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Escándalo con Los Pumas en Australia: "Yo, argentino"

Seis integrantes del plantel rompieron la burbujas sanitaria y fueron sancionados.

Según Wikipedia "Yo, argentino" es un modismo propio de nuestro país en el que “el interlocutor que lo pronuncia declara no involucrarse en cuestiones de principios, al estar en juego otros intereses de tipo más tangible o inmediato”.

Podríamos tomar el último escándalo de la selección nacional de rugby, que rompió la burbuja sanitaria impuesta por el gobierno de la provincia de Queensland (Australia), lugar donde se encuentran para disputar el Rugby Championship. Seis jugadores e integrantes del cuerpo técnico decidieron salir a pasear a pesar de la advertencia de no hacerlo.

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Obviamente cayó una sanción que les impedirá jugar con su equipo. Peor aún es el descrédito imputado a una selección que está en un lugar de privilegio, en la elite del rugby internacional. Imperdonable, sobre todo tras reclamar aireadamente por una foto institucional de la competencia en la que Julián Montoya, el capitán Puma, no estuvo junto a sus pares de Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica. Fue ignorado “por problemas de logística”, según explicó la Sanzaar, organización que cobija al torneo. Argentina tiene un pie afuera.

Somos así. Si tomamos a Kant y su ética, en la que postula que hay que proceder de manera tal que nuestras conductas sean universalizables, quedamos en offside. Nuestra anomia es repulsiva para un mundo que se estructura en términos colectivos desde el respeto a las normas porque ellas implican un ordenamiento social.

Tenemos leyes y no las respetamos, el valor de las letra es nulo. Esa salida de la burbuja sanitaria australiana es lo mismo, salvando las dimensiones, que aquella festichola de Alberto y Fabiola en plena tormenta de muerte y contagio por Covid en nuestro país.

La culpa es de los otros, las reglas son ajenas

Entre los Pumas festejantes está nada menos que Pablo Matera, un jugador world class y capitán sin cinta. Su irresponsabilidad deja al equipo sin una de sus figuras internacionales en un cotejo determinante para el futuro de la selección en la competencia. Pero en esa “comitiva blue” que saló a pasear había dos autoridades de la delegación argentina. Su presencia de alguna manera respalda y apaña el tour infeliz de los impacientes, que no pudieron aguantar una semana más.

En Argentina pasa lo mismo, pero fronteras adentro no molestamos al mundo. El problema surge cuando la realidad nuestra choca con las de otras tierras. “Allá la ley se respeta, sino vas preso o te multan”, dicen todos los que viajan al exterior y vuelven a estas pampas.

Está prohibido o es anti ético cortar calles, robar impuestos, beneficiar a familiares desde el poder, traficar drogas, atropellar gente, estacionar en cualquier lado, llegar tarde, saltarse la cola para vacunarse, tener privilegios de casta y ser desigual ante la ley… La lista es extensa y se puede llenar con todos los colores de nuestra cotidianidad. Pero esas cosas a los argentinos no nos alcanzan porque nuestro contrato social se disgrega, se desvanece y desaparece cada día más.

En La isla de los pingüinos”, Anatole France relató con maestría como la violencia constituyó esas leyes discursivas que se transformaron en el principio del estado aristocrático. La violencia validó las normas. Esta involución nos acerca al garrote que empuñaba Greatauk para imponer su ley y amojonar al mundo en su beneficio.

Focalizar en la inconducta de un jugador de selección puede ser un punto de fuga para liberar presiones y verbas flamígeras. Apuntar a una persona persona por un evento (que no es aislado) es un chivo expiatorio. Sin embargo, esas culpas que creemos que se van al desierto mesopotámico, como dice la Biblia, no nos expían de la horrorosa imagen que proyectamos hacia otros y que nos negamos a ver que es un modus operandi casi genético. Somos así siempre, anómicos.

No somos capaces de consensuar reglas claras para todos y respetarlas. Esa degradación permanente que nos aísla es peor con el paso del tiempo. Encima, ante el espejo de los males que nos acechan, elegimos culpar al otro y ese otro es cada vez más interno. Una salida a tomar helado por parte de jugadores y autoridades en un país del primer mundo nos coloca frente a nosotros mismos. Y cada vez más las volteretas discursivas se tornan inviables. La culpa es toda nuestra.

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