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La Mañana PJ neuquino

Gaucha, reina y peronista: el largo camino de la vicepresidenta del PJ neuquino

La interna partidaria la dejó en el centro de la polémica. En la intimidad, Anahí Valdez toma el guante y habla de política, caballos, lealtades, belleza y amor.

Anahí Valdez abre la puerta de El Chancho Rengo y el grupo de hombres que ocupa varias mesas en el centro de la confitería se da vuelta para verla entrar. Algunos se paran a saludarla, otros se limitan a un leve movimiento de cabeza, pero para ninguno pasa desapercibida.

Son varones de la política zapalina: algunos del PJ, del histórico MPN, empresarios y otros de distintas fuerzas políticas. El lugar que eligió Anahí para conversar sobre su vida, en la esquina de Avenida San Martín y Etcheluz, es el epicentro de la rosca local.

Anahí le pide un té a la moza que se acerca a recibirnos. Antes le pregunta por su madre y habla de una reunión en la básica. Me sorprende su elección y lo percibe:

Soy gaucha y no tomo mate. Soy peronista y no como choripán: soy una distinta.

Hay mucho de rupturista en la vida de Anahí, aunque es una mujer de tradiciones. No se trata de osadías, sino de justicia, y de ahí no se corre. No lo dice: lo deja ver en su tono de voz, firme y asertivo. Fue la única presidenta mujer en la historia de las federaciones gauchas de Argentina y también la única delegada mujer en Jesús María. Posiblemente haya sido, además, una de las poquísimas personas que intentaron entrar con un rebenque a Casa de Gobierno.

Cuando nombra su cargo en el PJ dice vicepresidente y no vicepresidenta.

Anahí empezó a militar en el Partido Justicialista antes de besar por primera vez a cualquier pibe. Era una niña cuando su papá, Héctor Valdez, la llevaba a la unidad básica. Héctor era peronista de hecho, no de tradición. Su familia era radical, pero él era un hombre del pueblo: del Club Don Bosco, del centro tradicionalista, del campo, amigo de la paisanada y del patrón. El terrible Valdez, lo llamaban en Zapala. Un tipo querido, capaz de darte las llaves de su camioneta si te quedabas a pata.

Anahí andaba por todos lados con su papá. Él le decía “la gaucha”, quizá porque, de Sandra, Susana y Marisol, era la que más le hacía la segunda para ir al campo.

—Yo nunca hice política, toda la vida fui peronista. No sé cuándo empecé, ¿entendés? —dice.

Recuerda la vez que, jugando en el baldío de al lado de la casa de la tía Raquel, encontró una suerte de estatuilla de bronce de Evita. La llevó a su casa y quedó en exposición permanente, como los cuadros de Perón y Eva que colgaban en el comedor, fuera dictadura o democracia.

A los doce se codeaba con la muchachada diez, quince años mayor, con la que después fundó la Juventud Peronista Provincial. Fue congresal nacional de la JP y durante toda su carrera universitaria se sentó en la mesa de conducción nacional, pero eso fue después, mucho después.

Antes fue una piba que se formó en la Iglesia católica, muy activa en los grupos juveniles. Antes aprendió a amar los caballos en la estepa del centro neuquino. Antes fue niña y mujer en una casa de mujeres, con un padre amoroso pero firme que decretó:

—Ustedes no van a depender de ningún hombre, excepto del que tienen acá, que es su padre.

—De acá no se va nadie sin un título.

El hombre llega hasta dónde la mujer lo deja.

Así las cosas. De la escuela a la iglesia, de la iglesia al campo, del campo a la casa: la liturgia peronista.

La reina

De pelo suelto, el rostro maquillado y los labios pintados, el pantalón claro ajustado, botas de montar marrones, chaleco tejido y una camisa blanca impecable, Anahí Valdez entra al predio de los Gauchos de Moquehue. Es la fiesta de Cortando Rastros y el preselectivo a Jesús María. Los hombres de la organización que la ven llegar sueltan sus quehaceres y corren a saludarla con cortesía. Luego, ella y la comitiva que la sigue desaparecen detrás de la nube de polvo que se levanta desde el campo de jineteada.

