Luca Prodan, el antihéroe que revolucionó el rock nacional y se convirtió en una leyenda
“¿Entendés?”
No viene al caso el significado de esa palabra ni tampoco su entonación porque todos sabemos qué significa. Sin embargo, para Luca Prodan era casi una muletilla. Hablaba, afirmaba o ensayaba una explicación sobre algo y, tarde o temprano, el “¿entendés?” aparecía. Quizá, como llegó a la Argentina desde Inglaterra en el albor de los años 80, sin hablar prácticamente ni una palabra de español, lo que más le quedó pegado del idioma fue el “¿entendés?” con el que sus interlocutores buscaban confirmar si había comprendido lo que le decían. Sin embargo, la vida, la historia y la muerte de Luca posiblemente nos dejen como conclusión final que él siempre entendió todo mientras los demás intentamos, incluso al día de hoy, en este mismo texto, comprenderlo a él.
Luca lucía como un reventado y él, que vivía despojado de los bienes materiales, respondía de modo cuantitativo ante lo que tomaba como un cuestionamiento: “¿Pero qué reventado? Yo fui al mejor colegio de Europa, fui al colegio con el príncipe Carlos de Inglaterra. Hablo castellano, inglés, francés, italiano. ¡Cuatro idiomas! ¿Vos cuántos hablás? Y yo soy reventado, de repente”.
Los últimos días de su vida los pasó durmiendo en una pensión, a la vuelta del Colegio Nacional Buenos Aires, donde estudiaban dos chicas que, sin saberlo, le hicieron la última entrevista, un par de meses antes de que fuera encontrado muerto el 22 de diciembre de 1987, víctima de un paro cardiorrespiratorio. Aunque el causal que lo llevó a esa descompensación fatal tuvo que ver con el alcoholismo, que le ocasionó una cirrosis hepática que le dejó el hígado sin ningún tipo de elasticidad, duro como el cemento, disfuncional por completo.
A esas dos adolescentes llamadas Eliana Braier y Ruth Jaliff les contó, en una frase, el que posiblemente sea el ABC de su drama existencial: “Mis padres me tienen una envidia impresionante porque yo hice lo que quise. Pero claro, para hacer lo que querés, tenés que bancarte los golpes. A mí me trataron mal. ¿Qué quieren? ¿Qué los trate bien porque son viejitos, pobrecitos? Que se vayan a la concha de su madre. Yo era chiquito y me trataron para la mierda. Mi hermana se suicidó y dejó una carta como de cuarenta páginas para mis viejos porque era todo culpa de ellos”.
Con ascendencia italiana por parte de padre y británica (de Escocia) por parte de madre, esa combinación de nacionalidades quedó marcada en sus nombres: Luca George. Y fue un niño feliz, que nació en Roma y cuyas inquietudes eran las de cualquier otro chico. Le gustaba nadar, hacer buceo, jugar y gozar de la libertad propia de esas edades, hasta que sus padres determinaron que debía tener la mejor educación posible. Y eso era en Escocia, más precisamente en el exclusivo Gordonstoun School, donde los alumnos viven en los Campus durante todo el año, (“colegio pupilo”, como lo conocemos aquí) y, literalmente, son adoctrinados para que puedan ser importantes hombres de mundo.
No es cierto que estudió con el príncipe Carlos de Inglaterra, quien es cinco años mayor, pero sí es verdad que el hijo de la Reina Isabel II se educó en el mismo lugar y con bastante contemporaneidad respecto a Luca. Un príncipe no se queja: se adapta, sufre por dentro, pero no saca los pies del plato. ¿Y un mendigo? De príncipe a mendigo había un paso para Luca Prodan y decidió darlo de la forma más abrupta: escapándose a menos de un año de recibirse en lo que acá conocemos como la secundaria. A los 17 años, literalmente huyó y se fue a Roma, donde, desbocado, hizo todo lo que el establishment le había prohibido, comenzando por empezar a drogarse compulsivamente con lo peor que había en el momento: la heroína.
La familia empezó a buscarlo por todos lados, hasta Interpol intervino en esa búsqueda, aunque fue su madre quien lo encontró en Roma, adicto y quebrado emocionalmente. Lo primero fue visible para sus padres, pero lo segundo no. Y eso terminó de hundirlo, nadie había escuchado su desgarrador grito silencioso. Pero ya era mayor de edad, había desertado del servicio militar italiano aunque no sufrió consecuencias legales porque un médico lo declaró “demente”. Y decidió seguir la vida a su manera, como él entendía que debía experimentar la libertad.
