De una cocina casera a un local en Montevideo. La historia de Carlos Faiasso, de ADN emprendedor, quien apostó por el sushi cuando en la ciudad no existía.
Durante años, para muchos vecinos de Plottier comer sushi implicaba subirse al auto y viajar hasta Neuquén capital. La ciudad, históricamente ligada al comercio de cercanía y a una oferta gastronómica tradicional, todavía no había incorporado esa experiencia que en otras grandes urbes ya formaba parte del consumo cotidiano. Ese vacío fue el punto de partida -aunque él todavía no lo sabía- para que un emprendedor neuquino transformara una curiosidad en un proyecto de vida que hoy ya traspasó fronteras.
Carlos Faiasso es tercera generación de plottierenses y creció, literalmente, detrás de un mostrador. Hijo de comerciantes, se formó en una familia donde el trabajo fue siempre el motor. Su madre, Esther Castillo, hoy con 88 años, fue pionera en más de un sentido: fue la primera camionera de Plottier y también la primera mujer en abrir una carnicería en la ciudad.
“Es una mujer con una energía increíble, una fuerza que nos marcó a todos”, resumió Carlos al hablar de quien, desde el accidente de su padre que lo dejó postrado hasta sus últimos días, se hizo cargo de la familia y sacó adelante a sus hijos.
Ese ADN emprendedor no es un eslogan: es una herencia. “Siempre acompañé a mi mamá desde chico”, contó. Mientras muchos niños pasaban las tardes jugando, él aprendía sin darse cuenta cómo se construye un comercio, cómo se cuida al cliente y cómo se sostiene un proyecto incluso en los momentos difíciles. Su hermana también siguió ese camino y hoy está a cargo del área comercial de Naranja X. La cultura del trabajo fue, para los Faiasso, una escuela permanente.
Aunque su recorrido laboral incluyó pasos por organismos del Estado y el periodismo -llegó a trabajar en RTN-, Carlos sentía que necesitaba algo más. “Sabía que tenía que activar un plan B”, admitió. No se sentía cómodo con la rutina ni con la dependencia de estructuras ajenas. La chispa que encendió ese plan alternativo apareció casi por casualidad, durante un viaje familiar a Buenos Aires, hace más de dos décadas.
En un viaje a Buenos Aires para visitar a su hermana quedó atrapado en un piquete que demoró el trayecto durante horas, y su hermana improvisó una promesa: “Quedate tranquilo, yo te espero acá con sushi”. Cuando finalmente llegó a destino, su hermana lo esperaba con una bandeja. La experiencia fue reveladora. “Me encantó”, recordó. Y enseguida apareció la idea: “Esto lo tengo que llevar a Plottier”.
Cocina con olor a familia
La cocina no le era ajena. En su familia siempre se cocinó y su abuelo había sido cocinero. Pero esta vez no se trataba solo de reproducir un plato: se trataba de entender una cultura gastronómica completamente distinta. Convencido de que debía formarse con los mejores, empezó a buscar contactos hasta lograr vincularse con Iwao Komiyama, uno de los grandes referentes del sushi en la Argentina. De origen japonés, Komiyama fue clave en la difusión del sushi en el país, y con él Carlos inició una formación rigurosa. Luego continuó perfeccionándose con otros maestros japoneses.
“Primero me formé yo, antes de pensar en cualquier negocio”, explicó. Se convirtió en sushi man, tomó cursos, talleres y entrenó durante años. Recién entonces decidió dar el primer paso concreto: montó una pequeña cocina en su propia casa y creó una página web que funcionó como puerta de entrada a la marca. En una época en la que el comercio online todavía no era masivo, el proyecto tenía una premisa clara: que el pedido se hiciera por la web y que el cliente pudiera hacer un seguimiento de la elaboración.
Ese enfoque fue una de las claves del éxito. Durante tres años vendió de manera casi “under”, siempre priorizando el canal digital. “Fuimos la primera marca de sushi de la Patagonia en vender de manera online, desde Neuquén hacia abajo”, destacó. Mientras otros locales dependían exclusivamente del mostrador, Faiasso ya había aceitado un sistema de pedidos y delivery que resultaría vital poco tiempo después.
