La ciudad recibió el nuevo año teñida de gris y desolada

El primer día de 2016 mostró calles vacías y poca concurrencia a lo largo de la costa del Limay.

Sofía Sandoval
sandovals@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- El primer día del año parecía tener otro color. Los tradicionales asados y encuentros a la orilla del río se tiñeron del gris propio de una jornada lluviosa, que obligó a las familias a refugiarse en sus hogares.

A pesar de que el trajín de las calles neuquinas siempre merma los días feriados, este primero de enero parecía ser más feriado que nunca, con un clima que no acompañaba a los festejos tradicionales del verano. El agua humedecía los desiertos que hasta hace poco fueron puntos de encuentro, y unos pocos autos transitaban las calles desoladas de Neuquén.

No había a dónde ir. Los principales shoppings y locales comerciales del centro ostentaban sus persianas bajas y rejas con candado. En un día sin sol, la tierra mojada de la orilla del río no invitaba a los bañistas a meterse al agua o broncearse. Las plazas estaban vacías y no había cines ni opciones de entretenimiento.

A la hora prevista para el asado de año nuevo, las nubes coparon la atmósfera y tornaron el cielo gris. Minutos después, un temporal de lluvia azotó todas las ciudades del valle y, por unos veinte minutos, se registró la caída de granizo, que lavó también los ánimos de los productores frutícolas.

Al mal tiempo se le sumó la falta de ofertas, ya que los shoppings y comercios tuvieron sus persianas bajas.

No todo estaba perdido; quizás la cosecha sí. Pero hubo quienes se le animaron al clima inhóspito y se guarecieron como pudieron de las gotas y las piedras que amenazaban con cortarles la cara, soportaron con tesón la humedad pegajosa y esperaron, con ansias, el tan esperado alivio para el calor.

"Ahora está más fresquito, es mucho más agradable después de la lluvia", dijo Ariel mientras cebaba un mate amargo en un recipiente forrado de cuero. Para él, es mejor si no sale el sol. Le gusta el río casi vacío. Prefirió estar solo en la playa de canto rodado del Río Grande, con su suegra, su mujer y el pequeño Juan Ignacio, que en veinte días nacerá y podrá ver con sus ojos las aguas del Limay.

La piel morena de Alberto todavía estaba mojada. Fue uno de los pocos que se metió al río y el cielo nublado no lo iba a poder secar. "Nosotros venimos todos los años, pero esta vez esperamos a que parara de llover", aclaró. El parte meteorológico nunca lo disuade de su visita al balneario, al que considera un lugar seguro y tranquilo. Su mujer cortó un pan dulce, abrigada con un saquito liviano. "El año pasado hacía frío y vinimos igual, con camperas de invierno", recordó.

Priscilla ya tenía todo listo. La joven llegó al mediodía con las sobras de la abundante cena de Nochevieja, un puñado de amigos, la guitarra, un vestido de verano y el pelo enmarañado atado en una cola de caballo. Sentada sobre la hierba, le daba la espalda al río y llenaba el aire con una voz dulce y melodiosa, acompañada de los suaves arpegios de su instrumento.

"Hasta las dos estuvimos refugiados debajo de un sauce, pero nos mojamos bastante", sonrió y, cuando respiraba, se movía un hada de colores que lleva tatuada en el pecho. En el pasto descansaban las letras de sus canciones y una pareja amiga, que se estrechaba en un abrazo aglutinado. "Si no llueve, nos quedamos hasta la noche", apostó.

El sol comenzaba a despuntar a medida que se gastaba la tarde. Cada vez llegaban más personas a los balnearios neuquinos. En auto, trotando, en rollers o bicicleta. No importa. Sólo había que ir porque, aunque sea gris, el primer día del año se festeja.

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