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La Mañana dictadura

La última dictadura, la época más oscura y desconocida de las barrabravas

A mediados de los 70 comenzaría una de las alianzas más siniestras que censuró a distintos sectores de la Argentina durante casi una década. Fútbol y Estado ¿Asuntos separados?

Históricamente, las barras bravas han sido las protagonistas de distintos episodios de violencia, negocios turbios y muertes que han deteriorado la imagen familiar del fútbol en nuestro país. Pese a que los hinchas violentos datan desde antes de la profesionalización en 1931, podemos establecer a la década del 50 como la etapa en la que estos grupos comenzaron a llevar su nombre actual luego de que empezaran a recibir financiación por parte de los dirigentes de los clubes, lo que llevó a una mayor organización. Pero, si te dijeran que su etapa más oscura es la menos conocida ¿te lo creerías?

Para esto hay que remontarnos a 1973. Ese año, durante la última presidencia de Juan Domingo Perón, se creaba la Alianza Anticomunista Argentina(Triple A), un organismo terrorista paramilitar que se encargó de perseguir y asesinar a distintos ciudadanos vinculados a grupos de izquierda del país. Uno de los líderes de esta organización fue el entonces jefe de la Policía Federal, Alberto “Tubito” Villar quien, debido a su oficio, conocía de primera mano el crecimiento de los barrabravas en las tribunas argentinas y sabía de la influencia que tenían sobre el resto de los simpatizantes.

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Antes de morir junto a su esposa a fines de 1974, cuando una bomba explotó en el crucero en el que se encontraban, Villar se encargó de asignarle una tarea específica a los líderes de cada tribuna. Según contó alguna vez el “Negro” Thompson, fundador de la barra de Quilmes, el jefe de la Policía reunió a todos los cabecillas de las hinchadas del país en su despacho y los convocó a ser un ejercito contra el comunismo tanto dentro como fuera de los estadios. “Tienen que estar muy atentos y colaborar con la policía y con el gobierno”, les solicitó luego de pedirles que delataran a cada persona que manifestara una ideología de izquierda.

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Alberto Villar.

Alberto Villar.

Esta idea de poner los ojos en el fútbol por parte de Villar se dio debido a lo que llamaban en aquella época como “fenómeno subversivo”. Las canchas se habían convertido en uno de los lugares donde más abundaba la militancia política y desde la Triple A temían que esto alterara el terror que ellos pretendían establecer en el país. “Lo dice el tío, lo dice Perón, hacete del Globo que sale campeón”, cantaba por ejemplo la hincha de Huracán en 1973, año en el que se consagró campeón del Metropolitano de la mano de César Luis Menotti.

Y así fue como comenzó todo. Hasta entonces, las barras trabajaban para las respectivas dirigencias de sus clubes, pero ahora funcionaban como un ente dentro de la estructura asesina de un Estado que finalmente en 1976, sería tomado por la Junta Militar.

Ese mismo año se produjo el famoso asesinato de Gregorio Noya, un simpatizante de Huracán que había asistido a un partido frente a Estudiantes de la Plata junto a su hijo y que recibió un disparo por parte de la policía. La barra “quemera” era de las pocas que se resistían al pedido que les había hecho Alberto Villa algunos años atrás y desplegaron una bandera de Montoneros en el centro de la popular, lo que llevó a la inmediata represión por parte de las fuerzas de seguridad.

En 1978 llegaría el Mundial de Fútbol en la Argentina y el rol de las barras tendría su esplendor durante la competición. El plan sangriento de la dictadura ya había sido puesto en marcha y Rafael Videla no podía permitirse que se revelara algo de esto ante los ojos del mundo. Para evitar que hubiera “infiltrados” en los estadios que canten o cuelguen carteles en contra del gobierno de facto, los militares reclutaron a distintas barrabravas con el objetivo de que mantuvieran la “paz”.

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La que más predominó fue la de River, debido a los partidos disputados en el estadio central del torneo, el Monumental de Núñez. Pero también pisó muy fuerte la barra de Vélez. El remodelado José Amalfitani era uno de los principales escenarios de la Copa del Mundo y, además, el entonces presidente de la AFA designado por Emilio Massera, Alfredo Cantilo, era hincha del club de Liniers.

Pero estas estrategias macabras por parte de la dictadura durante el Mundial no se vieron únicamente en los campos de fútbol. Los violentos de los tablones también fueron los encargados de realizar las manifestaciones en Ezeiza para recibir a los planteles y a los periodistas extranjeros. Asimismo, difundieron la campaña “Los argentinos somos derechos y humanos”, un slogan que tendría su pico en 1979, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó el país.