Noviembre de 2019. Es la primera vez que veo a Anahí y me impacta la seguridad con la que camina entre tantos señores. Los conozco. Estuve en algunos detalles del festejo: son tipos bravos. Es una de ellos, pero aun de boina parece una reina.

Una vez fue reina. Eran principios de los 90 y Edgardo Sapag era intendente de Zapala. Para postularte a soberana de la belleza, tenías que tener banca. Anahí se presentó con el sello del PJ y ganó. Un tiempo después, fue parte de Las grandes divas y yo, el desfile de Paco Jamandreu en el Teatro Amado Sapag. Era la segunda vez que el modisto de Eva Perón venía a Zapala. Ese día, con orgullo, desfiló algunos vestidos de la madre de los descamisados.

Pero el corazón de Anahí siempre estuvo en el campo y también en los caballos. Cuando era chiquita, tenía en el campo de sus papás un caballo de carrera que él le había regalado y, unos años después, un amigo de su padre también le regaló una yegua colorada. De ahí que, cuando pudo, fue por eso.

Recuerda el tiempo en que cobró los sueldos de un trabajo importante. Estaba ahorrando para comprarse un auto, pero como vivía con sus padres, como aún podía darse el lujo de hija, esperó un poco más y eligió una porción de tierra.

Su padre estaba feliz con esa porción de tierra de su hija, a la que llamaron Puesto Gaucho. Ahí pasaban horas, como si el tiempo nunca hubiese avanzado. Un día se entusiasmaron con la idea de criar caballos criollos, pero antes de poder concretarlo, Héctor Valdez murió. Unos meses después, aún con el corazón tristísimo, Anahí viajó a La Rural a comprar su primera yegua criolla y empezar otro reinado.

La Gaucha

Anahí tenía una tienda de ropa en el centro de Zapala. Una tarde, estaba ahí trabajando, muy dolida por la muerte de su papá. Ya había empezado con el tema de los caballos criollos, pero le faltaba algo para honrarlo. Entonces se le ocurrió hacer una fiesta gaucha. Enseguida fue a ver a sus hermanas y a su mamá. Lo que empezó como una idea vaga, a los meses fue una realidad. Hasta noche de gala tuvieron los gauchos, que durante más de una década celebraron su fiesta zapalina.

De vuelta en los asuntos gauchos, Anahí se enteró de que peligraba la personería jurídica de la Federación. Pidió varias reuniones, hasta que un domingo fue convocada a una asamblea en Cutral Co. Hasta ahí fue acompañada por su hermana Susana. Querían estar, ponerse a disposición para evitar que la institución que había impulsado su padre se cayera a pedazos. Pero volvió convertida en la primera mujer presidenta de la Federación después de ser votada por la mayoría de los gauchos neuquinos.

—Yo no vengo acá a que nadie me cuente las costillas, no vengo con nada armado bajo el poncho. Si yo voy a ser la presidente de la Federación, esto se construye en equipo.

Anahí recuerda esos tiempos como bravíos y hermosos. Nada fue fácil, hubo que dejar el pellejo y cuidarse al mismo tiempo.

Entre las grandes acciones que se gestaron durante su mandato estuvo la marcha a Gobernación, en agosto de 2019. Había una campaña nacional para cancelar las jineteadas y la organización gaucha a nivel nacional estaba organizando un encuentro en Luján. Para Anahí, ir era una oportunidad, pero sintió la necesidad de hacer acciones concretas acá, en su provincia.

Convocó a sus gauchos, convocó a los amigos y a la familia. A pulmón, armó una inmensa marcha de caballos y jinetes para ir a entregarle un proyecto de ley al entonces gobernador Omar Gutiérrez. No se trataba, sostiene, de discutir el maltrato animal: los gauchos aman a los caballos, que son sus compañeros indispensables. Se trataba de defender las raíces de la cultura popular y jerarquizar la actividad, proponiendo que fuera considerada un deporte.

Salieron a las 3 de la mañana desde Zapala con trescientos gauchos montados y, en el hipódromo de Neuquén, los esperaban cuatrocientos más que habían llegado desde otros puntos de la provincia.

