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La Mañana Trinche

La noche en la que un "fantasma", que fue mejor que Diego, bailó a la Selección

Se trata del Trinche Carlovich. El mismísimo Maradona aseveró: "Fue mejor que yo". En 1974, el rosarino ridiculizó al combinado nacional que más tarde iría al Mundial de Alemania. La historia de aquella noche mágica de la que no hay registros.

Antes del Mundial de 1974 hubo dos hechos que emparentaron a la selección Argentina de fútbol con fantasmas. Uno tuvo que ver con un equipo que se armó especialmente para jugar en la altura de La Paz, Bolivia, por las Eliminatorias, un partido que Argentina necesitaba ganar para casi asegurarse el pase a la Copa del Mundo. A ese grupo se lo conoció como “la Selección fantasma”, un equipo B, un conjunto paralelo que hizo un trabajo de adaptación a la altitud en el norte argentino primero y luego en suelo boliviano, del que casi no hubo noticias y que después de jugar (y ganar) ante Bolivia por los puntos, se desmanteló. El otro tuvo que ver con un jugador, uno que hace 47 años perturbó al seleccionado. Más que eso: lo bailó, lo dejó expuesto al peor de los escenarios, el de la vergüenza. Se sabe que en el fútbol un jugador no gana solo, aunque siempre hay uno que se para por encima de todos. Ése fue el Trinche Carlovich.

Y seguramente, por contexto (un estadio de Newell’s repleto), por rival (la selección Argentina que jugaba sus últimos amistosos premundialistas), por rendimiento (sencillamente, la rompió), aquella haya sido la mejor noche en la vida futbolera de quien para muchos, seguramente exagerados envalentonados por la admiración, fue mejor jugador que Diego Maradona. Si el propio Diego -por cierto, un Dios también en el arte de la exageración- dijo cuando fue presentado como jugador de Newell’s en 1993 que en Rosario había un tal Carlovich que había sido mejor que él y hace menos de dos años, cuando Maradona fue a esa ciudad con Gimnasia y tuvo un encuentro con el Trinche, le firmó una camiseta y se la dedicó con una frase que emociona: “Al Trinche, que fue mejor que yo”.

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Trinche Carlovich

En la noche de abril de 1974, en la cancha del Parque de la Independencia en Rosario, el seleccionado argentino fue a jugar uno de sus últimos amistosos. La organización de la AFA era un caos. Hacía unos meses había renunciado Enrique Omar Sívori, el DT que había logrado la clasificación, y en su lugar asumido Vladislao Cap, que se encontró con tanta anarquía como buenos jugadores. Trató de ir armando su fórmula para jugar la Copa del Mundo en Alemania y como parte de la preparación qué mejor que ir en busca del cariño de la propia gente del país. Entonces, surgió la idea de este partido ante un combinado de Rosario, una ciudad que tenía en un muy buen momento a sus dos grandes, Newell’s y Central. De hecho, los entrenadores de ambos equipos (Juan Carlos Montes y Carlos Timoteo Griguol, respectivamente) se unieron como dupla técnica y formaron el combinado. Fácil: cinco jugadores de la Lepra y cinco del canalla. Pero como al fútbol se juega con 11, había que elegir al undécimo, el jugador fantasma.

Tomás Felipe Carlovich no era un pibe. Jugó aquel partido a dos días de cumplir 28 años. Grandote y con imagen de tipo pesado, era dueño de una zurda plástica y lo suficientemente creativa como para que correr no sea una primera necesidad. Había que darle la pelota al Trinche y nada más. Y nada menos, claro. Quienes lo vieron, bien saben que lejos estaba de ser un fantasma. Era de carne y hueso. Para lo bueno y para lo malo. Y si cada tanto desaparecía no tenía que ver con su habilidad espectral sino con su apego a una vida ligera, o, para ser más justos con él, a una vida no tan comprometida con el fútbol profesional. “Le gustaba más jugar a la pelota que ser un futbolista profesional”, dijo alguna vez César Luis Menotti quien, tiempo después, cuando asumió en la Selección, lo citó al Trinche para jugar un amistoso pero cuando llegó el momento de ir a entrenar, Carlovich nunca apareció y argumentó que había ido a la isla, frente a Rosario, y como el río creció, quedó varado y no pudo llegar a tiempo a presentarse con el seleccionado.

