Las hermanas Annie y Jessica Andrews estaban devastadas. Hacía muy poco, semanas nomás, habían perdido a su mamá. El cáncer que se la había llevado las dejó extrañándola todos los días, todo el día, en esa casa que les resultaba cada vez más grande y solitaria. La tristeza y desolación eran tan grandes que la vida se les volvía insoportable. Algo tenían que hacer, pensaron. Y decidieron que lo mejor era comunicarse con ella. Llamarla. Hablar un rato. Despedirse, por última vez. Quizás, solo así, podrían superar el dolor y dar vuelta la página.
Fue entonces que las niñas bajaron al sótano e improvisaron la sesión. Dejaron las luces apagadas. Encendieron unas velas. Se sentaron en el piso. Y, por fin, invocaron al espíritu de su difunta madre. Ellas sentían que estaba ahí. O creían sentirla, al menos. Pero no pasó nada. No en ese momento.
A lo mejor, fue porque el ritual no se terminó. Justo cuando estaban en el medio, su papá las interrumpió. Él, que desde la muerte de su esposa estaba casi todo el tiempo en el trabajo para ganar la plata extra que ahora necesitaban, había llegado antes de lo previsto. Como siempre, estaba cansado. Más aún, se lo notaba preocupado. Cuando les pidió que dejaran lo que estaban haciendo, sus hijas obedecieron sin protestar. Arriba, tuvieron una charla. Les dijo que las entendía. Que él también seguía destruido, pero no había nada que trajera a mami de vuelta. Que los tres no tenían otra opción que hacer el duelo. Que los fantasmas no existían.
Difícil les resultó estar de acuerdo cuando, esa misma noche, se fueron a dormir y escucharon los primeros golpes en las paredes de su habitación. Eran ruidos rítmicos, que parecían querer comunicarse con ellas. Asustadas, aunque también intrigadas, preguntaron en voz alta si se trataba de su madre. La presencia golpeteó de nuevo, y las chicas no dudaron. Lo que habían oído significaba “sí”.
Al principio, no dijeron nada. No querían perturbar a su padre. Además, ellas mismas necesitaban estar seguras. Vaya que lo estuvieron con el correr de los días. Los sonidos no solo continuaron en su pieza; lo hicieron en todos los rincones de la casa, aún cuando, ya aterrorizadas, dejaron de entablar cualquier tipo de comunicación con el espíritu. Y los mismos se intensificaron, de una manera cada vez más violenta. Al poco tiempo, otras cosas empezaron a pasar. Algunos objetos de la casa desaparecían. Otros aparecían en lugares donde nunca habían estado. Hasta los muebles variaban de posición. Las hermanas no tardaron en cambiar de parecer: esa no podía ser su mamá. No sabían qué habían desatado. Pero, fuera lo fuera, era algo maligno.
Cuando al final hablaron, su papá no les creyó. Le juraron que la presencia que las atormentaba era real. Él, en cambio, estaba seguro que era una invención de sus mentes, todavía traumatizadas por la reciente pérdida. No lo estuvo tanto, sin embargo, con los eventos que se sucedieron días después.
"Estoy en su pieza. Vengan a encontrarme”. Eso fue lo que las niñas leyeron cuando, valientes, bajaron a enfrentar a la malévola entidad, una tarde en la que los ruidos provenían del mismo sótano donde todo había comenzado. El mensaje estaba escrito en una de las paredes. En sangre. O eso era lo que parecía. Cuando su padre comprobó que las letras habían sido dibujadas con ketchup, consideró que sus nenas habían llegado demasiado lejos. Casi de inmediato, las envió a terapia. Sin prever que, pronto, tendría que darles la razón.
Varias semanas más tarde, Brian Andrews estaba trabajando cuando recibió una llamada. Del otro lado de la línea, escuchó a Annie, la más grande de sus hijas, desesperada. Estaba con Jessica en lo de un vecino y le rogaba que volviera a casa: el fantasma, el demonio o lo que fuera que ellas creían que las acosaba estaba de vuelta. Y les había dejado otro mensaje. Agotado y frustrado, Brian intentó calmarla, preguntándose, seguramente, cuándo el tratamiento psicológico daría resultado. Pero la adolescente no podía tranquilizarse. Le juraba que lo que habían leído era real. Tal era el terror de su hija, que al hombre no le quedó otra que ir para allá.
Apenas llegó, fue directo al lugar indicado. No tenía miedo alguno. Al contrario: había venido dispuesto a demostrar que nada de lo que sus niñas le juraban era verdad. Subió la escalera y se dirigió al cuarto de las chicas. Como le habían dicho por teléfono, el mensaje estaba ahí, en una de las paredes.
