El 24 de marzo, la dictadura obligó a artistas -hoy grandes referentes del rock nacional - a dejar el país o resistir desde el escenario. Un movimiento que marcó una generación.
Durante los años de la última dictadura militar, que comenzó el 24 de marzo de 1976, de la que ya se cumplen cinco décadas, la música argentina atravesó uno de sus períodos más complejos.
La censura, la persecución y el control sobre la actividad cultural empujaron a muchos artistas a tomar decisiones extremas. Algunos eligieron quedarse y resistir desde el escenario; otros, en cambio, optaron por el exilio.
Ese movimiento marcó una generación y dejó huellas profundas en la historia del rock nacional.
A partir de 1976, y con mayor intensidad desde 1977, la actividad musical sufrió un fuerte deterioro. La presión sobre los recitales en vivo, la vigilancia sobre letras y la circulación de listas negras limitaron el margen de acción de los artistas. En ese contexto, muchos músicos comenzaron a irse del país, no solo por miedo, sino también porque las condiciones para trabajar se volvían cada vez más restrictivas.
Uno de los primeros en tomar esa decisión fue Piero, quien se trasladó a España tras un intento de secuestro. Su salida marcó un camino que luego seguirían otros. Durante su estadía en Europa, interrumpió su producción musical y se alejó de los escenarios, una señal clara del impacto que generaba el contexto político sobre la creación artística.
El caso de Roque Narvaja también refleja esa dinámica. Su disco quedó fuera de circulación por su inclusión en listas negras, y tras una serie de episodios intimidatorios decidió abandonar el país con su familia. El exilio no era una elección artística, sino una respuesta a un entorno hostil.
Músicos en tránsito: entre el afuera y el regreso
León Gieco optó por una salida distinta. Inició una gira por América con la idea de mantenerse en movimiento y regresar periódicamente al país. Su experiencia en el exterior modificó su mirada sobre la Argentina, en un proceso que combinó distancia, crítica y reencuentro.
Gustavo Santaolalla, por su parte, se instaló en Estados Unidos. Allí encontró un espacio de libertad que contrastaba con las limitaciones locales. Según relató en distintas entrevistas, la censura no solo afectaba lo que se decía, sino también lo que se podía imaginar. La autocensura se convertía en una frontera invisible para la creatividad.
Litto Nebbia vivió una situación similar. Señalado por su participación en un disco considerado problemático por los organismos de inteligencia, decidió radicarse en México. En ese país desarrolló parte de su obra más recordada, en un contexto de mayor apertura. Su testimonio reconstruye un clima de vigilancia constante, con cancelaciones, seguimientos y amenazas.
Otros nombres clave del rock argentino también formaron parte de ese movimiento. Moris se instaló en España, Miguel Abuelo y Miguel Cantilo pasaron temporadas en Ibiza, y Pappo recorrió distintos destinos, desde Brasil hasta Londres. El mapa del exilio artístico fue amplio y diverso, aunque atravesado por una misma causa.
Resistir desde adentro
No todos se fueron. Algunos músicos eligieron quedarse en el país y encontrar formas de expresión dentro de los límites impuestos. Charly García fue uno de los casos más representativos. Su paso por Brasil junto a David Lebón dio origen a Serú Girán, una banda que, ya en Argentina, se convirtió en un símbolo de la época.
A través de metáforas y lecturas indirectas, sus canciones lograron transmitir el clima social sin exponerse de manera directa. Los recitales, en ese contexto, adquirieron un valor particular. Se transformaron en espacios de encuentro, donde el público podía expresar lo que no tenía lugar en otros ámbitos.
Luis Alberto Spinetta también desarrolló parte de su carrera en el exterior, con una breve estadía en Estados Unidos donde grabó un disco en inglés. Sin embargo, su producción siguió vinculada a la escena local y a las transformaciones del lenguaje musical en esos años.
El rock nacional, en ese período, funcionó como uno de los pocos canales de expresión disponibles. No se trató de una resistencia abierta, sino de una construcción más sutil, hecha de símbolos, silencios y lecturas compartidas. La música se convirtió en un espacio donde lo colectivo encontraba una forma de persistir.
A lo largo de esos años, la división entre quienes se fueron y quienes se quedaron no responde a una lógica simple. Ambos caminos implicaron costos, tensiones y decisiones complejas. El exilio llevó consigo la distancia y la nostalgia; la permanencia, el riesgo y la exposición.
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