El grito de las madres en Plaza de Mayo que se convirtió en un símbolo y una entrevista que desafió a la dictadura
En plena dictadura, un grupo de mujeres salió a buscar a sus hijos secuestrados. Las imágenes más impactantes de aquella primera marcha.
“Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vean que somos muchas, Videla tendrá que recibirnos”, esa frase de Azucena Villaflor de Devincenti fue el puntapié inicial para lo que sería una lucha incansable de madres y abuelas, que aun hoy continúa.
Fue así que ese sábado 30 de abril de 1977, catorce mujeres se encontraron en Plaza de Mayo, para pedir por sus hijos y nietos, secuestrados y desaparecidos en manos de la dictadura militar que este 24 de marzo de 2026 cumple cinco décadas. Un episodio oscuro de la historia argentina del que todavía quedan secuelas.
Ese 30 de abril de 1977, en plena dictadura cívico-militar en la Argentina, un grupo de mujeres que con el paso de los años fueron reconocidos como las Madres de Plaza de Mayo, tomó una decisión que cambiaría la historia. Buscaban a sus hijos desaparecidos. No tenían respuestas. Tampoco herramientas. Solo una convicción: no abandonar la búsqueda.
Las amenazas de la policía ese día sobre la obligación de “circular” en el espacio público las empujaron a iniciar lo que se convertiría tiempo después en uno de sus principales símbolos: las rondas en torno a la pirámide central. De a dos, tomadas del brazo, fueron “circulando”, creciendo y construyendo. Desde hace 44 años. Fue la única manera que encontraron, en medio de la desesperación y el temor, para poder ser escuchadas y vistas.
Ese día, catorce madres se reunieron en la Plaza de Mayo con la intención de ser escuchadas por el poder. El contexto era hostil. Regía el Estado de Sitio. Las fuerzas de seguridad impedían cualquier tipo de concentración. La orden era clara: no podían permanecer quietas en grupo. Tenían que moverse.
Ese mandato, pensado para dispersarlas, terminó dando origen a uno de los símbolos más potentes de la lucha por los derechos humanos: las rondas alrededor de la Pirámide de Mayo.
El nacimiento de una marcha que se convirtió en un emblema
Cuando un policía les indicó que debían “circular”, las mujeres obedecieron. Pero lo hicieron a su manera. Se tomaron del brazo y comenzaron a caminar en círculos. De a dos. Sin gritar. Sin violencia. Transformaron una imposición en estrategia. Así nació la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo.
Aquella escena inicial, que hoy forma parte de la memoria colectiva, tenía una fuerza silenciosa. No solo desafiaba al poder. También construía visibilidad. Cada jueves, a la misma hora, repetían el gesto. La persistencia se volvió mensaje.
Entre las primeras integrantes estaban Azucena Villaflor, Berta Braverman, Haydée García Buelas, Mirta Baravalle, Raquel Arcushin y otras mujeres cuyos nombres no siempre quedaron registrados, pero cuya acción resultó decisiva.
Azucena Villaflor fue quien impulsó la idea de reunirse en la Plaza. Su planteo era simple: de manera individual no lograrían nada. Juntas, en cambio, podían forzar una respuesta. Esa intuición marcó el rumbo del movimiento.
Pañuelos blancos, estigmas y persecución
Antes de las rondas, muchas de estas mujeres ya se encontraban en medio de la búsqueda de sus hijos. Habían coincidido en oficinas públicas, iglesias y peregrinaciones. En una de ellas, en Luján, comenzaron a usar telas blancas en la cabeza, como las que se utilizaban para pañales. El gesto representaba a sus hijos. Con el tiempo, ese elemento se convirtió en el icónico pañuelo blanco.
El grupo creció. También la exposición. Y con ella, las reacciones. Algunos sectores empezaron a descalificarlas. Las llamaban “locas”.
El intento de ridiculización buscaba deslegitimar su reclamo. Pero para la dictadura no eran inofensivas. Eran peligrosas. La respuesta fue la infiltración. Un joven oficial de la Armada, Alfredo Astiz, se integró al grupo simulando ser familiar de un desaparecido. Recolectó información. Señaló objetivos.
