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40 años del pase de Maradona de Argentinos Juniors a Boca

Dos días después, "Pelusa" haría su debut oficial en el Torneo Metropolitano, ante Talleres.

"Lo quería Barcelona, lo quería River 'Plei', Maradona es de Boca, porque gallina no es".

El cancionero popular del fútbol muchas veces es ninguneado, a veces con justificada razón porque promueve valores desagradables, sin embargo no puede dejar de reconocérsele que en ciertos casos tiene una altísima precisión histórica. El cántico que abre esta nota y que la gente de Boca creó en febrero de 1981 no hace más que resumir en 15 palabras lo que rodeó al arribo de Diego al club del que era hincha su papá, su mamá y también él, aunque en aquellos tiempos no tan fanático como se hizo años después.

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Hace 40 años se resolvía una transferencia compleja y se producía uno de los hitos más importantes de la historia del fútbol argentino: Diego Armando Maradona firmaba contrato y se ponía por primera vez, de manera formal, la camiseta de Boca. En realidad fue formal e informal al mismo tiempo, porque esa noche calurosa del viernes 20 de febrero de 1981 entró a la Bombonera con la remera blanca de Argentinos Juniors y jugó todo el primer tiempo para el que ya era su ex club; y en el complemento volvió a salir al campo de la Bombonera pero con la de Boca, con la 10 en la espalda, ante un estadio repleto que lo ovacionó, lo hizo suyo y le dedicó ese cantito, no menos famoso que el “vale 10 palos verdes, se llama Maradona…”.

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Desde el 22 de febrero en adelante, todo está registrado en colores. Los dos goles a Talleres en el debut en el Metropolitano, un arranque muy sólido de un Boca que había tenido un muy mal 1980 pero que encaraba el nuevo año reforzado y decidido a ser campeón, como lo terminó siendo, con Diego como gran figura y con Miguel Ángel Brindisi en un rol quizá de partenaire para la historia, aunque protagónico y decisivo dentro de la cancha, mostrando un rendimiento a la altura de quien fuera uno de los mejores jugadores que dio el fútbol argentino.

Pero la historia había empezado antes, especialmente desde el momento en que el propio Maradona dijo que le gustaría jugar en Boca. Los tiempos de gloria de los 70, con Alberto J. Armando como presidente ya se habían terminado, y Martín Benito Noel, que en 1980 había derrotado a Armando en las elecciones, tomó un club estable pero flojo futbolísticamente. Y la chance de traer a Maradona era un revulsivo inigualable. Además, eran los tiempos finales de Martínez de Hoz como Ministro de Economía, y el peso argentino estaba tan sobrevaluado que conseguir dólares parecía barato. Este combo hacía presumiblemente sencillo llevar a Maradona… Menos de un año después, todo habría cambiado, y Boca -además de una estrella en su escudo- sumó deudas millonarias y el club comenzó una caída económica que con el tiempo empeoró y tardó varios años en levantar.

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Pero hace 40 años, decíamos, Maradona jugaba un rato con la de Argentinos y se despedía así del club que lo había formado, y otro rato con la de Boca, metiendo un gol, de penal, en lo que era su bienvenida. “Venía arrastrando un tirón, no llegaba a ser un desgarro. Pero le molestaba”, recuerda el periodista Guillermo Blanco. Prácticamente no había tenido descanso, porque terminó la temporada anterior con Argentinos y César Luis Menotti, entrenador de la Selección Argentina, lo llevó a jugar el Mundialito de Uruguay, que se jugó entre fines de diciembre de 1980 y enero de 1981. Por eso después de las primeras fechas del Metro 81, Diego tuvo que parar: para que no se le agravara la lesión. Y ahí apareció la figura de Brindisi.

A mediados de enero, a la vuelta del Mundialito (un minitorneo que organizó -y ganó- Uruguay para celebrar los 50 años de la primera Copa del Mundo, y del que participaron solo las selecciones que alguna vez habían sido campeonas), Maradona tuvo unos días de vacaciones y luego se sumó a la pretemporada con Argentinos, que incluyó varios amistosos. Pero su partida era inminente y ya sonaba muy fuerte que lo querían Boca y River, además del Barcelona. Diego movió una pieza clave cuando manifestó públicamente su deseo de ir a Boca. Pero eso no significaba que la resolución se convirtiese en sencilla, porque si bien el tema estaba planteado, las negociaciones eran complejas. Y el interés de River trascendía al fútbol: estaba apoyado por una fuerte presión del gobierno militar. De hecho, en ocasión de una reunión de acercamiento entre dirigentes de Boca y de Argentinos, el cónclave debió suspenderse repentinamente y los dirigentes salir corriendo del lugar porque habían llegado fuerzas de seguridad a realizar un “allanamiento no oficial”. Eran todavía tiempos muy duros en aquella Argentina...

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En la negociación entre Boca, Argentinos y Diego estaba metido también el empresario José “Cacho” Steinber, ex representante de Carlos Monzón, quien en aquellos años, además, tenía un emprendimiento vinculado a la organización de amistosos y eventos de fútbol. En un momento, Cacho entendió que Jorge Cyterszpiler, el mánager de Maradona, podía convertirse en un obstáculo para cerrar el trato, porque estaba muy firme en defender los intereses de Maradona. Entonces, decidió puentearlo y hablar directamente con Diego, con el fin de seducirlo personalmente, arreglar con él y dejar afuera a su representante. Pero Steinberg no tuvo en cuenta la fidelidad que Maradona tenía hacía su amigo Cyterszpiler. “Diego lo sacó cagando -rememora Guillermo Blanco-. Y lo llamó a Jorge y le advirtió que estaban queriendo pasarlo por arriba”.

