No hay nada de feliz en mis cumpleaños
Cumplir años un 11 de enero es una verdadera desgracia. No debe haber cosa más decepcionante que — pese a que la lista superaba los más de 40 invitados- nunca hayan asistido a mi fiestita más de 5 personas. Ver como la torre de sándwiches de miga que preparaba mi mamá empezaba a orejearse por el calor y porque no había gente para comérselos, te juro que era más deprimente que quedarse viendo en Crónica TV un recital de Juan Ramón.
La ilusión de que el cumpleaños fuera una fiesta no era sólo mía, también de mi familia. Mi hermana preparaba juegos del estilo del Paquete y el de la silla y mi vieja, optimista, creyendo que ese año iba a revertirse la situación, preparaba morfi para un batallón que evidentemente prefería ir a la guerra antes que a mi cumpleaños. Tan pero tan tristes eran que de esos tres deseos que se piden antes de soplar la vela, siempre me gastaba uno deseando una mayor concurrencia en la celebración del siguiente año.
Para cambiar la onda de los cumpleaños con sabor a bingo de la tercera edad — mis abuelos y tíos eran los únicos que hacían bulto- para mis 7 años a mi papá se le ocurrió alquilar una canchita de fútbol 5. Para ese dos contra dos que terminó siendo el partido, las dimensiones de ese reducto de alfombra adquirieron el tamaño del Estadio Azteca.
Proporcionalmente a la cantidad de invitados eran los regalos recibidos; a veces menos. Como hacía pocos días habían llegado Papá Noel y los Reyes Magos, en muchas ocasiones se me armaba “un combo” y para el 11 de enero ni siquiera recibía regalo por parte de mi familia. Unos días antes de que llegara “El Gran Día” fantaseaba con que alguien iba a traerme la Sega o alguno de los juegos de mesa que promocionaban en “The Big Chanel”. La ilusión acababa antes de abrir los regalos. Los paquetes ya venían con forma de cartas o de perfume “Paco”: “ahí no entra una Sega” pensaba mientras simulaba una euforia exagerada por el recibimiento de ese perfume que “tanta falta me hacía”. No cabía la posibilidad de ser descortés. Asistir a mi cumpleaños representaba semejante acto de lealtad que me gustaba hacerle sentir a la gente que eso que me habían traído era lo mejor que podía haber recibido.
Lo bueno de recibir poco es que cada presente termina siendo inolvidable: a los siete años, los mellizos Barreiro me regalaron un Plusbelle de Manzanilla. Juro que es cierto. La madre era soltera, trabajaba en una perfumería, le costaba llegar a fin de mes y bueno, al menos los hacía llegar a mi fiesta con un paquete para romper. A los ocho, Ernestina, la señora que me cuidaba, me regaló una remera de Iron Maiden. Después estaban las fijas de todos los años: Mi abuela Amelia calzoncillos, la tía Pupy pañuelos de tela y Griselda un gel fijador.
De grande, antes de que la fecha produzca algún daño irreparable en mi esfera psicológica, decidí hacer lo que denominé “El no cumpleaños”: Me fue bastante mejor. Desde un tiempo a esta parte, la fecha de natalicio me encuentra de aventura, nunca en mi casa y pasando grandes e inolvidables días. He soplado la vela en Isla Barú, en San Martín de los Andes, en Purmamarca arriba del cerro de los Siete Colores y este último a orillas de un lago inmenso de agua transparente junto a mi amor. Ella me regaló una guitarra, mi primer guitarra, hermosa, equivalente a la Sega que deseaba de niño.
Nunca voy a olvidar este regalo, como tampoco aquel shampoo de Manzanilla.
Te puede interesar...









