"El juez se equivoca, esto no se supera en toda la vida"
Por Guillermo Elía - [email protected]
“El juez salió a decir que yo tenía 20 años ahora, como si eso significara que porque soy más grande y pasó el tiempo ya lo superé, pero se equivoca, esto no se supera en toda la vida”, contó a LMN la joven que fue abusada entre los 7 y 11 años por su abuelo en Junín de los Andes. El hombre, de 69 años, accedió al beneficio de la prisión domiciliaria por la pandemia de coronavirus.
“Le dan domiciliaria por la edad, pero se cagó en la edad que yo tenía cuando me destruyó la vida”, sentenció la joven en una corta y profunda carta que difundió en su red social.
Una joven decidida
Hasta hoy, Ruth, la mamá, había sido su puntal y vocera. Ruth salía una y otra vez por los medios para reclamar justicia y para que toda la sociedad se enterara del caso. Ahora, ambas, madre e hija, entienden que es el momento de que la joven hable en primera persona.
“Estamos muy agradecidas porque desde que LMN publicó el caso, todos los medios nacionales nos han estado llamando”, dice Ruth, quien nos adelanta que su hija –a quien llamaremos María para proteger su identidad– quiere hablar con nosotros.
El tartamudeo inicial de la charla telefónica nos entrega esa primera impresión de una joven que se dispone a romper un silencio de años. La decisión es importante, más en una cultura como la judicial, donde a las víctimas les expropian el delito para arrogarse el acto de justicia como algo propio.
Para la Justicia, las víctimas son meros instrumentos y sus voces un eco lejano, por eso hoy el micrófono lo tiene María, porque está decida a que la escuchen y también a mandar “a la remierda al juez (Richard Trincheri)”.
El grito liberador
María tiene un tono de voz sostenido, hace pausas durante la charla donde se ve obligada a repasar su historia. Elige qué palabras usar y evita otras, una secuela propia de las víctimas que buscan, al menos desde el lenguaje, ponerse a resguardo.
Ella elige por dónde empezar y así arranca: “En ese momento (entre los 7 y 11 años) yo no me daba cuenta de lo que estaba pasando. Desde los 11 años que dejó de pasar, recién a los 15 comencé a sentirme mal de ánimo. Era buena en la escuela, pero ya no quería ir ni quería saber nada con nada”.
El develamiento llegó cuando su vida estuvo al borde del abismo. “Tuvimos una charla con mi mamá donde las dos estábamos llorando. Ella me dijo que ya no sabía qué hacer para ayudarme y no sabía qué más hacer para saber qué me pasaba. Fue ahí que yo, gritando, le dije que mi abuelo había abusado de mí”, recuerda María, y explica que lo único que le preguntó su madre fue qué abuelo había sido.
Con mucho cuidado, Ruth, que por haber sido policía conoce del tema, le consultó si estaba dispuesta a afrontar todo el proceso que implica denunciar estos casos. Es decir, pericias forenses sumamente invasivas y necesarias, entrevistas con psicólogos y funcionarios judiciales, además de los tiempos de la Justicia.
Mientras la causa judicial avanzaba, María comenzó a ir a una psicóloga en San Martín de los Andes que le ayudó a poner en palabras y escribir todo lo que le ocurría. “Con el tiempo dejé de ir porque sentía que todo el tiempo se hablaba de lo mismo y no podía avanzar”, revela.
Pueblo chico, infierno grande
Al vivir en un pueblo de tan solo 16 mil habitantes y zonas de paso obligado, “hay lugares por los que me cuesta transitar, pero son inevitables, son aquellos donde me llevaba para hacerme esas cosas”, detalla María, que ha tenido que reunir fuerzas para poder sobrellevar la pesadilla.
Tras ser condenado en junio de 2016, pasó mucho tiempo hasta que su abusador comenzó a cumplir la pena.
“En ese tiempo, yo me lo cruzaba en la calle y era terrible porque andaba con miedo. Cuando me lo encontraba se quedaba mirándome sin decirme nada, me miraba fijo. Yo me ponía muy nerviosa y después me largaba a llorar porque temía que me hiciera algo”, recuerda.
