Una escopeta que cargamos todos
La violencia escolar no es fenómeno aislado sino un reflejo de la agresividad que nos atraviesa en todos los ámbitos.
Plottier, Neuquén. Epet 9. Dos alumnas de 2° año se trenzaron a piñas y patadas en el pasillo de la escuela y el video no tardó en viralizarse por los celulares de todos sus compañeros. San Cristóbal, Santa Fe. Escuela Normal Mariano Moreno N°40. Un estudiante de 15 años sacó una escopeta de su mochila y disparó. Los videos, que también son virales en todo el país, no llegan a dimensionar el horror, con un alumno de 13 años muerto a causa del ataque y un pueblo desarmado por el dolor y un pacto social roto.
La tragedia de la escuela santafesina es la expresión más grave de un síntoma que vemos -y elegimos ignorar- desde hace mucho tiempo. Como si un suicidio dentro de un aula del Colegio Nacional de La Plata o una alumna atrincherada en Mendoza no nos hubieran alertado nada. Como si los tiroteos fatales de los casos que los medios nombraron “Junior“ o “Pantriste“ fueran sólo efemérides olvidadas. Como si esa violencia que nos espanta en la escuela no la viéramos, en realidad, en todas partes.
Con la escopeta ya gatillada, aparecen el dolor y los dedos acusadores, las responsabilidades difusas y ese debate pendiente sobre el bullying que siempre estamos a punto de hacer, pero que nunca hacemos. Y no vemos que esa expresión descarnada de la violencia, que tanto nos espanta cuando la protagonizan niños y adolescentes, es en realidad el espejo de la agresividad que nos caracteriza. Si la escuela no está aislada del resto de la sociedad, ¿cómo no va a desnudar una violencia enquistada desde hace mucho que, de tan habitual, se volvió invisible?
El cartucho de esa escopeta lo cargamos todos. En las discusiones de tránsito, en los comentarios de odio en redes sociales, en los discursos políticos en el Congreso, en las bromas crueles y en las normas de respeto que ya no cumplimos. El adolescente de Santa Fe sólo apretó el gatillo. Y ahora, con un desenlace fatal, nos sentimos desamparados ante nuestras propias acciones.
La escuela se desdibuja de nuestros recuerdos infantiles y ya no es ese templo incorrupto con risas del recreo y el himno frente a la bandera. Ya no es más un refugio sino otro campo de batalla donde hoy, tras una elocuente derrota, los pabellones se izan a media asta. Y ahora, devolverle a la escuela su virtud costará todavía más. Pero sólo depende de nosotros, de nuestra profunda reflexión para ver y corregir cada bala que cargamos en la escopeta y que puede llegar al alcance de los niños.
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