Es el rival de Cipo en el estreno del Federal A y tiene una camiseta que usó una selección campeona del mundo.
Cuando este viernes desde las 16 el Albinegro se enfrente contra el Verdiblanco, nadie podrá dudar de que Cipolletti estará jugando contra Kimberley de Mar del Plata. Dos clubes con historia en el fútbol regional, dos clubes que tuvieron varias participaciones en los viejos torneos nacionales de Primera División.
De hecho, en uno de aquellos campeonatos en los que los equipos Capital Federal, Gran Buenos Aires y Rosario se cruzaban con los del resto del interior, Cipolletti dio el gran batacazo cuando el 4 de enero de 1978 le ganó nada menos que al Boca de Lorenzo, campeón de la Libertadores 1977 y que unos meses después se consagraría campeón Intercontinental.
Aquel Cipo derrotó al Boca del Loco Gatti, Mouzo, Suñé, Mario Zanabria, Mastrángelo y Perotti, entre otros, por 4-2. Pocos logros fueron tan sensacionales en aquel 1978 que, además, consagraría a la Selección Argentina como campeona del mundo. Sin embargo, Kimberley también tuvo el suyo. Algo más fortuito quizá, pero tan histórico que desde 2016 integra el museo de la FIFA.
Sí, porque una camiseta de Kimberley se luce en la sede de Zurich como souvenir de un partido que también hizo historia, no tanto por su trascendencia futbolera sino por sus irregularidades. Fue el 10 de junio de 1978 cuando Francia le ganó a Hungría en Mar del Plata por 3-1, en el anteúltimo partido del grupo 1 que completaban Argentina e Italia.
Tanto la selección de Francia, que tenía su tradicional camiseta azul, como la de Hungría, con su camiseta roja, estaban concentrados en Buenos Aires. Y viajaron 400 kilómetros en micro rumbo a Mar del Plata haciendo caso a la recomendación del árbitro designado por la FIFA para aquel partido, el brasileño Arnaldo Coelho: llevar un juego de camisetas suplentes, porque debido a que la televisación a muchas partes del mundo, incluyendo Argentina, eran en blanco y negro, el azul y el rojo podrían confundirse.
Los que también se confundieron fueron los utileros de ambos seleccionados, ya que sin consultarse entre ellos decidieron llevar solo el conjunto de camisetas suplentes. Y cuando ya estaban en el estadio mundialista de Mar del Plata, comprobaron que los dos juegos eran de color blanco.
La desesperación y la rápida decisión de un dirigente
La desesperación se apoderó de los organizadores y también del árbitro, porque era imposible jugar un partido de blancos contra blancos. Y en medio de esta controversia, un dirigente de Kimberley, que estaba afectado al partido y se encontraba en la antesala del vestuario, tuvo una idea que quedó en la historia: fue hasta la sede del club, en la avenida Independencia 3030, a unas 30 cuadras del estadio y puso a disposición un juego de camisetas de Kimberley de color blanca con bastones verticales verdes.
Lo curioso, además de que para entrar a la utilería aquel sábado tuvo que romper el candado porque no había nadie en la sede ni tiempo de llamar al utilero, solo encontró 14 camisetas cuando los planteles tenían 19 jugadores de campo y tres arqueros. Como no había para todos, con la firma del árbitro se aceptaron varias irregularidades en beneficio dl partido, que tuvo más 20.000 personas en el estadio.
Para no tener que suspenderlo, Francia jugó con una camiseta (la de Kimberley) que no estaba informada ante la FIFA como titular ni alternativa; y, además, los números no podrían respetar la lista de buena fe.
Y hubo una más: como no alcanzaban las remeras y el reglamento permitía solo dos cambios por partido, 10 fueron destinadas para los titulares y de las que sobraron solo serían usadas en caso de haber cambios. Y los hubo: uno de los que entró fue nada menos que un joven Michel Platini.
Para saber quién era quién, el referí se guió por los números de los pantalones cortos, que eran los de Francia y sí estaban en regla. El partido lo ganó Kimberley (o sea Francia) por 3-1 y nunca se supo qué fue de la vida de aquellas camisetas que impensadamente formaron parte de un Mundial. Hasta que una de ellas apareció décadas después: la número 5 que usó Francois Bracci y es la que hoy se puede ver en el museo de la FIFA.
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