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El día que Boca tocó fondo y la camiseta sí se le manchó

El 8 de julio de 1984, el Xeneize plasmó en cancha lo que institucionalmente era su peor crisis. Jugadores amateurs, una derrota vergonzosa y casacas sin números.

El chiste fácil resultó inevitable: el 8 de julio de 1984 fue el día en que Boca jugó con más cantidad de defensores en su historia, porque del 1 al 11 fueron todos marcadores…

Sin embargo, para Boca lo que pasó ese día no fue ningún chiste. Ni siquiera hoy, con el paso del tiempo jugando muy a favor, puede haber algún hincha que esté por encima de los 40 años y lo recuerde como una anécdota graciosa. Aquel día, Boca tocó fondo. Salió a jugar un partido por la 15ª fecha del torneo Metropolitano contra Atlanta en una Bombonera semivacía, con los sectores medios y altos clausurados por falta de mantenimiento, con un equipo enteramente amateur porque los profesionales (titulares y suplentes) hicieron huelga por falta de pago y, como si fuera poco, con la humillación de haberse presentado con una camiseta que quedó en la historia porque era blanca con tres tiras en sus hombros (azul-amarilla-azul) y no tenía números. Bah, al final, al momento del partido, sí los tuvo, el reglamento lo exigía, y entonces los utileros improvisaron con un fibrón de color negro y escribieron la numeración completa en los dorsales. Un papelón mayúsculo que se profundizó cuando la combinación de la transpiración de los futbolistas con la llovizna que cayó en aquella tarde gris sobre La Boca, comenzó a desteñir y a remover la tinta, quedando en varias espaldas manchones negros, ilegibles, sobre la tela blanca.

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Boca perdió dentro de la cancha y perdió afuera. Los pibes poca fuerza pudieron hacerles a los profesionales de Atlanta, un equipo que había ascendido medio año antes y que medio año después volvió a descender. En ese sentido, Boca tuvo mejor suerte, no sólo porque gracias a los promedios pudo conservar la categoría a pesar de la pésima campaña futbolística –salió 16º de 19 equipos, con diez triunfos, diez empates y 16 derrotas; 34 goles a favor y 49 en contra-, sino porque pudo mantener el club abierto, ya que la sensación del remate judicial sobrevoló en varias ocasiones los aires de la Bombonera debido a un juicio -entre varios- por una deuda que Wanderers de Uruguay le reclamaba por el pase de Ariel Krasouski, volante central que había llegado unos años antes y había sido titular en el equipo campeón de 1981.

Pero de lo que no se salvó Boca en aquel 1984 fue de la vergüenza de tener que vivir ciertas situaciones más que incómodas -además de la historia de los números pintados con marcador negro- como lo fue deambular por varios otros estadios haciendo de local, porque su cancha estaba inhabilitada. Este partido contra Atlanta al menos se jugó en la Bombonera, algo es algo comparado con la fecha anterior en la que le tocó ser local: fue el superclásico y recibió a River en la cancha de… River.

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Poniendo en contexto, para julio de 1984 el club era un caos, le debía plata a todo el mundo, especialmente a su materia prima más importante: el plantel profesional. Los conflictos con los dirigentes eran constantes y los jugadores -en su mayoría representados por Guillermo Coppola antes de que se dedicara solo a Maradona- le reclamaban enérgica y constantemente al presidente, Domingo Corigliano. Según el dirigente, Boca no tenía plata, sólo tenía deudas. Las grandes sumas de dinero en dólares invertidas en 1981, cuando llegaron Diego y otros refuerzos, habían quedado imposibles de recuperar ante la furiosa devaluación de la economía argentina. De hecho, se programaron amistosos insólitos en el interior del país, contra rivales insignificantes y sin ningún tipo de envergadura, con el único fin de recaudar.

Para los jugadores, en tanto, la ecuación era más básica y concreta, no había dinero porque lo que entraba a la tesorería, los dirigentes se lo robaban. Entonces, la medida de fuerza dejó de ser una amenaza y en la tarde anterior al partido ante Atlanta, la huelga fue un hecho: Boca no presentaría a su plantel profesional.

