La increíble historia de las inmortales camisetas ante Inglaterra en México 86  

El 22 de junio de 1986, Maradona se ganó el cielo futbolero con sus dos goles ante los ingleses. Lo hizo vistiendo una remera que se había comprado de apuro dos días antes en un local mexicano y con números bordados la noche anterior.

Por Luciano Carrera - carreral@lmneuquen.com.ar

Cuando Diego Maradona recibió la pelota del Negro Enrique, de espaldas al lejano arco inglés, del que lo separaban 60 metros y media docena de rivales, no sabía que los 10 segundos que seguirían a esa escena intranscendente transformarían en inmortales todos los recuerdos de aquel día. Los del 22 de junio de 1986. El día de la mano de D10S. El día del gol más hermoso de la historia.

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Cuando Diego Maradona besó la camiseta al final del partido, mirando a la cámara, a pedido de un fotógrafo de El Gráfico, no sabía lo que significaría para siempre aquella remera que dos días antes descansaba en el estante de un local de ropa mexicano, aguardando su destino de potrero, de partido de solteros contra casados, y que por un guiño de la suerte sería cotizada un par de décadas después en 350 mil dólares.

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Unas horas antes de aquella gesta, El Vasco Olarticoechea, el mismo que al otro día puso su nuca milagrosa para evitar sobre la línea el empate inglés cuando parecía que se nos venía la noche en los minutos finales, había filmado una escena risueña con una camarita casera, lejos del estadio Azteca, que muchos años después vio la luz y mostró un detalle increíble: la historia de las improvisadas camisetas que usó Argentina en esa batalla contra los ingleses por los cuartos de final. La historia de un puñado de remeras que se compraron en un local desconocido del DF y que terminarían en museos, con un valor emotivo imposible de pagar.

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Carlos Bilardo, el padre de la criatura, no dejaba detalle librado al zar. Y en su mayor desafío, la altura y el calor abrazador de México, con partidos en pleno mediodía, eran dos rivales más. Para enfrentarlos, el técnico había encargado antes del Mundial que las camisetas de la selección seas más livianas y ayuden a los jugadores a enfrentar esas condiciones adversas que dieron origen a las peleas de Maradona con la FIFA de Joao Avelange.

La empresa Le Coq Sportif, que vestía a la Selección desde 1979, creyó que era una locura más del obsesivo Narigón. Pero tenían que darle el gusto. Después de todo, si le iba bien, sus remeras quedarían en la historia.

Así, idearon unas camisetas novedosas, con una tecnología denominada Air-Tech, con muchos y pequeños agujeros en la tela liviana que contribuía a que no se acumule la transpiración de los jugadores. Esas camisetas albicelestes fueron usadas en el debut ante Corea, en el empate con Italia, y en las victorias ante Bulgaria, Bélgica y Alemania, en la final soñada.

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Pero la firma francesa cometió un error. O tal vez no tuvo tiempo, o ganas. Y preparó esas camisetas especiales sólo para los juegos de barras celestes y blancas. Las titulares. Cuando Argentina se cruzó en octavos ante Uruguay, tuvo que jugar con una camiseta alternativa, la azul, que pesaban más y no ayudaba con la transpiración.

Por suerte para Bilardo, y para los directivos de Le Coq, la Selección ganó aquel clásico rioplatense del 16 de junio. La camiseta pasó a segundo plano, porque además se jugó en el Estadio Cuauhtémoc, en Puebla, con menos altura que el DF, y en medio del partido se largó a llover. La prueba estaba superada.

Lo que no sabían entonces era que dos días más tarde, Inglaterra goleó 3 a 0 a Paraguay y los esperaría en cuartos de final, y que Argentina debutaría en el Azteca otra vez obligada a usar, ante un rival que vestía de blanco, la camiseta azul.

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En el DF, con mucho calor y al mediodía, Bilardo no iba a permitir que se usaran otra vez esas camisetas comunes, dando la mínima ventaja en un duelo tan crucial. Y así se lo hizo saber a los representantes de Le Coq. La respuesta fue determinante: “imposible”. En menos de 72 horas no podían encargarlas, fabricarlas y llevarlas hasta el Azteca mexicano.

