El clima en Neuquén

icon
20° Temp
56% Hum
La Mañana femicidio

Dos hombres, una carretilla y un cadáver

El crimen de Cristina Isabel González fue un femicidio en el corazón de la marginalidad. De no haber sido por un dato revelador, no habrían podido ubicar su cuerpo.

Hay un Neuquén marginal, desértico, agreste, adicto, violento y olvidado que no mueve la aguja social. En esas barriadas perdidas en medio de la meseta, la ley y el Estado están ausentes y nadie se entromete en la vida del vecino, que puede vivir al lado o a 100 metros.

En esa marginalidad sórdida se produjo el femicidio de Cristina Isabel González (39), que no tuvo ningún tipo de impacto en la Avenida Argentina ni en el hito más importante de la ciudad que es el monumento a San Martín.

Fue contabilizado como el tercer femicidio del año, pero en verdad a Cristina la asesinaron en octubre del año pasado. La única foto de ella está pixelada. Las carencias están por todos lados.

La historia del femicidio es propia de la extrema marginalidad, cruda y violenta.

¿Cómo pudo ocurrir algo así a la vista de todos? Porque tanto Cristina como su asesino y ex pareja, Mario Oscar Gerbán (41), eran invisibles para el Estado.

Formulacion de cargos- Mario Oscar Gerban (6).JPG

Vidas diezmadas

Cristina y Gerbán eran dos personas sumamente marginales que se conocieron entre 2016 y 2017.

Ella ya tenía cuatro hijos, pero la custodia estaba en poder de su madre, la abuela de los chicos.

Con Gerbán tuvieron un hijo, pero la precariedad en la que vivían y sus vidas los obligaron a dejarlo al cuidado de la madre de ella.

De Cristina solo se supo, oficialmente, que padeció violencia crónica por parte de Gerbán, era adicta y solía desaparecer por periodos prolongados en los que vivía en situación de calle y pasaba la noche donde y como podía.

Esas ausencias eran bastante habituales, a tal punto que generó un reflejo en la familia, que no se preocupaba porque, hasta ese entonces, siempre volvía para estar con sus hijos y lo hacía sin explicar nada, como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Gerbán, además de violento, celoso e inseguro, era alcohólico y también adicto. Vivía de changas.

De lo que pudieron reconstruir la Fiscalía de Homicidios y el Departamento de Seguridad Personal de la historia de esta pareja tan extrema, son todos datos que no auguraban nada bueno.

Con el diario del lunes debajo del brazo se podría asegurar que era, tristemente, un final imaginable y prácticamente imposible de sortear.

Cristina estaba inmersa en el círculo de la violencia y tan perdida en las adicciones que no podía vislumbrar que debía escapar de esa situación. En medio de tanta precariedad y pobreza, es muy difícil advertir que lo tremendo puede empeorar aún más.

Captura de pantalla 2023-11-22 a la(s) 20.24.46.jpg

Precariedad extrema

En la manzana 30 de Colonia Nueva Esperanza vivían Gerbán y Cristina.

La sola imagen del lugar genera angustia y desolación. Todo es una paleta de colores agrestes desgastados por la inclemencia del clima, porque hay lugares donde todo es inclemente.

Pero así vive mucha gente en la capital de la Vaca Muerta que desde hace dos décadas se anuncia como la salvación de todo un país, mientras por estos lares todo parece ser una gran falacia.

La precaria casilla de dos por dos, donde se cultivaron el amor y el odio, está conformada por paredes ensambladas con pallet, nailon y cantonera, con un techo que también era una mixtura de los mismos materiales. La puerta es de chapa y para abrirla hay que levantarla, porque está desquiciada.

Sobre una de las vigas de madera se destaca una antena de DirecTV, toda una postal de época.

El interior de la casilla es oscuro, no hay una sola ventana. En un costado hay una mesa redonda de plástico rota que se usa para poner los pocos utensilios de cocina que tenía la pareja.

