Cómo se vivió la asunción de Javier Milei
Miles de personas llenaron la Plaza del Congreso para vivir la toma de mando del nuevo presidente.
En "A través del espejo", la secuela de "Alicia en el País de las Maravillas”, Lewis Carrol cuenta cómo la protagonista se aventura a través de un espejo para descubrir un mundo invertido y surrealista, lleno de personajes llamativos y situaciones absurdas. Ayer en la Plaza del Congreso la sensación era similar. Con la asunción de Javier Milei, Argentina entró a un mundo cuyas reglas son difusas, desconocidas. Y en especial representan la contracara o el reflejo del reflejo de una realidad cuyos personajes son los argentinos fantasmagóricos. No los marginados por el sistema, sino los que nunca están en ninguna estructura estatal, los que no se cuentan, quienes no van a ninguna marcha, los raros pero también los tan normales que son raros. Ningún rastro de sindicatos o piqueteros, de pobres reunidos en organizaciones sociales. Tampoco señoras con cacerolas, tractores de la Mesa de Enlace, jubilados que reclaman por sus haberes.
En ningún momento siquiera se sintió un leve aroma a choripán, ni se vieron grupos de personas, mujeres acompañadas por amigas o compañeras, militantes con bombos y pancartas o banderas. Eran personas solas, atomizadas, con ninguna otra esperanza que la esperanza de quemar todo y empezar de nuevo. Más que una manifestación alegre por la llegada de un nuevo mandatario, lo de ayer fue una expresión tanática, una pulsión por satisfacer un deseo que nació ya cansado, agotado, invisible. Porque hay algo que compartimos todos los argentinos, votantes o no de Milei: cansancio y agotamiento, ya sea que nos movilice el amor o el deseo, la esperanza o el odio.
En términos freudianos, cuando en sus épocas doradas el kirchnerismo decía “La patria es el otro” o “El amor vence al odio” apuntaba más bien al amor por el objeto (por ejemplo, a Cristina como emblema de liderazgo) o al amor narcisista, donde el individuo ama una extensión de uno mismo, a un compañero o a ese “otro” del slogan kirchnerista. Vemos en los demás similitudes que nos generan empatía, la igualdad, lo esencial de cada persona. Los seguidores de Milei son entes autónomos, o pretenden serlo. Y no se guían por el amor, sino por el deseo, que suele buscar incluso la destrucción para una satisfacción psíquica.
Dicho de otro modo, las personas buscamos hacernos daño, y todos en el fondo queremos poner una bomba en el Banco Central, observar cómo Roma se incendia, disfrutar de películas apocalípticas o de desastres naturales. Esa barrera que contenía los impulsos fue eliminada o al menos elevada. Tánatos es ahora parte constitutiva de la nueva realidad política. La manifestación de ayer fue la concreción de esas formas extrañas y monstruosas del inconsciente, que suelen sorprendernos aunque siempre estuvieron ahí.
Del otro lado del espejo
Al igual que Javier Milei es, de algún modo, la contracara de Néstor Kirchner, y Victoria Villarruel la de Cristina Fernández, los seguidores de La Libertad Avanza representan algo que no son, que no está. Cuando los macristas se manifestaban, la oposición peronista de inmediato identificaba al enemigo: eran oligarcas, privilegiados, clases medias acomodadas contaminadas por el discurso hegemónico de los medios. Esta vez, ese votante opositor, supuestamente decepcionado y lleno de odio, está en todos lados y en ninguno. Es el taxista callado, no el que opina. Es la jubilada que vive en un hotel y se queja en silencio. Es la señora del conurbano agobiada por los discursos del poder. Es el adolescente marginado, encerrado, que de repente se ve en el centro de un mundo nuevo. Es el macho castrado que defiende a su mujer. Es el comentarista de Internet que no tiene cara ni nombre.
Las redes sociales se caracterizaron en gran medida por reunir a quienes estaban solos, a miles, millones de personas cuyas gargantas atoradas de golpe hicieron eco en la cueva virtual. Y ese eco fue tomado por otras voces también atragantadas. Esto, además de la pulsión tanática, explica en gran medida por qué ayer la gente aplaudía el mismo discurso que la perjudicaría. No veían en Milei a un líder o un héroe, sino a un comentarista de Internet entronado por un sistema que ellos mismo consideran falso y perimido. El juego de la democracia, dicen, está arreglado por los mismos de siempre, los que siempre ganan. Y la única manera de terminarlo es con una patada fulminante al tablero.
La hora de los sumisos
Hace un año las calles de Buenos Aires estaban inundadas por los festejos de la Copa del Mundo. Millones de argentinos con banderas y remeras de Messi celebraban una conquista histórica, donde las diferencias quedaron suspendidas. La asunción de Milei también fue, de algún modo, el reflejo distorsionado de eso. A medida que la gente se acercaba al Congreso, se podían ver banderas argentinas, remeras de Messi, gente de clase media o media baja, familias completas, vendedores ambulantes… Lo que, en definitiva, llamamos pueblo. Sin embargo, esa leve pero sustancial distorsión de la realidad, ese espejo que nos devuelve un mundo similar y distinto, borró la felicidad descontrolada y concentrada del Mundial, y la reemplazó no por la tristeza o la bronca, sino por el apaciguamiento y una somera aceptación de una sumisión irresuelta. Podría decirse incluso que ayer fue el punto culminante del empoderamiento del sumiso. Durante los festejos mundialistas todos un poco nos sentimos poderosos y dominantes, nadie nos podía ganar, éramos los mejores entre los mejores. Ahora quizás algunos también lo sientan así, pero porque se aceptó que el país está destruido, que somos lo peor de lo peor, que no hay más pretensión que la aceptación del fracaso.
Ayer, sí, había muchas banderas argentinas, pero también otras como la de Brasil, España, Ucrania, Israel y Venezuela. Ante la pregunta a un joven sobre por qué llevaba en sus espaldas la bandera israelí, la respuesta fue que estaba cansado del progresismo, y en especial del repudio progresista al Estado de Israel y en favor del “terrorismo palestino”. Si algo queda en claro es que los manifestantes de Milei detestan más al progresismo que al peronismo o al radicalismo. Si un progresista camina por una vereda, ellos se colocan enfrente. No había cigarrillos armados, tampoco bailes, nada de glitter verde o cantos combativos. Sólo gente sana, quieta, a cara descubierta y con cánticos que sonaban a gritos en concordancia. El hombre que les hablaba con determinación y malas noticias desde la escalinata del Congreso era apenas sostenido por la promesa de una destrucción total. Si sufrimos, que suframos todos. Es, después de todo, la hora de los sumisos.
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