Previo a la final que iban a disputar Argentina y Holanda, la Junta Militar decidió organizar un plan de amedrentamiento hacía los jugadores europeos para desgastarlos antes del partido. Cuando los futbolistas de la “naranja” partían rumbo a los entrenamientos, grupos de aproximadamente 100 barras los esperaban para insultarlos y sacudir el micro que los trasladaba. Inclusive el día del partido definitivo, la delegación neerlandesa tuvo que dirigirse al estadio Monumental rodeado de un grupo de “hinchas” que no pararon de golpear sus ventanas al grito de “Argentina, Argentina”. Acciones como estas se dieron también en los enfrentamientos frente a Brasil y Perú en la ciudad de Rosario. En esa ocasión, las barras de Central, Newell’s y Argentino de Rosario en sociedad se encargaron del alboroto.

Argentina se consagraría campeona de aquel Mundial y se convertiría en la Selección más codiciada del momento. Debido a esto, se organizó una gira por Europa para el año siguiente. Esta incluía la revancha contra Holanda y otros tres partidos: contra Italia en Roma y frente a Escocia e Irlanda en el Reino Unido.

Antes del encuentro que el combinado nacional iba a disputar frente a los Países Bajos en Berna, Suiza, se dio un episodio que descolocó por completo a los dictadores. En el vallado del hotel donde concentraba Argentina, aparecieron unos carteles gigantes con fotos de cientos de los desaparecidos y una bandera gigante que decía “ASESINOS” junto con las imágenes de Videla, Massera y Agosti, que luego se hizo presente en el estadio. Los gobernantes de facto no habían tenido en cuenta a los argentinos que se habían exiliado del país y que estaban llevando a cabo aquella manifestación en el viejo continente.

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En principio, ordenaron a la transmisión televisiva a censurar con líneas negras el mensaje que había en aquella bandera. Pero esta situación se repitió los días siguientes en Escocia y en Irlanda, por lo que la Junta Militar decidió volver a entrar en acción.

Para el partido frente a Italia en el Olímpico de Roma, el cual sería el más popular de la gira, decidieron enviar un avión con un grupo de barrabravas para que actúen de la misma forma que en el país. Como resultado, consiguieron que durante aquel evento se viera una bandera con un inscripto que poco tenía que ver con la realidad: “Argentina, un país en paz”.

Aquel “éxito” llevó a la creación de un nuevo plan para lo que se venía: el Mundial de España 1982. El clima político del país estaba cambiando y en los estadios de fútbol comenzaban a verse algunos actos de resistencia en contra de la dictadura militar. Teniendo en cuenta que la Argentina era el defensor del título y que aparte ahora contaba con la figura de Diego Armando Maradona, la popularidad del combinado nacional en aquel torneo iba a ser muy grande.

El gran miedo de la dictadura era que en cada partido de la Selección hubiera manifestaciones en su contra por parte de los exiliados, tal como había pasado en el 79. Entonces, se puso en marcha el “Operativo Silencio”. Este constaba de llevar aproximadamente 150 barrabravas de distintas hinchadas del país bajo el nombre de “delegados de la hinchada”. “Se necesitaban 150 mil dólares y teníamos el apoyo de la AFA”, aseguro el mencionado anteriormente, “Negro” Thompson, quien reconoció ser parte del operativo.

Pero finalmente, este sombrío proyecto se cayó luego de que el 2 de abril de 1982 comenzara la Guerra de Malvinas entre Argentina e Inglaterra. “Estaba todo preparado para viajar, hasta nos habían sacado los pasaportes sin tener que ir siquiera al departamento central de Policía, pero por la guerra no pudimos viajar”, contó Alfredo Alberto Apollonio, uno de los líderes de la barra de Chacarita.

Más allá de que en aquel Mundial hubo algunos violentos que generaron disturbios en los estadios españoles, no pertenecían a la barra oficial que manejaba el Estado.

Luego de aquella competición, los barrabravas comenzaron a alejarse de los planes de una dictadura que comenzaba a vivir sus últimos días. Aun así, estos grupos no se disolvieron, si no que comenzaron a asentarse mas profundamente en las instituciones deportivas, convirtiéndose en uno de los eslabones más firmes que hay en la mafia de nuestro fútbol. Lamentablemente, una historia que parece no tener fin.

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