En el otro rincón de la casilla, hay un colchón de dos plazas que está separado del piso de tierra con cajones y pallet. Para aplacar el viento y el frío, hay dos colchones de una plaza puestos en “L” sobre las paredes de cantonera donde está la cama.

La escena es el retrato de la pobreza, de esa pobreza extrema de la que es muy difícil que se pueda salir y con la que se debe lidiar todos los días.

Captura de pantalla 2023-11-22 a la(s) 21.34.26.png

De la desaparición al hallazgo

El 29 de noviembre de 2022, la hermana de Cristina acudió a la Comisaría 20 del barrio Parque Industrial a denunciar la desaparición.

La última vez que la vieron fue el Día de la Madre, 16 de octubre de 2022, cuando compartió un almuerzo con su madre y sus hijos.

En la familia de Cristina habían hecho callo de sus ausencias prologadas producto de sus padecimientos personales. Pero como ya había pasado un mes y medio y no tenían noticias de ella, recurrieron a la Policía.

“Creeme que no había por dónde buscarla. Por suerte surgió un dato develador, si no, creo que no la encontrábamos más”, confió una fuente de la investigación a LMN.

Cristina terminó apareciendo cinco meses después, el 16 de marzo de este año. Estaba enterrada a la orilla de un basural a cielo abierto lindante a Colonia Nueva Esperanza, en la zona conocida como El Choconcito.

De acuerdo con los primeros trascendidos, Gerbán, borracho en una reunión familiar, había confesado el crimen y marcado el lugar donde había enterrado a Cristina.

Pero tan así no fue la historia. Es decir, Gerbán no actuó solo la noche del femicidio, sino que contó con ayuda para descartar el cadáver. Esa persona que se quebró y reveló todo fue su sobrino.

Captura de pantalla 2023-11-22 a la(s) 21.32.43.png

“Alcanzame la carretilla”

Por ese entonces, a cargo del caso estuvo la fiscal Eugenia Titanti, que dejó todo sobre ruedas para llevar a juicio a Gerbán y luego se marchó a la Fiscalía de Delitos Sexuales.

La fiscal, en conjunto con los efectivos de Seguridad Personal de la Policía, recibió el testimonio del sobrino que confió que su tío lo fue a buscar una noche fría de la semana del 18 al 25 de octubre de 2022 para que lo ayudara a descartar el cadáver de Cristina.

De inmediato se ordenó la detención de Gerbán, que se quebró ante la Policía y le dijo a uno de los efectivos: “Se me fue la mano, discutimos, le pegué y la ahorqué”.

Tras la detención, se ordenó la reconstrucción de los hechos en la voz del sobrino de Gerbán, que brindó con pelos y señales los detalles de lo que ocurrió esa noche tras el femicidio.

El joven contó que lo había buscado su tío y que cuando llegaron a la casilla, abrió la puerta y vio a Cristina “tirada en el colchón cubierta con una manta y una frazada”. “Él la descubrió y tenía el rostro muy lastimado y con sangre. Se acercó para escuchar si respiraba, pero ya estaba muerta”, reveló el joven, que aseguró que eran alrededor de la 1 de la madrugada.

Gerbán envolvió el cuerpo con la manta y la frazada, y lo ató con un cinturón y unas cuerdas.

“Alcanzame la carretilla”, le dijo al sobrino. Luego, entre los dos, la levantaron del colchón. “Ya estaba dura”, porque había comenzado el proceso de rigor mortis, y la acomodaron. La cabeza sobresalía por el lado del manillar y las piernas por el de la rueda. Arriba, Gerbán le puso una pala y a eso de la 1:30 emprendieron una larga marcha por calles de tierra y ripio por donde no se cruzaron con nadie, solo unos perros “los torearon” en algunos tramos.

Sombras en la noche

Gerbán encaró llevando la carretilla. Atravesaron un baldío por un sendero marcado por el cual suelen cortar camino los habitantes de la toma.