No fue posible ver al gobernador. Si bien se acercaron algunos legisladores, como Pereyra, Mansilla y Bongiovani, a recibir el proyecto, Anahí no titubea en decir que Gutiérrez les dio la espalda.

Quizá por eso, dice que nunca recibió ayuda del gobierno provincial para ir a Jesús María, fiesta popular de la que tuvo el honor de ser la primera delegada mujer, rompiendo una terrible tradición de 56 años. Dice que una vez el entonces intendente de Pehuenia, Sandro Badilla, puso a disposición una traffic para que pudiera viajar la delegación, pero el resto de las veces los gastos salieron de su bolsillo, del de su madre y del de sus hermanas.

—Nunca jamás nos dieron nada. Pero te juro que mientras yo fui presidente de la Federación, a ningún gaucho neuquino le faltó nada en Jesús María.

La peronista

Tiempos de cambios adentro y afuera. Murió la mamá de Anahí.

—Papá podía todo porque mamá sostenía todo.

Pasan los meses, incluso los años, y a Anahí aún le cuesta aceptar la orfandad. ¿Acaso se puede algún día? Pero este año se arremangó y quiso volver a la vida pública, en el espacio de sus amores, del que jamás sacó el pie: el Partido Justicialista.

—Cuando decidí jugar la interna, hablé con Dios y le dije: “si vos considerás que yo sea un nexo entre vos y el que más necesita para llegar a un lugar de poder, permitime ganar la interna, permitime ganar la local, la provincial y llegar”.

Se puso en manos de Dios.

Las elecciones del PJ dieron por ganadora a la fórmula que integró Anahí sobre el parrilismo. Sin embargo, antes de la votación, los acuerdos con el Turco Asaad empezaron a resquebrajarse y terminaron por romperse aún con la urna tibia.

—Toda una vida de querer cambiar la realidad de mi partido, de querer demostrarles a los de adentro y a los de afuera que se puede hacer política desde otro lugar, que se puede respetar al militante, a la gente sin necesidad de que todo sea un arreglo para lograr el poder. Y bueno, tuve el tropiezo de mi compañero de fórmula. Ambos llegamos con distintos objetivos. Yo llegué con el objetivo de poder posicionar el partido en el lugar donde siempre estuvo: el partido más importante del país, el de la justicia social, el que está al lado del pueblo. Y mi compañero de fórmula llegó queriendo entregarlo.

Anahí guarda cierta esperanza, aunque las cosas hacia adentro del PJ parezcan un gran campo de batalla. Tiene serios motivos para estar enojada: los enumera en hechos, en faltas a la verdad. Pero dice también que es una mujer de fe. Más allá del desencuentro, confía en que el camino se va acomodar. Lo que no tolera es la traición ni a las personas ni a las banderas. También tiene hambre de hacer. Ya lo dispuso para sus días y no está acostumbrada a doblegarse. Hasta desliza que le gustaría ser diputada.

Sobre Figueroa, dice que ella siempre elige confiar en el pueblo, dice que ojalá continúe el rumbo que le propuso al electorado y deje de alinearse al que propone el gobierno nacional. Pero dice que no está para tolerar avivadas:

—Una cosa es que el día de mañana pueda surgir una alianza desde el peronismo, y otra muy distinta es estar trabajando para Figueroa.

Y agrega:

—No soy una improvisada: si yo soy presidente de la Federación es porque primero soy gaucha, no porque me quede el sombrero. Y si soy presidente de mi partido, es porque soy militante y soy dirigente. En ese orden. No hago nada porque me la contaron, o porque soy la hija de. Yo caminé la calle y yo me preparé para esto.

Apago el grabador. Anahí habla de amor. Del compañero con el que construyó el camino durante años y ya no está, pero sigue caminando a su lado. Del compañero que ahora ilumina sus días. Para Anahí el amor también es lealtad. Hable de lo que hable: no pierde la sonrisa, ni suelta el lazo gaucho que lleva atado en el llavero.

Nos acercamos a pedir la cuenta. La moza dice que no se preocupe, que ya la pagó un caballero.

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