“Volví. Encuéntrenme si pueden”, estaba escrito, otra vez, en rojo. Pero Annie no le había comentado nada acerca del segundo mensaje, pintado del mismo color. “Casate conmigo”, decía. Leer eso lo tomó por sorpresa. ¿Casate conmigo? ¿Qué quería decir? Cuando giró la cabeza, finalmente, lo entendió. La frase cobró sentido al ver lo que vio, en un rincón de la pieza.
Alguien lo estaba esperando. Tenía puesto el vestido de novia de su fallecida esposa, pero no era su esposa. Tampoco era una mujer, a pesar del maquillaje y la peluca que llevaba encima. Lo que sí estaba claro era que, fuese quien fuese quien estaba delante suyo, tenía un hacha en sus manos.
Corte a: Flashback
Daniel LaPlante nació el 15 de mayo de 1970 en Townsend, Massachussets, el mismo pueblo estadounidense en el que, dieciséis años después, sucederían los eventos antes narrados. El resto de la leyenda cuenta que, de niño, fue abusado sexual, física y psicológicamente por su padre, de quien su madre posteriormente se separó. Además de los traumas permanentes provocados por la violencia que sufrió durante su infancia, Daniel padecía de trastorno de hiperactividad y dislexia, afecciones que lo perjudicaron tanto escolar como socialmente durante toda su etapa formativa. En el colegio, sus compañeros, que lo veían como un chico raro y tenebroso, lo evitaban, cuando no se burlaban de él. Consciente de sus problemas, su madre lo envió a un psiquiatra apenas pudo. Lo que no sabía es que el médico, en vez de tratarlo o ayudarlo, repitió la misma historia: se aprovechó de su vulnerabilidad y, como su progenitor, lo violó en distintas oportunidades.
Alrededor de sus 15 años de edad, y con un comportamiento cada vez más perturbado, LaPlante se volcó al delito. Después de la escuela, Danny se pasaba las tardes buscando casas en las que no hubiera nadie para irrumpir en ellas y robar distintas pertenencias. Lo que se llevaba, muchas veces, no era de valor. El fin último de su pasatiempo no era enriquecerse: lo que él quería era generar miedo e inseguridad en los demás. Tan es así que, a veces, no hurtaba nada. Simplemente, movía cosas o las cambiaba de lugar.
Fue para fines de 1986 que Daniel conoció Annie, la mismísima hija mayor de la familia Andrews, de la que estuvimos hablando líneas atrás. La primera vez que habló con ella fue por teléfono, al igual que casi todas las charlas subsiguientes que ambos mantuvieron. Se desconoce el motivo por el cual Danny decidió llamar a esa residencia en primera instancia. Según Annie, solo le contó que un amigo le había pasado su número. A ella no le molestó. Al contrario, rápidamente “pegaron onda”. Mantuvieron largas conversaciones durante varias tardes, hasta que él le propuso, por fin, verse en persona. Ella aceptó entusiasmada. Se sentía atraída por ese desconocido tan elocuente, que se reconocía a sí mismo como atlético y “fachero”.
Cuando el día de la cita sonó el timbre y Annie abrió la puerta, la decepción fue enorme. El pibe con el que se encontró en el umbral no era en nada parecido a como se había autodescripto tantas veces. Pero ahí estaba, así que la mayor de las hermanas Andrews fue igual con él a tomar un helado. No tardó mucho en darse cuenta que, más allá de lo físico, Danny estaba lejos de ser el chico que creía que le gustaba. Cara a cara, se sentía incómoda con él. Le pasó, sobre todo, cuando se mostró tan interesado por los detalles vinculados a la muerte de su mamá. Ella le había contado antes que la habían perdido hacía muy poco. No entendía por qué, ese día, Danny no paraba de preguntarle al respecto. Tal fue la repulsión que le causó que, apenas se terminó el cucurucho, se volvió para su casa. Había decidido jamás volver a verlo. No contaba, claro, con la decisión que él, por su lado, había tomado.
Los extraños y siniestros sucesos en el hogar de los Andrews ocurrieron justo después de ese momento. Pero la historia que contamos, por supuesto, no podía acabar con aquel final abierto. Lo que queda de la leyenda dice que, después de percatarse de la figura disfrazada que lo amenazaba con un hacha, Brian Andrews escapó de la casa y llamó a la Policía. Los efectivos ingresaron a la propiedad y la revisaron de punta a punta. Estuvieron en todas las habitaciones y vieron todos los mensaje escritos con ketchup en las paredes. Pero no solo eso. También, encontraron algo más. Algo de lo que ninguno de los miembros de la familia se había percatado nunca.
