coincidieron los criminalistas con el forense fue que donde degollaron a Lucrecia debía haber un reguero de sangre, y la casa de Salinas estaba bañada casi por completo en lavandina, elemento que se utiliza por lo general para limpiar las manchas de sangre. ¿Casualidad?

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Escena del crimen

La casa del Tucumano Salinas parecía el escenario perfecto, pero solo se encontraron leves máculas de sangre de Lucrecia, en el respaldar y una pata de la cama, y en una zapatilla de su ex.

Lo que también advirtieron en el allanamiento realizado tres días después del hallazgo, el 19 de julio, fue que el somier y el colchón estaban limpios.

Cuando lo encontraron en medio de la nada, el cadáver de Lucrecia tenía un solo aro, y debajo de la cama de Salinas se encontró el otro.

De acuerdo con los peritos, la casa ya desde el 2 de julio apestaba a lavandina. Cuando pasaron el luminol, que detecta sustancias biológicas o lavandina, descubrieron una mancha de dos metros sobre la pared, casi de un metro en el suelo y que pasaba por el zócalo, pero la luminiscencia que arrojó el químico fue propia de algo que ha sido limpiado con cloro. En este caso se podría suponer que era sangre humana, más teniendo en cuenta los antecedentes laborales de Salinas en Tucumán.

El Pricai confirmó el ADN de Lucrecia en su ropa, en el aro que tenía puesto, pero en el otro que se encontró en lo de Salinas no había demasiado material genético para analizar. Los aros eran iguales más allá del ADN.

La teoría final de los investigadores, y con la que llegaron a juicio, fue que Salinas pasó a buscar a Lucrecia por el trabajo, la noqueó de una trompada en su casa, ahí perdió el arito, y luego la degolló. Esa noche, le había pedido el auto prestado, un Peugeot 504 rojo, a su amigo de Plottier que les dio acogida cuando llegaron de Tucumán. Luego, Salinas se habría encargado de envolver en la cortina del baño el cuerpo de Lucrecia, cargarlo en el baúl del auto, donde encontraron también una mácula de sangre y en la parte del acompañante el set de maquillaje que la familia de Lucrecia señaló que sería el de ella. Con ayuda de algún tercero, se encargó de ir a una zona que conocía para deshacerse del cadáver, sin contar con que un puestero lo podría descubrir.

Luego se abocó a utilizar lavandina, de la que ya conocía su efecto sobre la sangre y su manejo, para limpiar las manchas.

Todo parecía cerrar: una historia de violencia, maltrato, intento de muerte, abusos y finalmente el crimen. Un derrotero que es casi imposible de no ver, salvo que los prejuicios por la actividad laboral de Lucrecia, la falta de perspectiva de género y las internas judiciales hayan tenido un papel preponderante.

“La absolución de los osos”

El juicio al Tucumano se realizó del 17 al 28 de agosto de 2010. La Cámara de todos los Fueros de Cutral Co estuvo integrada por Pablo Furlotti (presidente), Dardo Walter Troncoso y Alejandra Barroso.

En medio del debate hubo una situación muy peculiar, pese a que no fue público, y trascendió porque fue bastante notoria. El juez Furlotti fue a buscar el par de botas que tenía la víctima para ver si las reconocía una testigo y Troncoso quiso seguir interpelando a la mujer. Sin el presidente del tribunal eso era inviable en esa época, por lo que el fiscal Santiago Terán se lo manifestó a Troncoso y luego comentó la situación ante Furlotti.

Esto derivó en un cuarto intermedio donde Furlotti tuvo un altercado con Troncoso y a partir de ahí fue que al caso se lo bautizó “la absolución de los osos”, porque tanto Troncoso como Barroso cerraron filas para hacer zafar a Salinas por el beneficio de la duda.

En el voto de Furlotti todo siguió un recorrido lógico: “Entiendo que la prueba analizada y recolectada a lo largo del proceso surge en forma evidente de la relación violenta que existía en la pareja, desvirtuando de esta manera los dichos del imputado y que la muerte de la víctima fue el desenlace fatal de una tormentosa historia marcada por el maltrato psíquico y físico. El plexo probatorio en el legajo, a la luz de la sana crítica racional, es más que contundente a los fines de endilgar con certeza necesaria la responsabilidad del suceso a Salinas”.

Tras calificar el hecho como homicidio agravado, le dictó 20 años de prisión.

Pero a la hora de los votos, Troncoso y Barroso comenzaron a desarticular cada una de las evidencias, algunas con una lógica muy aceptable.

Primero, si el cuerpo estuvo en promedio 17 días enterrado, cómo podía haber huellas frescas en el lugar, teniendo en cuenta que un experto en la materia señaló que estas no duran más de 10 días porque las borra el viento y porque recientemente había llovido y eso genera poros en la tierra. La huella de la rueda del Peugeot 504 rojo del amigo de Salinas no fue compatible con la encontrada en el paraje. Tampoco se pudo establecer certeramente que la huella de la zapatilla se correspondiera con el calzado de Salinas, porque como eran tipo tenis podía haber otras similares que no fueron cotejadas.

En lo que respecta a la huella digital encontrada en la bota izquierda de Lucrecia y que fue compatible con la de Salinas, este argumentó que él había agarrado el calzado una vez que ella se lo mostró. Para los “osos”, no era la huella de un hombre que toma por la bota y arrastra el cuerpo.

Sobre el aro, objetaron que no apareció durante la inspección ocular del 2 de julio y que al día siguiente el Tucumano había denunciado un robo en su hogar, por lo que podrían haberle plantado el aro. ¿Con qué sentido si el cuerpo todavía no había aparecido?

Los peritos bioquímicos confirmaron que las manchas en la casa de Salinas eran de lavandina, no de sangre, y los jueces Troncoso y Barroso insistieron en que no parecía ser la casa de Salinas la escena del crimen.

“Entiendo que existen dudas suficientes que provocan un estado de incertidumbre e imprecisión exhibido por el marco probatorio analizado que imposibilitan la certeza necesaria, a mi juicio, que debe caracterizar un pronunciamiento condenatorio. Votaré por la falta de imputación de autoría del homicidio de Lucrecia a Miguel Armando Salinas por la aplicación del beneficio de la duda en su favor”, dijo Troncoso.

Palabras más, palabras menos, Barroso señaló: “Comparto los fundamentos, propiciando la absolución del imputado a tener en cuenta el principio de inocencia que debo respetar recurriendo consecuentemente al beneficio de la duda en su favor”.

Nuevo juicio y fuga

El fiscal Terán y su equipo de trabajo apelaron la absolución ante la Sala Penal del TSJ, integrada por Antonio Labate y Graciela Corvalán, que por Resolución Interlocutoria 159 del 26 de octubre de 2011 declararon la admisibilidad. Posteriormente, se revocó el fallo y se ordenó un nuevo juicio, entendiendo que hubo una notoria arbitrariedad de parte de los jueces que representaron el voto mayoritario.

Cuando fueron a notificar a Salinas de que tenía que estar a disposición de la Justicia para enfrentar un nuevo juicio por el homicidio de su ex, el hombre nunca apareció. De inmediato se dictó la rebeldía y en la actualidad permanece prófugo.

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