La cooperativa que nació de la necesidad y lleva más de una década produciendo dulces en el Alto Valle
Desde una cocina y con una olla prestada, un grupo de mujeres de Fernández Oro transformó la precariedad laboral en un proyecto colectivo que hoy tiene su propia fábrica.
Años atrás, en una cocina y con una olla prestada, un puñado de mujeres encontró la respuesta a una pregunta que las atormentaba: qué hacer cuando el trabajo no aparece. No había capital, ni estructura ni certezas. Había necesidad. Y, frente a eso, decidieron transformar lo poco que tenían en una oportunidad.
Corría el 2010 cuando un grupo de vecinas de Fernández Oro empezó a reunirse para pensar cómo salir adelante. Tenían edades distintas y trayectorias marcadas por la precariedad —madres solteras, trabajos informales, historias familiares duras—, pero compartían algo esencial: la voluntad de cambiar su realidad y construir algo propio.
Inés Ríos, hoy de 61 años, fue una de las impulsoras de ese primer encuentro. Junto a Elma Pereyra (90), Olga Godoy (75) y otras mujeres, dio forma a lo que con el tiempo se convertiría en MOA, la cooperativa que les cambió la vida.
“Nosotras éramos pobres, pero no tan pobres, teníamos algo: ganas”, recuerda Inés. Esa mezcla de urgencia y decisión fue el punto de partida de un proyecto que, con los años, dejó de ser una idea para convertirse en una fuente de trabajo real.
Los inicios de MOA
“La única diferencia con el resto era que yo tenía un trabajo formal, pero veníamos de generaciones de familias muy humildes”, cuenta Inés. Aunque trabajaba como portera y empleada doméstica, con tres hijos a cargo, llegar a fin de mes seguía siendo un desafío constante. El esfuerzo parecía nunca ser suficiente.
Pero la inquietud no era solo individual: era compartida. Junto a otras vecinas empezaron a preguntarse cómo generar ingresos, cómo salir adelante, cómo cambiar esa realidad. La primera reunión fue en su casa. Eran 19 mujeres; con el tiempo, quedarían menos.
No había dinero para invertir ni posibilidades concretas de emprender en el sentido tradicional. Entonces miraron alrededor. “Estamos en una zona donde sobra fruta que se desperdicia”, pensaron. Lo que el mercado descartaba podía convertirse en una oportunidad.
Así empezaron. Con una olla prestada y saberes básicos, produciendo dulces caseros. Se reunían una o dos veces por semana en la casa de Inés, entre horarios de trabajo, hijos y responsabilidades. Era poco, pero alcanzaba para poner en marcha algo mucho más grande.
Así nació MOA. El nombre surgió de esos primeros encuentros: “Éramos todas mujeres, de Fernández Oro, y queríamos accionar para hacer algo”, explica Inés. Mujeres de Oro en Acción no solo las identifica, sino que también marca el espíritu del proyecto: moverse, organizarse y transformar su realidad juntas.
Un proyecto de ayuda mutua
Durante los primeros años no producían una gran cantidad de dulces para comercializar. Todo lo que salía de esa cocina se repartía entre las integrantes del grupo y sus familias. Era una forma de alivianar lo cotidiano, de sostenerse entre todas.
“Lo que hacíamos era para repartir —recuerda Inés—. Comprábamos azúcar entre todas y, si alguna no podía, igual se le guardaba su parte”. En ese intercambio, más que un emprendimiento, empezó a construirse algo más: un vínculo basado en la solidaridad.
Cada una aportaba desde donde podía. Algunas con dinero, otras con tiempo, otras con ganas de aprender. “Se generó un espíritu muy lindo de colaboración. Todas ponían algo, y si no, al menos venían a hacer, a estar”.
Esa fórmula fue el sostén de los primeros años. En un contexto donde el acceso al trabajo formal era limitado, el grupo se convirtió en una red de contención, pero también en un espacio de construcción.
El salto a conformar una cooperativa
Con el tiempo, Inés empezó a sentir que eso no alcanzaba. “A mí me daba vueltas en la cabeza que esto, si bien ayudaba, no era la solución. La solución era el trabajo”, cuenta. El grupo funcionaba como sostén, pero no resolvía las necesidades de fondo.
“¿Qué podíamos hacer si éramos la mayoría mujeres ya con una edad? Había algunas que tenían chicos con discapacidad o problemas de salud. Gente que queda excluida del mercado laboral”, explica.
En paralelo, el proyecto empezaba a hacerse visible. Con una etiqueta simple, comenzaron a vender en ferias y a participar en fiestas populares donde les daban lugar. Incluso llegaron a hacerse una bandera, pintada a mano. La comunidad empezaba a reconocerlas.