La mejor educación de Europa le había dado cultura, idiomas y una enorme certeza: él no sería como todos los que salían de ese “college”. Entre el “deber ser” y el “querer ser”, eligió la última opción. En el Gordonstoun School conoció a otro chico como él que fue su gran amigo de la adolescencia, un escocés con raíces argentina, Timmy McKern, quien con el tiempo se radicó en las sierras cordobesas desde donde años después le envió una foto a Luca, en la que estaba con su esposa y su hija, invitándolo a que los visitara y diciéndole que lo extrañaba.
Ese simple gesto de amor llegó como un salvavidas que, en realidad, fue un extensor de vida. Ya había pasado la década del 70, en la que Luca profundizó sus adicciones, descubrió la música punk y el reggae, que mezclados con el rock resultaron una combinación que marcó su estilo. Ahí sufrió un prejuicio muy particular: no se puede tener semejante formación académica, ser de clase alta, y ser rockero. Eso, en cierto modo, también moldeó su semblante y su personalidad. Y su cabeza perdió el eje por completo cuando supo del suicidio de su hermana Claudia, también adicta a la heroína. Culpó a sus padres y se inyectó hasta caer él en una sobredosis que lo dejó en coma. Un milagro hizo que sobreviviera y el destino le dio la oportunidad de seguir viviendo para seguir descubriendo la libertad que su aristocrática educación, por mandato paterno, le había quitado tempranamente.
Entonces llegó aquella carta desde la Argentina, con el paisaje de Traslasierra de fondo, y cruzó el Atlántico en busca de la paz que le podía dar el amor genuino de su amigo y su familia y, algo más: la desintoxicación de la heroína. En este país podían conseguirse varias drogas, pero ésa no era de las habituales, y eso jugaba a favor de su idea de limpieza corporal. Aunque fue una limpieza parcial porque reemplazó la adicción: soltó la heroína y se abrazó a la ginebra. Y comenzó lo que terminó siendo un suicidio a largo plazo, que le dio tiempo de plasmar su obra y sus sueños en la Argentina, e inmortalizarse. Aunque quién sabe si eso realmente le importaba demasiado…
“Tenía algo arraigado en su interior que necesitaba exorcizar, algo muy profundo. Y al mismo tiempo mostraba un desapego con lo que hacía, como diciendo ‘¿qué es esta mierda?’”, reflexionó Andrea, su hermano menor, sobre la contradicción de Luca, quien se radicó en las sierras cordobesas, donde conoció a Germán Daffunchio y a Alejandro Sokol, la génesis de Sumo. Volvió a Europa, compró equipos de música y al regreso hizo mudar a todos al oeste bonaerense, a la localidad de Hurlingham, donde destaca el coqueto “barrio inglés”. Casualidad o no, empezó su vida en modo argentino con el verde oliva que lo acompañó en su adolescencia en Escocia, entre el césped, los arbustos y las ligustrinas que dominaban la zona. Estaba convencido, además, de que su proyecto artístico tendría más repercusión en Buenos Aires que en Córdoba.
La libertad que sintió en la Argentina no la sintió nunca en su vida, a pesar de la paradoja de haber coincidido con el final de la dictadura y con la guerra de las Malvinas, tiempos en los que comenzó a cantar sus canciones… en inglés. Ni en italiano ni en español, porque su concepto era sumamente estructurado: el rock era en inglés o no era. Después, cuando Sumo tomó la forma definitiva, llegaron los discos de estudio y el español apareció en las letras. Y ahí Luca Prodan rompió el molde y pateó un hormiguero. La Argentina post junta militar dejó de manifestarse en clave para evitar la censura, y el arte y la cultura pop pasó a ser descarnado y desprejuiciado. Aun así, Sumo y la impronta de su líder especialmente, dieron vuelta la estructura del rock nacional. Un rock nacional al que Luca desconsideraba y del que se burlaba apuntando a sus grandes héroes.
Para la década del 80, los rockeros argentinos habían cambiado el pelo largo por corto, el rock hippie y de fogón era más sofisticado y nació la llamada “new age” que incluía ojos delineados, pelos parados con mucho trabajo estilista. En ese contexto, Luca se asomó a los escenarios sin retocar su apariencia. Con el torso desnudo o en remera, a veces sana y a veces con agujeros, lo mismo que el jean o el jogging que podía llevar puesto. A lo sumo, potenció su calvicie afeitándose cada tanto toda la cabeza y luciendo una pelada de punta a punta: eso sí que fue vanguardista. Los pelados eran viejos y los “rockstars” siempre jóvenes. Pero Luca se constituyó en el antirocker, un bohemio que no vendía artesanías ni vivía en comunidad, que, aunque era calvo se comportaba como un punk, y que, obviamente, estaba lejos de usar rastas pero adoraba y fomentaba el reggae.
Y cuando se expresaba en su rudimentaria poesía en español, lo hacía con contundencia, como su primer hit: La Rubia Tarada. Era todo un manifiesto social, en el que reflejaba cómo veía al resto y lo calificaba, exponiendo el desprecio que le daba el consumismo. “La rubia, tarada, bronceada, aburrida, me dice: ‘por qué te pelaste’ Yo, por el asco que me da, tu sociedad. ¿Y por el pelo de hoy, cuánto gastaste?”.