Con semejante historia en un pueblo tan chico, la joven no pasa desapercibida y todos saben quién es. “Al principio me daba cosa que supieran que era yo. Porque me daba la sensación de que vas marcada y te cruzan en la calle y te miran. Por otro lado, hay un montón de gente que me apoya, me escribe y me acompaña. Además, el marcado tendría que ser él y no yo, que tenía solo 7 años cuando me comenzó a hacer esas cosas”, aclara con voz firme.
La domiciliaria
“Me enteré por mi mamá de que iban a realizarse audiencias. En las dos primeras se la rechazaron, pero en la tercera se la dieron. Cuando me enteré, me dio mucha bronca y me largué a llorar de la angustia, porque yo siento que no pagó por nada de lo que me hizo”, resume María.
Cuando le consultamos si a los jueces les faltó tener en cuenta algo a la hora de dictar la domiciliaria, ella fue categórica: “Sí, escuchar a la víctima. Además, lo escuché al juez (Richard Trincheri) decir que ya pasó el tiempo y como que yo eso ya lo superé, pero esto no se supera en toda la vida. Me da mucha bronca y ganas de mandarlo a la remierda”, confía la joven.
Ahora, solo le queda pasar este difícil momento y esperar que concluya la cuarentena por la pandemia para que su abuelo y abusador vuelva tras las rejas, aunque sabe que cuando cumpla 70 años puede pedir el beneficio de la prisión domiciliaria.
Pensando hacia adelante, María nos cuenta que quiere estudiar Profesorado en Educación Física en Bariloche, para no estar lejos de sus afectos y regresar a trabajar a Junín. “Es una nueva experiencia que quiero vivir, me cuesta porque tengo a mi mamá acá, pero sí me gustaría volver para trabajar en Junín”, concluye María, que siente cierto alivio al poder relatar su historia y su lucha.
-> “La Justicia sigue encubriendo a estos enfermos”
Con la noticia de la prisión domiciliaria de su abuelo en los medios, María dio su primer paso que fue escribir una carta que difundió en su red social y dio a conocer LMN.
“Fue una carta corta pero concreta. La psicóloga me decía que lo mejor que podía hacer era escribir lo que me pasaba para sacar de adentro toda la bronca que siento, y eso fue lo que hice”, detalla María.
Acá el texto completo:
“Después de tanto, me animé a escribir y hablar sobre esto. No paro de preguntarme una y mil veces por qué tuvo que pasarme a mí. Nunca voy a poder encontrar una respuesta, un porqué. Yo confiaba en que se supone que tenías que cuidarme, en que nada me pasara, y me terminaste haciendo daño y cagándome la vida. Haber tenido el coraje de denunciarlo, hablarlo y llevarlo a la justicia la verdad que no fue fácil. Todo el proceso fue eterno y muy doloroso, verte la cara de pobrecito y de ‘yo no hice nada’ cuando en verdad me cagaste la vida. Ver a toda esa gente (tu familia) que al principio decía estar conmigo, querer apoyarme y ayudarme, y que de un momento a otro los viera presenciando los juicios y apoyándote a vos, diciendo que todo estaba armado para beneficiarnos económicamente y otras tantas cosas que inventaron para no querer admitir o creer lo que había hecho este ser. La verdad que nunca lo voy a entender, pero gracias por su falta de comprensión y apoyo, la verdad que nunca los necesité y mucho menos en ese momento.
Cuando al fin quedó la sentencia firme (después de casi 3 años de todo el proceso) lo meten preso. Por un momento sentí paz, tranquilidad y que ya era hora de que empezara a pagar por lo que hizo. Pero ahora después de 3, casi 4 años preso, le dan la domiciliaria por ser un hombre de riesgo por su edad. Se cagó en la edad que yo tuve cuando me destruyó, se cagó en mí, en mi vida, pero ojo, él corre riesgo por su edad y tiene que irse a casita con su familia como si nada. Como dijo mi mamá, hay que quedarse en que hicimos todo lo que se pudo, porque a esta Justicia no hay con qué darle, no se cansan de seguir encubriendo, protegiendo y favoreciendo a estos enfermos.
Ahora solo queda seguir adelante y esperar que la termines pagando algún día, que en algún momento va a llegar. Agradezco mucho tener a mi familia, amigos y toda la gente que me rodea por apoyarme y acompañarme en todo momento, sin ustedes no hubiese podido”.
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