El técnico no se desanimó y buscó un plan B. Tenía una convicción de hierro para que sus compañeros siguieran sus locuras. El señalado para cumplirle el deseo fue Rubén Moschella, el gerente administrativo de la AFA. A él le encargó una tarea vital: conseguir en los locales de ropa deportiva de la capital mexicana las camisetas azules “con agujeritos”. Claro, debían tener el logo de Le Coq Sportif. Otra marca no servía. Y tenían que ser 38, dos para cada uno de los 19 jugadores de campo, una para cada tiempo.

Moschella no sabía si iba a poder cumplir el pedido. Pero allá fue. Recorrí ese mismo jueves, a tres días del partido, seis locales de ropa deportiva. Unas horas después, volvió a la concentración del América, el bunker albiceleste, con dos camisetas azules. No tenían la tecnología Air-Tech. No le gustaban a Bilardo. Parecía que toda la tarea había sido en vano. Y perdía contra el reloj. Porque encima debía buscar otras remeras en pocas horas, antes que una comisión de la FIFA las viera para ver si daba el OK para usarlas el domingo.

Como en los partidos decisivos de ese Mundial, Maradona hizo el milagro. Diego se encontró con Bilardo, Moschella, Carlos Pachamé y el utilero Tito Benrós mirando las remeras. Bilardo, sabio, creyó que podía tener la solución: si el Diez aprobaba alguna, ya no habría más que analizar. “Qué linda es esta. Con esta le ganamos a Inglaterra”, dijo con una de las dos en las manos, dándole su bendición a ese azul brilloso, transformándola en una bandera eterna.

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Con el OK del capitán, Moschella volvió el viernes al local y se trajo las 38 camisetas azules. Pero todavía faltaba mucho para que estuviesen listas. No tenían el escudo de la AFA, que se había estrenado en el Mundial del 1978, ni los números en la espalda.

El primer problema lo resolvieron gracias a la ayuda de la gente del América. Un diseñador del club lo diseñó en su computadora. Aunque no hizo una réplica exacta, nadie notaría la diferencia.

El segundo lo resolvió otra vez Moschella, que consiguió dos juegos de números. Tampoco eran iguales a los de las camisetas ante Uruguay. Eran plateados, para remeras de fútbol americano. Pero nadie notaría la diferencia.

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El tercero, bordar los escudos en el pecho y planchar los números en las espaldas de las remeras, fue tarea de un grupo de heroicas mexicanas. Las empleadas del club cosieron y plancharon toda la noche del sábado en la concentración del América, sobre una mesa. Y fue con las manos en la masa que las atraparon el Vasco, cámara en mano, y Jorge Burruchaga. “Esto es increíble. Falta un día para jugar contra Inglaterra y estas mujeres nos están arreglando la camiseta”, le dice Burru a la cámara que había comprado el Negro Clausen para pasar el rato. Sin saber que esas imágenes grabadas aquellos días mundialistas en la intimidad del futuro campeón serían una reliquia. Sin saber que esos pocos segundos que captó Olarticoechea revelarían, mucho después, el secreto de las remeras azules, inmortales.

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Lo que ocurrió al otro día, ya es sabido. Diego se convirtió en héroe, y una de las camisetas que usó ante los ingleses es parte de su tesoro personal, el mismo que está en litigio con su ex esposa. La otra, la del segundo tiempo, la de los dos goles imborrables, la tiene Steve Hodge, el número 18 de aquella selección inglesa, que unió su destino al de esa camiseta invaluable con la 10 en la espalda cuando se cruzó con Diego en los pasillos del estadio. Eufórico, en otra dimensión, el Diez aceptó el cambio de remera que le ofrecía su rival vencido, el mismo que cuando se retiró y publicó su biografía, la tituló: "El hombre con la camiseta de Maradona".

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