A Boca le resultarían inalcanzables los “10 palos verdes” que valía Maradona como para poder comprarlo, tal era su intención en un primer momento. Pero la chance de quedarse con la gran joya del fútbol argentino era concreta, tanto como la posibilidad de perdérsela si no jugaba rápido y mejor. Tenía a favor el guiño de Diego, que no era poco; tenía en contra la falta de presupuesto: ahí River le sacaba una pequeña ventaja y Barcelona mucho más aún ambos equipos argentinos. Pero en febrero de 1980 la disputa por el joven de 20 años, que ya tenía más de cuatro años en Primera y había sido el goleador de los últimos cinco torneos argentinos, que había llevado a dos subcampeonatos al modesto Argentinos Juniors, que había levantado la copa del mundo juvenil en 1979 y que ya era un indiscutido en la Selección Mayor, se reducía a los dos grandes de la Argentina.

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Y la pulseada final la ganó Boca improvisando una negociación que resultó pésima desde lo económico aunque coyunturalmente eficaz, porque logró vestir a Diego de azul y oro. El pase se hizo a préstamo por un año y medio (hasta el Mundial de España 82) a cambio de 2,5 millones de dólares para Argentinos y el 100% de los pases de Randazzo, Santos, Salinas y Rotondi (también fueron, a préstamo, Mario Zanabria y Bordón, y Boca se comprometía a cubrir deudas del club de La Paternal por 1.500.000 dólares). Pero los ingresos por recaudaciones, publicidades y amistosos fueron insuficientes para cumplir con los pagos cuando el dólar se disparó y el peso se devaluó de modo catastrófico. La economía de Boca se quebró (a River le pasó algo parecido porque quiso equilibrar el “efecto Maradona” repatriando a Kempes del Valencia) mientras el equipo ganaba y Diego alcanzaba la estatura de ídolo.

El jueves 19 de febrero se resolvió la transferencia y el viernes 20 fue el anuncio, la firma del contrato y la presentación: al mediodía en conferencia de prensa, con la venta de los derechos de televisación exclusivos para Canal 13, y por la noche en el amistoso contra Argentinos Juniors. “Ese viernes pasaron algunas cosas que son realmente simbólicas”, cuenta Guillermo Blanco, quien fue a buscar a Diego a su casa de la calle Cantilo 4452 en Villa Devoto (la dirección anterior a la célebre “Segurola y Habana 4310, séptimo piso”, que años después Maradona inmortalizaría por TV en su desafío arrabalero a Julio César Toresani). Cuando Blanco llegó, Jorge Cyterszpiler ya estaba ahí, esperando a que Maradona se despertara. “La simbiosis era total: Diego y Jorge eran uno. Se levantó, desayunó algo y me acuerdo que se puso una camiseta de Boca al hombro y nos fuimos para la conferencia de prensa. Pero antes, nos desviamos a la cancha de Argentinos: ahí Galíndez tenía preparado los botines de Diego, los que usaba siempre”, relata el periodista, quien por entonces era el jefe de prensa de Maradona.

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Después de la presentación ante el periodismo, hubo un almuerzo y luego el primer paso por la Candela, el predio en la localidad bonaerense de San Justo donde Boca se entrenaba. Charló con Silvio Marzolini, quien era el director técnico, y también con Brindisi. Fue Cyterszpiler quien hizo las primeras aproximaciones porque Diego, aunque cueste creerlo, mostraba timidez en aquellos primeros pasos, tenía “un poco de miedo escénico”, describe Blanco. En aquel primer diálogo con Marzolini, histórico marcador de punta, ídolo y referente de Boca, éste trató de marcarle el territorio a Maradona, de imponerle ciertas reglas, aunque pronto entendió que tomar a Diego como uno más sería un error grave: el mundo Maradona, aun siendo un pibe, ya giraba con sus propias reglas y a su propio ritmo.

Al atardecer, y con solo un picadito informal con sus nuevos compañeros, Maradona fue por primera vez a la Bombonera a jugar para Boca. Era su sueño, el de su papá también. Ponerse la camiseta de Rojitas, del peruano Meléndez, escuchar el “Maradooo, Maradooo…” que lo emocionó tanto como darle la camiseta de Argentinos, la que hace 40 años usó en ese primer tiempo antes de ponerse para siempre la de Boca, nada menos a que Francis Cornejo, su descubridor, su técnico en Los Cebollitas. “Otro simbolismo de aquel día”, aporta Guillermo Blanco. El sábado fue de descanso y apenas unos pocos trabajos con pelota. Aunque para Diego, se sabe, la pelota nunca fue un trabajo. Por eso, casi sin conocerse con sus compañeros, tuvo un muy buen debut el domingo 22 de febrero contra Talleres, convirtiendo dos goles, dando inicio a una campaña inolvidable y a una historia de amor que no morirá jamás.

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