Como también lo fue, tiempo después, otro de los hits más recordados de Sumo: “Viejos Vinagres”, en el que Luca volvía a poner su mirada ácida sobre las apariencias (“dale, dale con el look, pero no termines como el Captain Cook; para vos, lo peor, es la libertad”). Luca no disimulaba su asco por las vidrieras comerciales y su cosmética de época y que eso se entendiera como “libertad”. Y dividía entre “chetos” y el resto, entre los que estaba él. ¿Grasa? ¿Reventado? Ni en su himno “Heroína”, en el que relataba que había amado a una chica italiana y ahora amaba a una alemana, que antes amaba el mundo del rock y ahora a este mundo suicida; y con profundidad terminaba afirmando que había algo que no podía olvidar y estaba en su cabeza siempre y era la “heroína”.
En ese contexto, remataba el estribillo cantando “soltate con Wellapon soltate, soltate el pelo con Wellapon, soltá el brillo, soltá la belleza de tu pelo con Wellapon”, que era una propaganda de TV de un shampoo de moda en los 80, donde se veían a mujeres modelos revoleando su cabellera suave y dócil. Alguien podría bromear con que la calvicie llevó a Luca a obsesionarse con el pelo de los demás, aunque su verdadera obsesión pasaba por ir contra lo establecido, “la sociedad careta”, el “parecer” por sobre el “ser” como concepto dominante.
Luca podía ser una estrella de rock, posiblemente lo era, pero justamente él no quería “parecerlo”. Entonces, podía tomar un subte, un colectivo, deambular por la calle con lo puesto y en ojotas, simplemente porque le gustaba. Y sentarse en cualquier mesa a tomar ginebra. Cuanto más barrial, mejor. Por eso, este hombre podía bajarse en cualquier estación de trenes y meterse en el bar a beber sin ningún prejuicio. Al contrario, era su forma de observar, escuchar y aprender. Y enseñar, porque aquellos veteranos parroquianos de, por ejemplo, el bar de la estación Sáenz Peña, del ferrocarril San Martín, oían y disfrutaban de la cultura de este italiano de crianza british y adultez argenta que sabía de arte, de historia, de cómo viven en la alta sociedad europea y de lo placentero que era para él oler y ver a la gente desde cerca. O en un recital de Sumo, hacer subir a un mozo amigo de algún bar, para que le sirviera una medida de ginebra en pleno show y en vez de cantar “yo quiero a mi bandera” le cambiase la letra por “yo quiero a mi bandeja”.
Así era Luca Prodan quien, en definitiva, vivió como quiso. O, mejor dicho, terminó su vida como se le dio la gana. En el lugar que quería, como quería. Si, como alguna vez contó su hermano, debió haber muerto tras aquel coma por sobredosis de heroína en Londres, transitó el bonus track que le dio el destino escupiendo su irreverencia e ironía, con la satisfacción de no engancharse con cosas que no quería. Si ser rockero lo obligaba a formar parte de un sistema al cual él negaba, prefería quedarse afuera.
“Me di cuenta de joven de lo que es esta sociedad. Yo fui a un colegio que es el mejor de Europa, van los hijos de los reyes, de los tipos que tienen mucha guita. Yo fui ahí y era muy rebelde aunque muy bueno en las materias. Me dieron una beca para la Universidad de Cambridge pero no fui. Yo me re di cuenta. Acá, en Argentina, el colegio es todo a los golpes: ‘¡Nene! ¡Pah! ¡San Martín! ¡Pum!’ Allá era todo: ‘Tenemos que ser buenos’. El argentino es inteligente y sensible, se da cuenta. Pero donde yo fui, era todo ‘vos sos vos’. Te daban un librito donde anotabas las cosas que tenías que hacer a diario: dos duchas frías, dos duchas calientes, dos veces lavarte los dientes, veinte lagartijas. Y tenías que poner: ‘Sí, lo hice’ o ‘No, no lo hice’. Ponías si llegabas tarde una clase o a dormir. Se llamaba ‘The trust system’, el sistema de la confianza… Y era una mentira total”.
Luca murió solo, tenía 34 años. La sobredosis fue de alcohol y fue lenta, duró cinco años, el tiempo en el que, sin darse cuenta, empezó a transformarse en un referente para una porción social. Un marco que, como suele ocurrir, se magnificó en la muerte y lo hizo convertirse en un objeto de culto. Su pelada con las venas inflamadas puede verse en montones de remeras y su nombre leerse en muchos DNI. Antes, era “Lucas”, como el santo del Evangelio. A partir de Prodan, a la “s” se la tragó el diablo.
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