El 10 de diciembre de 1977, ocho meses después de iniciada la primera marcha, Azucena Villaflor fue secuestrada en su casa. La llevaron a la ESMA. Allí fue torturada y luego asesinada en los llamados vuelos de la muerte. Días antes, otras madres y colaboradoras también habían sido secuestradas en la iglesia Santa Cruz. El golpe fue devastador. El mensaje del terror era directo. Sin embargo, las rondas continuaron.
Una entrevista que se convirtió en un desafío a la dictadura
En 1978, la Argentina vivía una situación particular. El Mundial de fútbol atraía la atención internacional. El gobierno buscaba mostrar una imagen de normalidad. Pero en las sombras persistía el aparato represivo. En ese contexto, un hecho cambió la escala del conflicto: una entrevista a las Madres de Plaza de Mayo realizada por el periodista neerlandés Jan van der Putten.
El encuentro permitió registrar testimonios directos, y mostrar una realidad que estaba oculta. Las madres hablaron con claridad. Expresaron su desesperación. Pidieron saber dónde estaban sus hijos, vivos o muertos. También reclamaron por los bebés apropiados y por la entrega de cuerpos.
La intervención de Marta Moreira de Alconada sintetizó el sentimiento colectivo. Su hijo llevaba más de un año desaparecido. Su voz, cargada de dolor, atravesó la pantalla. Detrás, otras madres acompañaban el reclamo.
Esa grabación circuló en medios internacionales. La repercusión fue inmediata. El relato oficial comenzó a resquebrajarse fuera del país. La dictadura perdió control sobre la narrativa. El periodista recibió amenazas. El riesgo era real. Pero el impacto ya estaba hecho. Por primera vez, una audiencia amplia accedía a lo que ocurría en la Argentina desde la voz de sus protagonistas.
“Yo soy periodista de Holanda, he leído sus problemas, hablo poco español, por favor, dime qué usted quiere, qué tengo que escribir, yo qué puedo hacer”, dijo Van der Putten. De inmediato, aquellas madres desesperadas empezaron a contarle: “Yo no he visto a mi hijo desde hace medio año, yo a mi padre, a mi hermano, a mi marido”.
Marta Moreira de Alconada acompañada por otras Madres de Plaza de Mayo que se encontraban desesperadas por conocer el paradero de sus hijos, decidieron contar lo que sucedía: "Solamente queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos. Nosotras, que somos argentinas, que vivimos en la Argentina, les podemos asegurar que miles de hogares están sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación, dolor y tristeza porque no nos dicen dónde están nuestros hijos".
Detrás de sus palabras se escuchaba el apoyo de otras Madres que acotaban: “Que nos den los cadáveres”, "¡Que nos digan dónde están los bebés, nuestros nietos!", y en contraste, distintas voces policiales que les pedían que circulen.
Una lucha que atravesó décadas
Con el paso del tiempo, las Madres de Plaza de Mayo consolidaron su lugar como referencia en la defensa de los derechos humanos. Las rondas no se detuvieron. Se sostuvieron durante décadas. La constancia se transformó en identidad. El reconocimiento institucional llegó años después, en democracia. También surgieron tensiones, divisiones internas y cuestionamientos vinculados a decisiones políticas y a la gestión de programas estatales.
Sin embargo, el núcleo de su historia permanece intacto. Nace en la Plaza. En una orden policial. En una caminata circular. En un grupo de mujeres que decidió no resignarse.
La combinación entre aquella primera ronda y la entrevista difundida en el exterior permite comprender el alcance de su acción. Por un lado, la construcción de un símbolo persistente. Por otro, la ruptura del aislamiento informativo.
Hoy, tantos años después, esas imágenes siguen vigentes. No como piezas del pasado, sino como recordatorios de una forma de resistencia que encontró en el movimiento, la palabra y la presencia, sus herramientas más poderosas.
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