Hace nueve años abrió finalmente el local a la calle: Sushi Mak, en Santa Fe Norte 22. No fue una decisión menor: en la ciudad no existía ninguna propuesta similar. El sushi era todavía una rareza y el consumo estaba dominado por la pizza o la hamburguesa. Sin embargo, el impacto fue inmediato. “Generamos un movimiento importante en los hábitos de consumo”, señaló. Plottier empezó a cambiar, y el sushi dejó de ser algo exclusivo de la capital neuquina.
El crecimiento de la ciudad también jugó a favor. La llegada de personas de Rosario, Buenos Aires o La Plata -ciudades con una historia gastronómica distinta- amplió la demanda y aceleró el proceso. De ser los únicos, pasaron a convivir con tres o cuatro competidores. Aun así, Faiasso nunca cambió la premisa original: calidad de ingredientes, seguridad alimentaria y una experiencia integral que empieza mucho antes del primer bocado.
El packaging, el cuidado estético de cada pieza y la innovación constante se transformaron en marcas registradas. “Siempre estamos creando piezas nuevas, opciones distintas, para que el cliente se anime a incursionar dentro del mismo producto”, explicó. La competencia creció, pero también lo hizo la exigencia. “Hoy hay que cuidar al cliente, mimarlo, ponerlo en primerísimo lugar”, destacó.
La pandemia fue un punto de inflexión. Mientras muchos comercios gastronómicos luchaban por sobrevivir, el sistema de venta online y delivery ya consolidado permitió sostener la actividad. “Nos salvó tener aceitado el mecanismo”, reconoció. Hubo clientes a los que nunca les vio la cara, pero que siguieron eligiendo la marca incluso en el peor momento.
Despegue internacional
Con el negocio consolidado en Plottier, el siguiente paso parecía improbable, pero estaba latente desde hacía tiempo. Uruguay siempre fue, para Carlos, un país atractivo desde todo punto de vista: cultural, político y social. Durante un crucero familiar, bajó en la Ciudad Vieja de Montevideo y quedó enamorado. La idea quedó dando vueltas hasta que, en un segundo viaje, el destino volvió a empujar. Conoció a personas vinculadas a la cocina, estrechó lazos y empezó a imaginar algo más grande.
El desembarco se concretó en el barrio La Aguada, detrás del Palacio Legislativo, sobre Panamá y Acuña de Figueroa. No fue una elección al azar. “Tiene un simbolismo muy fuerte”, explicó: era el lugar donde las autoridades españolas se abastecían antes de largas navegaciones. Hoy, ese punto histórico alberga una marca nacida en Plottier.
La primera sucursal de Sushi Mak en Montevideo lleva casi un año de funcionamiento y seis meses plenamente activa. El proceso es lento, porque el consumidor uruguayo es “estudioso”, observó Faiasso: primero analiza, después confía. El equipo local está compuesto por encargados y colaboradores, mientras él viaja cada dos meses para supervisar. “Yo hago el seguimiento del producto. Soy el que le da el visado final”, afirmó. Si una caja no cumple con la estética o la calidad esperada, vuelve atrás y se rehace.
La exigencia no es negociable. “Muchas veces retrocedemos y volvemos a hacer todo”, dijo. El crecimiento no le quitó la obsesión por el detalle. Al contrario: la reforzó. El objetivo ahora es claro: consolidar la marca como un estilo propio, desarrollado en Plottier, con proyección internacional y con la mirada puesta en un sistema de franquicias, siempre dentro de una lógica de locales propios y controlados.
Detrás de cada paso, el sostén familiar sigue siendo fundamental. Sus hijos, Giana Antonella y Santino Donato, y su madre fueron y siguen siendo parte del aguante cotidiano. La historia de Carlos Faiasso no es solo la de un local de sushi que cruzó fronteras: es la de un neuquino que convirtió la herencia del trabajo en un proyecto que nació en una cocina doméstica y hoy sirve piezas en Montevideo, sin perder el acento ni el origen. De Plottier al mundo, con arroz, pescado y una convicción intacta: emprender también es una forma de identidad.
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