En una de las paredes del dormitorio de las nenas, los oficiales descubrieron una abertura. Detrás de ella había lo que se conoce como un “espacio de rastreo”, un tipo de hueco entre distintas paredes de una casa por el que, incluso, hasta se puede transitar. Y dentro del mismo, estaba oculta aquella tenebrosa figura maquillada de peluca rubia. Al sacarlo de ahí, los policías se dieron cuenta que se trataba de un chico. Uno que Annie pudo identificar, cuando lo vio salir de su casa escoltado hacia un patrullero: era Daniel LaPlante.
Según pudieron comprobar luego las autoridades, la estructura de la casa de los Andrews estaba lleno de esos espacios vacíos, y Danny había estado viviendo en ellos quién sabía bien por cuánto tiempo. Restos de comidas, latas de cerveza y demás indicios fueron hallados, al igual que pequeños agujeros hechos en las paredes de todas las habitaciones del hogar, a través de los cuales el joven había estado espiando a la familia durante meses. Al final, no había existido poltergeist alguno. Por fin, el misterio de los ruidos y demás fenómenos aparentemente paranormales estaba resuelto. No así, en cambio, la historia de Daniel LaPlante.
Daniel LaPlante: de la leyenda a la realidad
Como habrán notado, hemos mencionado la palabra “leyenda” algunas veces en lo que va de la nota. ¿Quiere decir esto que todo lo que contamos hasta ahora nunca pasó? Mmm... No, pero sí. Esa parece ser, por el momento, la respuesta más acertada.
Las leyendas son narraciones populares que cuentan historias, hechos y detalles reales o ficticios, y que suelen, en la mayoría de los casos, contar con ambos componentes. En una leyenda, casi siempre, hay algo de verdad y algo de falsedad o fantasía, que suele ser usado para adornar el relato, hacerlo más impactante y, por lo tanto, memorable. Por eso, el caso de LaPlante bien podría ser encuadrado dentro de esta categoría.
Que Daniel LaPlante existió, existe, y que nació en Townsend el 15 de mayo de 1970 es un hecho. Que tenía y probablemente siga teniendo algún tipo de trastorno mental, también. Lo mismo puede decirse de sus irrupciones y robos en casas ajenas. De nada de eso hay dudas. En cuanto a todo lo demás (de lo narrado por el momento en este artículo), no podemos decir lo mismo.
Si uno investiga lo que hay escrito sobre los sucesos de los que fueron víctimas los Andrews, se dará cuenta que pocas son las fuentes originales y creíbles en las cuales sostener el relato completo. No obstante, casi todas las notas, artículos, posteos, videos y podcasts que lo abordan dan por cierto todo el cuento. Hasta un episodio del ciclo televisivo de investigaciones periodísticas “Your Worst Nightmare” de Investigation Discovery, en el que mediante reconstrucciones con actores y testimonios documentales de protagonistas y especialistas se abordan historias policiales verídicas, hace lo propio. Pero la realidad es que nadie aporta pruebas que den cuenta que los acontecimientos se hayan dado de ese modo, ni muchísimo menos de la cantidad de detalles que le dan color a la historia.
Muy pocos son los que advierten sobre esto, y menos son los documentos que aporten algún dato acerca del origen de la construcción de toda esta leyenda urbana. Gracias a ellos, sí podemos dar fe, al menos, que LaPlante aseguró a la Justicia estadounidense haber sido abusado cuando era menor de edad por su padre y su psiquiatra (aunque no hay pruebas de esto más que su propio testimonio). Y, más importante aún, que efectivamente acosó a una familia con un hacha y se mantuvo oculto por un tiempo dentro de su hogar.
Un cable de la agencia de noticias United Press International con fecha del 3 de diciembre de 1987 se refiere a LaPlante como “un adolescente acusado de amenazar con un hacha y mantener como rehenes a un hombre y sus tres hijas”. Luego, el mismo da detalles diferentes, aunque semejantes, sobre toda esta historieta. En primer lugar, dice que lo ocurrido fue el 8 de diciembre de 1986 en Pepperell, una localidad vecina a Townsend. En segundo lugar, cita textualmente a la secretaria del Departamento de Policía de la zona, una tal Cathy Plummer: “Él (LaPlante) estaba escondido en el closet cuando (el hombre y sus hijas) llegaron a casa. Entonces, los persiguió hasta una habitación con un hacha. El tipo blandía un hacha y tenía la cara toda pintada”. El texto, además, cuenta que el padre y sus tres hijas lograron escapar por la ventana del cuarto y que el joven “fue encontrado dos días después escondido entre dos paredes de la casa, que la familia desocupó después del incidente”. Por último, finaliza: “LaPlante fue enviado a un centro de detención del Departamento de Servicios Juveniles hasta el 8 de octubre de 1987, cuando su caso fue transferido de la corte juvenil a la Corte del Districto de Ayer y su madre pagó una fianza de 10.000 dólares”.