Los miembros de la subcomisión de fútbol debieron recurrir al entrenador principal de las Inferiores, el recordado Ernesto Grillo, para que armara un equipo lo más competitivo posible con jugadores de la Quinta y de la Cuarta División que, si bien muchos ya se entrenaban ya con la Primera, no dejaban de ser chicos amateurs. Así llegó el día del partido en la Bombonera, adonde Atlanta no llevó su camiseta tradicional, azul y amarilla a bastones verticales, sino que tuvo una alternativa, toda azul con vivos amarillos. Era muy parecida a la remera titular de Boca, por lo que el árbitro del partido, Juan Bava, le dijo al equipo local que debía cambiar su camiseta por la suplente. Aquellos tiempos lejos estaban de ser como ahora, que los clubes tienen tres variantes de camisetas y que, incluso, suelen usar seguido la tercera, porque es la que el fabricante que viste al club renueva su diseño todos los años y para venderla, hay que mostrarla. El marketing a la cabeza. Hace 37 años, no era tan así.

Boca Atlanta 1984

La segunda camiseta de Boca era amarilla, por lo que la situación quedaba zanjada perfectamente. Sin embargo, ese juego de remeras no estaba en la utilería de la Bombonera sino en la de La Candela, lugar de entrenamiento y concentración del plantel profesional y de vivienda de muchos chicos de las Inferiores, dado que ahí funcionaba también la pensión. El asunto fue que, cuando se evidenció el problema, ya no había tiempo de ir a buscarlas hasta el predio ubicado en la localidad bonaerense de San Justo, a unos 40 minutos de distancia. Entonces hubo que improvisar y los utileros tomaron el juego de remeras blancas, que eran de entrenamiento, y comenzaron a hacer su arte con el fibrón negro, no sin algunos desajustes manuales, por lo que hubo números que quedaron más grandes que otros. Pero a medida que fueron pasando los minutos de juego, el bochorno de los números que comenzaron a despintarse era imposible de superar.

Aquella tarde de domingo, los 11 pibes que salieron a jugar con la camiseta blanca fueron Walter Medina; Javier Franco, Rubén Manfredi, Marco Dos Santos y Jorge Latorre; Néstor Tessone, Roberto Fornés, Fabián Peruchena y Denny Ramírez (con 15 años, es el jugador más joven en debutar en la Primera de Boca); Gustavo “el Tuta” Torres y Gabriel Valdés. “Nos adelantaron después de la práctica del viernes que a lo mejor jugábamos nosotros porque los profesionales no se presentaban por falta de pago”, recordó Roberto Fornés hace un tiempo en TyC Sports. El Flaco, que si bien no tenía contrato y por eso era amateur, ya integraba el plantel profesional, por lo que al aceptar jugar temió quedar como un “carnero” por traicionar la huelga, pero fueron los propios referentes del plantel profesional quienes le insistieron para que jugara. “Era una época brava en Boca. Yo vivía en la pensión en La Candela y a veces no teníamos ni para comer. La carne solamente la olíamos. A veces, el pan de la merienda lo guardábamos para la cena y lo calentábamos en la estufa. Así cenábamos mate con tostadas. Era invierno y nos bañábamos con agua fría”, contó Fornés, quien jugó con los botines de Ricardo Gareca: como no tenía, el Tigre siempre le prestaba alguno suyo.

Boca Atlanta 1984

El papelón por los números desteñidos era mucho más grande que la incomodidad visual de que las camisetas de ambos equipos se parecieran, por lo que Juan Bava conversó con la gente de Atlanta y en el segundo tiempo Boca salió con su camiseta histórica -la azul con la franja amarilla en el pecho- que sí estaba lista en la utilería de la Bombonera. La confusión era grande, todo era de colores similares y el mismo tono. Se veía parecido aunque, al menos, no se veía patético.

Las cosas siguieron mal en el club, unos meses después se produjo la peor derrota en la historia (9-1 ante el Barcelona, por la copa Joan Gamper), llegó una intervención judicial que sacó a Corigliano de la presidencia hasta que en 1985 los socios eligieron a don Antonio Alegre. Y ahí empezó a cambiar la historia. De a poco, pero todo fue yendo para mejor porque, en definitiva, nada podía ser peor: Boca ya había tocado fondo.

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