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Un D10S pagano e inmortal que bautizó con su leyenda a las gemelas Mara y Dona

Ídolo irrepetible, venerado y criticado, el Diego construyó una leyenda que marcó a varias generaciones y motivó locuras inigualables.

Diego es todos los Diegos que conocemos. El genio, el contradictorio, el hijo que bromeó con su fantasía de ser el novio de su madre, el hombre que fue amante de cuanta mujer pudo, el padre múltiple, el irresponsable, el ingenuo, el drogón, el tramposo, el bonachón, el barrilete cósmico, el terrenal que mordió el polvo mil veces, el adorado, el repudiado, el del poder a sus pies y él a los pies del pueblo. Maradona es todo eso y más, y sólo una cosa no es: indiferente para resto el mundo. Los 60 años que hoy cumple no pasan inadvertidos para nadie. Le llegan saludos de todas partes, llenándolo de un afecto que se nutre del reconocimiento pero, por sobre todas las cosas, del agradecimiento. Eso genera esencialmente Maradona: la sensación de que todos, en algún momento, fueron tocados por una pincelada de su vida.

“Es un Dios sucio, el más humano de los Dioses y eso explica la veneración universal”, reflexionaba hace unos años el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano. Maradona se convirtió en un ser tan especial que su propio origen lo tironea para recordarle quién es y lo autoboicotea para ser, en definitiva, como somos todos: pecadores. No busca ser un ideal aunque todos lo idealicen, y va de banquina a banquina con la misma destreza con la que metía un pie a pie y dejaba a un rival en el camino. Pudo lucir orgulloso su tatuaje del Che y honrar a Fidel Castro al mismo tiempo en que afirmaba que votaría a Carlos Menem. Sin hacer juicios de valor ideológico, es demasiado claro que nada tienen que ver. Pero en el Mundo Diego caben porque si fuese de otro modo, simplemente, no sería Diego.

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La ruta maradoniana, la que él mismo transita, no es una autopista lisa y bien cuidada, sino un camino de tierra, con enormes baches y piedras que sobresalen. Y vale la metáfora porque el barro, en definitiva, siempre le sentó mejor que el oro, aunque luzca cadenas, pulseras, relojes de a pares, anillos y aros. A pesar de que nunca haya vuelto físicamente a Fiorito, su esencia jamás se fue de ahí ni dejó de nombrarlo. Hoy vive en un Barrio Privado cercano a La Plata y cuando era chico también vivía en un Barrio Privado… “privado de luz, de gas y de agua”, como tantas veces él mismo bromea. Ahí, en uno de esos potreros, fue inmortalizado por las cámaras de televisión, en los primeros años de la década del 70, relatando sus sueños: “Tengo dos: el primero, jugar un Mundial, y el segundo, salir campeón”. El editor lo cortó ahí: la frase tenía gancho y contundencia en su premonición, aunque seguía y en realidad explicaba que su sueño de salir campeón se resumía, por entonces, a la “octava (de Argentinos Juniors) y lo que sigue del campeonato de AFA”.

MARADONA, de niño "Mi sueño es jugar el Mundial"

Con el paso del tiempo, él en sí mismo se convirtió en un sueño que muchos pudieron cumplir, a su lado o del otro, como Pep Guardiola, quien contó que lo enfrentó en un Sevilla-Barcelona en 1993. Y que más allá del significado de tener de rival a un jugador que había roto muchos marcos formales del fútbol, a él le daba curiosidad saber qué opinaban sus compañeros. “Todos decían que era una persona extraordinaria”, concluyó, parecido a lo que contó Diego Latorre, que jugó con él en Boca: “Tenía un compromiso absoluto con los compañeros, con el equipo. Se ponía siempre en el rol de protector”. Todas “las causas” a luchar eran suyas; y cuanto más complejas, más se embarraba. Y se peleó con todo aquel que, con su poder, quiso marcarle el territorio. Al pibe que nació en la pobreza más pobre y que tuvo en su pie zurdo al lazarillo que lo guió, nadie le había indicado el camino, ¿por qué aceptaría fácilmente que otros lo hicieran, una vez que él solito había recorrido la parte más difícil?

Por eso genera, también, tanta bronca como agradecimiento y admiración. Y siempre fue tan capaz de sentirse padre de las victorias como de las derrotas. “Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, fue su forma de poner a salvo al resto y quedarse solo en la hoguera. Aunque también, en aquella tarde de la Bombonera, cuando patentó esa frase histórica, balbuceó, llorando, una súplica: “Ojalá que este amor no se termine nunca”. Era el Dios pecador y terrenal pidiéndole a sus devotos que no dejen de quererlo. La soledad del endiosado debe dar mucho miedo…

MARADONA:"La Pelota No Se Mancha"

Tal vez por eso, cada tanto, polemiza, se transforma en noticia, como para comprobar si del otro lado todavía hay alguien. Está claro que de la polémica rara vez le vuelven buenas vibras y que, aunque ya no tenga la pelota al pie para deslumbrar y silenciar, cuando se ríe con ganas, su sonrisa es compradora y su mejor recurso. Y el pueblo maradoniano, en el más amplio sentido de la palabra y sin distinción de clases sociales, sonríe con él, feliz de reencontrarse con el Diego de la gente.