Si la información que el cable de UPI aporta es verdadera, podemos encontrar en ella los cimientos de toda la leyenda del caso Andrews. Una historia bastante menos atractiva que la contada anteriormente, pero muy interesante de todos modos, más que nada por lo que generó a posteriori en el imaginario y el folclore populares.
Ahora bien, ¿cómo la historia de un delito menor se convierte en otra de tales proporciones? Lean lo que sigue y tendrán la respuesta.
Daniel LaPlante: nada de leyenda, todo de macabra realidad
El supuesto caso Andrews es lo primero y lo que más se dice en relación a Daniel LaPlante. Pero si se cuenta todo eso es porque, por alguna razón, su nombre y apellido pasaron a la historia. Un motivo muchísimo más grave que una amenaza, un acto de acoso o hasta, incluso, un orquestado falso poltergeist. Algo que, esta vez y lamentablemente, no tiene ni una pizca de ficción.
Al salir del reformatorio, Danny volvió a la casa materna, pero también a sus viejos hábitos. El 14 de octubre de 1987, en uno de sus usuales asaltos a propiedades desocupadas, el chico de 17 años se robó dos pistolas calibre 22. Tres semanas después, su padrastro encontró una de las armas, guardada en un canasto donde el joven dejaba la ropa sucia. Lo increpó al respecto, pero éste le mintió acerca de dónde la había obtenido. El hombre se la quitó y la cosa no pasó a mayores. No sabía, por supuesto, que su hijastro todavía tenía otra en su poder.
El 1 de diciembre de ese mismo año, LaPlante irrumpió en la residencia de la familia Gustafson. Pero esa vez, a diferencia de tantas anteriores, había gente adentro de la casa. Se desconoce si Danny estaba al tanto o no de esa situación. Lo que no se desconoce es lo que hizo con esas personas, esa misma tarde.
Cuando Andrew Gustafson llegó después del trabajo, se encontró con el máximo horror con el que un padre y esposo se puede encontrar. En la cama toda ensangrentada de su dormitorio, yacía muerta Priscilla, su mujer embarazada. Las pericias posteriores determinaron que había sido violada antes de ser asesinada de dos disparos en la cabeza. Tenía 33 años de edad. El bebé que esperaba no tuvo la oportunidad de nacer.
En pleno shock, el señor Gustafson llamó a la Policía. Tan alterado estaba que no pudo salir de aquella habitación. Debido a su estado, tuvo la suerte (si es que se puede asociar esa palabra a algo referido con este siniestro crimen) de no presenciar la escena más macabra que se alojaba en su hogar. Cuando los efectivos llegaron, descubrieron que la señora Gustafson no había sido la única víctima fatal de la jornada. En los dos baños de la propiedad, y dentro de la bañera a medio llenar de cada uno de ellos, se encontraban los cuerpos sin vida de los hijos de la pareja. Abigail, de 7 años, y William, de 5. Ambos habían sido ahogados por el asesino.
Gracias a una camisa y una huella encontradas en la escena del triple homicidio, las autoridades rápidamente indicaron a LaPlante como principal sospechoso. Y, como el joven no había vuelto a su casa y su paradero era desconocido, se inició una intensa cacería de su persona. Dos días después, no tuvo más escapatoria. El triple asesino fue hallado y apresado en un depósito de basura.
Un año más tarde, Daniel LaPlante fue sentenciado a tres cadenas perpetuas por los asesinatos de Priscilla, Abigail y William Gustafson. Todavía son muchos los que piensan que, de no haber sido detenido el 3 de diciembre de 1987, Danny podría haber seguido matando.
Al día de hoy, LaPlante asegura estar arrepentido de sus acciones. En una audiencia ante la Corte Superior de Middlesex llevada a cabo en 2017, en la que solicitó una reducción de su pena, el criminal, entre lágrimas, dijo: “Asesiné a tres personas inocentes. No tengo palabras para expresar mi profundo dolor, pero estoy verdaderamente arrepentido por el daño que causé”. Pero ni los familiares de los Gustafson ni el psiquiatra forense que dio su testimonio en la mencionada instancia judicial le creen. “LaPlante tiene un desorden de personalidad antisocial y no ha mostrado remordimiento genuino alguno por lo que hizo. Tampoco ha demostrado empatía por sus víctimas ni por su familia. ¿Está rehabilitado? En mi opinión, de ninguna manera”, declaró el Dr. Fabian Saleh en aquella ocasión.
Finalmente, en 2019, la Justicia volvió a fallar en contra del autor del siniestro triple crimen. La Corte determinó que Daniel LaPlante deberá cumplir la totalidad de su condena. Recién podrá aplicar para una eventual libertad condicional en 2032, cuando tenga 62 años de edad.
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