De aquel partido del 74 apenas hay algunas fotos y nada filmado que permita comprobar las hazañas del Trinche en esa noche. Sólo unos miles de privilegiados lo vieron y se quedaron boquiabiertos observando como entre las figuras de Newell’s y de Central, emergió el crack de Central Córdoba de Rosario, que jugaba en la Primera B. No hay archivo de TV pero sí hay testimonios de quienes fueron sus compañeros esa noche y de quienes fueron sus humillados rivales, especialmente. Ellos, los jugadores de la Selección, padecieron a Carlovich y a la trova futbolera rosarina, que literalmente les pintó la cara, con aquel descendiente de croatas elevado a la categoría divina del fútbol. Si el propio Cap, según reveló Juan Carlos Montes en el formidable minidocumental Informe Robinson -de la TV de España- se acercó al banco de suplentes rosarino para preguntar quién era ese número 5 al que nadie le podía sacar la pelota. Fue 3-1 para Rosario y pudieron ser cuatro o cinco goles.

Trinche Carlovich

El baile lo musicalizó el Trinche, el fantasma que dio una función presencial antes de volver a desvanecerse. Porque eso hizo el Trinche una y otra vez. Aparecer y desaparecer; mostrar la pelota y esconderla; entrar y salir. Esa noche en el Parque como tantas otras en las canchas por las que se lo vio y dejó ver su magia. Jamás dejando de disfrutar porque su condición innegociable fue esa: jugar para divertirse. “Jugar por jugar -como canta Sabina-, sin tener que morir o matar. Y vivir al revés, que bailar es soñar con los pies”. Quizás el sueño más fuerte salido de esos pies haya sido “el caño doble”: un túnel a un rival y enseguida esperarlo a que se dé vuelta para volver a pasarle la pelota entre las piernas. Sin dudas, la jugada símbolo de Carlovich.

Lo gozaron y lo subieron al pedestal los hinchas de Central Córdoba, especialmente, quienes se sintieron bendecidos por haber sido los elegidos por el Trinche. Que pudo triunfar en Rosario Central de donde, en sus inicios, lo dejaron libre por sus constantes inconstancias (quizá el responsable de mandarlo de un patadón lejos de Arroyito no supo bancarse la pelusa que siempre viene con el durazno) o en Colón, unos años después. O en Independiente Rivadavia de Mendoza. Pero triunfó en el Charrúa rosarino, donde encontró su razón de ser, donde hizo su nido a pesar de haber sido siempre un pájaro libre. Ellos, los hinchas, los seguidores, lo hicieron mito. Pero el boca a boca, las opiniones que fueron apareciendo cada vez más calificadas, las de los propios protagonistas del fútbol que con sus palabras pusieron credibilidad y echaron nitidez sobre el talento invisible del Trinche, lo ubicaron en la categoría de leyenda.

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“Imitábamos al talentoso y queríamos jugar como él”, contó uno de estos relatores referenciales, José Pekerman, quien en los 70, cuando era mediocampista en Argentinos Juniors, se hacía tiempo los sábados a la tarde para ir a la cancha del fútbol del Ascenso más cercana en la que jugara Carlovich. “Entre los jugadores de elite, que todo el mundo los conoce, porque juegan en los mejores equipos del mundo y juegan mundiales, yo digo: ‘Vi a un jugador así, que tenía todas estas cualidades, y que fue de los mejores que yo he visto’”, agregó José, con visible emoción. En sus ojos brillosos se podían ver las imágenes que la TV apenas pudo mostrar de aquel jugador genial.

La vida, como en sus tiempos de futbolista, lo llevó para allá y para acá. Sin estridencias, escondiendo su idolatría como si fuera la pelota. En 2002 su ciudad, Rosario, lo nombró “Deportista Ilustre”, una chapa que le sirvió para cobrar un dinero mensual, aunque la ganancia del Trinche pasó siempre por otro lado.

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El año pasado, pedaleando su bicicleta como lo hacía todos los días, alguien lo golpeó para robarle la bici. En la caída, pegó su cabeza contra el asfalto y eso le provocó un derrame cerebral. En el auge de la pandemia y de la cuarentena en la Argentina, el 8 de mayo el Trinche murió y sus admiradores, los que lo hicieron ser quien fue, violaron todos los protocolos para ir a su velorio, en el estadio de Central Córdoba. El fantasma se desvaneció para siempre. Tenía 74 años.

“Con tu humildad nos bailaste a todos, Trinche”, escribió Maradona en su Instagram tras enterarse de su muerte. El destino quiso que seis meses y medio después, partiera también él. “Yo soy un aprendiz al lado de Diego”, había dicho Carlovich luego de aquel encuentro con el Diez, en 2019. Si Maradona, como alguna vez lo definió Eduardo Galeano, fue el más humano de los Dioses, el Trinche Carlovich, entonces, fue el más humano de los fantasmas.

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