Y algunos viven esa pasión involucrándose de la forma más fuerte posible, llevando el amor platónico a encontrarse con el amor carnal, ya sea por admiración o por agradecimiento. Los registros civiles napolitanos inscribieron cientos de “Diego Armando” en la dorada década del 80. Incluso también en los 90. Algo parecido ocurrió en la Argentina. Sin embargo, que cosas como estas puedan ocurrir en el siglo XXI ponen de manifiesto que se puede amar de mil maneras y que, como pidió el propio Diego, que ese amor no se termine nunca. En Buenos Aires, en el porteño barrio de Villa Luro, dos nenas gemelas de 9 años viven la vida normalmente, como cualquiera de su edad, más allá de las limitaciones propias de los tiempos que corren por efecto de la pandemia. Quizá su día a día se vea un poco afectado en fechas como hoy, porque ambas llevan su marca en el orillo: una se llama Mara y la otra, Dona.

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Walter y sus gemelas, Mara y Dona, con las camisetas autografiadas por Diego.

Walter y sus gemelas, Mara y Dona, con las camisetas autografiadas por Diego.

Sus nombres forman un apellido y su padre cuenta que desde su adolescencia tuvo la certeza de que alguna vez tendría hijas y les pondría esos nombres: sería el modo de agradecer a su ídolo, de retribuir la alegría que le había dado a la sociedad aunque él, ese apogeo, lo haya tocado de oído. “Nací en 1982, así que del Mundial 86 no me acuerdo nada, toda esa etapa la viví por lo que me contó mi viejo, por haber leído y visto videos”, dice Walter Rotundo, padre de Mara y Dona. Para admirar a Maradona está claro que no hace falta haber sido contemporáneo a él, sin embargo Walter tuvo su primera conexión fuerte con Diego más en la derrota que en triunfo: “Después de ver la final de Italia 90, me puse a llorar y mi papá me explicó que era un subcampeonato, que no estaba mal y que íbamos a ir a festejar a la calle. Cuando levanté la vista y vi la tele, apareció Diego llorando como yo. Me costó entenderlo: los grandes no lloran”. Hoy sabe que no es así, su propia emoción mientras lo cuenta lo reafirma.

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No fue el mito del 86, sino las lágrimas del 90 las que hicieron que Walter selle su amor por el Diez.

No fue el mito del 86, sino las lágrimas del 90 las que hicieron que Walter selle su amor por el Diez.

Las nenas nacieron el 26 de julio de 2011, cuando Diego dirigía en Arabia. Walter logró mandarle una carta de puño y letra a Diego en la que le contó su emoción y el por qué de su homenaje. Diego le devolvió dos camisetas autografiadas para las chicas y una foto en la que se lo ve, sonriente, mostrando la carta y la foto que el papá de las gemelas le había enviado. El hombre de sus sueños, el que inspiró el nombre de sus hijas, el que recibió a lo largo de su vida y en todas partes del mundo reverencias, abrazos cariñosos e interesados, el que despertó en los poderosos la necesidad de la conveniencia de compartir algo con él, el que supo ser uno de las dos o tres personas más conocidas del planeta, le retribuía una caricia al alma a un simple admirador cuyo único objetivo era que Maradona supiera “que había un loco tan enamorado de él que le hizo este homenaje”.

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Diego sonríe y muestra la carta y la foto que le mandó a Arabia el papá de las gemelas.

Diego sonríe y muestra la carta y la foto que le mandó a Arabia el papá de las gemelas.

Homenajes como los que el fútbol le entregó en prácticamente todos los estadios por los que pasó en el último año como entrenador de Gimnasia. Hasta pareció que los clubes peleaban entre ellos para ver quién le daba los honores más sentidos. Maradona despertó y sigue despertando eso: sentimientos profundos. A veces malos, generalmente buenos. Emotivos e inolvidables. Deportivamente porque fue el mejor del deporte más popular, eso es un enorme reconocimiento, aunque quizá otros lo minimicen argumentando que solo fue un jugador de fútbol como para concederle tanta importancia. Pero Maradona es más que un jugador de fútbol, es un movimiento social que incluye a todos los Diegos que habitan en su interior. Y por sus seguidores. Los fieles y los infieles. Al fin y al cabo, si Maradona es un Dios que representa a una fe, podemos convenir que como en cualquier religión hay de todo y para todos. Hay lugar para justos y pecadores. Tratándose de Diego, especialmente para pecadores.

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