Fue en ese contexto que apareció una nueva idea. Empezaron a interiorizarse en el cooperativismo como una posible salida. “Yo algo había leído y me gustaba, porque daba un marco legal y equitativo”, recuerda. En 2012, todavía como grupo, comenzaron a dar los primeros pasos hacia algo más grande.
Ese crecimiento también llamó la atención del municipio orense, que las convocó con una propuesta inesperada: formar parte de un futuro parque agroindustrial en la localidad. “Ni siquiera conocíamos el lugar —dice Inés—. Era difícil creérnosla”.
El camino hacia la formalización no fue sencillo. Hubo errores, trámites demorados y papeles que no avanzaban. “Nos equivocamos mucho. Eran otros tiempos, no teníamos ni celulares y veníamos todas de contextos humildes”. A pesar de todos los traspiés, no se detuvieron.
Recién en 2016 obtuvieron la matrícula. Para entonces, ya contaban con algunas herramientas gestionadas a través del acompañamiento estatal, aunque todavía no tenían un espacio propio para trabajar. Ese paso marcó un antes y un después: dejaron de ser un grupo para convertirse en una institución.
“Si no hay trabajo para nosotras, nos lo vamos a inventar”, resume Inés. Con la cooperativa en marcha, el proyecto dejó de ser un sueño para empezar a convertirse en realidad.
Años de resistencia
Antes de llegar a una fábrica, hubo años de trabajo en la casa de Inés. Casi una década de producción artesanal, de organización comunitaria y, sobre todo, de persistencia frente a la falta de recursos.
“A veces no teníamos para comprar fruta. Íbamos con un carrito a las chacras, pedíamos, juntábamos lo que podíamos”, recuerda. También recibían donaciones o descuentos de verdulerías y vecinos que conocían el esfuerzo que estaban haciendo.
El proyecto creció en medio de esas pequeñas redes de solidaridad. Cada temporada implicaba salir a buscar materia prima, organizarse como podían y sostener la producción con lo mínimo indispensable.
Uno de los gestos más recordados es la recolección de frascos. “Llegué a tener miles en casa. Me llevaban al colegio y me los traía en colectivo, o la gente los dejaba en la vereda si no me encontraba”.
De la cocina a la fábrica
El gran cambio llegó en 2020, cuando finalmente accedieron a un galpón en el parque agroindustrial. Fue el resultado de años de gestión, espera y acompañamiento estatal que recién entonces se materializó. “Pasar de una ollita a una fábrica fue tremendo”. El salto no fue solo en escala productiva, sino también en la forma de pensar el trabajo.
Hoy el grupo está conformado por unas 12 personas. La mayoría son mujeres, aunque también se sumaron algunos varones. La dinámica sigue siendo cooperativa, con tareas que se distribuyen según las necesidades del momento.
“No hay jefes. Todas trabajan con compromiso”, asegura Inés con orgullo. Cada una de las integrantes asume su rol con responsabilidad, sin necesidad de que alguien esté detrás marcando qué hacer. En la fábrica, el ritmo se sostiene solo.
Las tareas se reparten, se anticipan, se resuelven sobre la marcha. Si hay fruta que procesar, se procesa. Si hay que salir a buscar materia prima, se organizan. “Llegás y están todas trabajando, no hace falta decir nada”.
Ese compromiso no es casual. Es el resultado de años de trabajo y de entender que lo que está en juego es propio. Ahora producen en mayor cantidad, con mejores condiciones y nuevos desafíos. Pero el espíritu sigue siendo el mismo: sostener un proyecto que nació desde abajo y que todavía se construye todos los días.
Los más importante: cuidar los valores
A lo largo de los años, hubo algo que no cambió: la forma de mirar la vida. “A nosotros nunca nos sobró, pero siempre alcanzó para compartir”, dice Inés, demostrando que ninguna hubiera llegado hasta acá sola y la importancia de haberse unido para luchar contra la adversidad.
No se trata solo de producir y vender, sino de sostener valores que muchas veces son dejados de lado: la solidaridad, el respeto, el compromiso con el otro.
“Cuesta soñar cuando estás en una situación difícil”, reconoce. Sin embargo, insiste en que ese fue el primer paso. Animarse a imaginar algo distinto, incluso cuando todo parecía en contra.
Hoy, con una cooperativa en funcionamiento, una fábrica en marcha y años de historia detrás, MOA es más que un emprendimiento. Es la prueba de que, incluso en contextos difíciles, es posible construir.
“Nosotras no sabemos si vamos a ver todo el fruto de esto —dice Inés—. Pero sabemos que hicimos un camino”. Y en ese camino, no solo encontraron trabajo: también dejaron sembrada una semilla para las generaciones de mujeres que vendrán.
Te puede interesar...