Llegaron a la calle El Girasol y durante unos 400 metros siguieron derecho hasta que doblaron a la izquierda en la calle La Soja. Hasta ahí, no habían pasado por ninguna casa ni casilla habitada, todo era oscuridad y desolación.

Cada tanto, el rostro de Cristina emergía porque se corrían las mantas por el movimiento. Gerbán rápidamente lo cubría. Esa escena, que se repitió varias veces a lo largo del camino, tiene muchos elementos para valorar desde la perfilación criminal.

“Caminamos como unos 40 minutos”, indicó el sobrino de Gerbán, que insistió en que nadie los vio; de hecho, solo eran dos hombres con una carretilla y un cadáver caminando en medio de la noche.

La calle de ripio dificultaba el traslado, que por momentos se hacía agotador y los obligaba a hacer posta para llevar la carretilla.

Por la calle La Soja aparecieron más casillas y, tras un leve giro a la derecha, arranca un basural a cielo abierto al que ingresaron casi en la parte final, donde bajaron y subieron por una lomada hasta que llegaron al lugar donde Gerbán decidió que la iba a enterrar.

Cavó un foso de poco más de un metro de largo por unos 80 centímetros de profundidad. La tarea le demandó unos 45 minutos.

Gerbán tomó el cuerpo de Cristina por las axilas y notó que estaba mucho más rígido. Su sobrino la sostuvo por los pies. La depositaron en el foso y, tras sepultarla, emprolijaron la zona para que no se notara tanto el movimiento de tierra. Volvieron caminando y en la calle El Girasol se separaron.

Gerbán se llevó la carretilla y la pala a la casilla, tomó un vino y se acostó a dormir sobre el mismo colchón donde unas horas antes había matado a Cristina.

El que no podía dormir era el sobrino. Cargó con el peso de un secreto criminal durante meses hasta que los fantasmas de Cristina lo llevaron a revelarle todo a la madre, que se encargó de avisar a la Policía y así fue como se esclareció el femicidio.

¿Por qué ayudó y guardó el secreto? Porque en algunos sectores sociales no hay reparos a la hora de responder en auxilio de la familia. Para algunos puede resultar indigerible, pero la realidad es compleja y, en esa complejidad, cada uno hace lo que puede. Además, desde lo legal, le corresponde la excusa absolutoria que tracciona cuando por el grado de parentesco encubre a un familiar. Por ese motivo no fue imputado, pero sí se constituyó en testigo y fue vital para esclarecer el crimen.

Captura de pantalla 2023-11-22 a la(s) 21.39.40.png

Autopsia y condena

Cuando el cadáver de Cristina ingresó a la morgue judicial, estaba cuasi momificado. El proceso de deshidratación estaba completo, el cuerpo parecía acartonado y en avanzado estado de descomposición.

Los médicos forenses que realizaron la autopsia observaron que a nivel óseo facial y cervical no quedaba nada, por lo que la causa de la muerte terminó siendo “indeterminada”.

No obstante, el testimonio del sobrino fue vital porque Gerbán le contó que la golpeó con “un fierro así (dijo el sobrino extendiendo los brazos y estipulando con las manos el tamaño de una barreta) y no pudo parar”.

A esto se sumó la autoincriminación que hizo el propio Gerbán al momento de la detención. El femicida ya estaba detenido y acusado por homicidio doblemente agravado por la relación de pareja y por mediar violencia de género. Cuando ya estaba definida la fecha para el juicio por jurados, el próximo 27 de noviembre, el fiscal jefe de homicidios, Agustín García, se alistaba con su equipo para la selección del jurado le llegó un mensaje del defensor.

Gerbán admitió el femicidio y asumió la pena: perpetua. No se negoció nada. De hecho, en el acuerdo desistió de toda apelación posible.

A todas las partes que intervinieron en esta historia, les resultó de mucho alivio que Gerbán admitiera la responsabilidad porque todo era y es un gran horror social.

Te puede interesar...

Lo más leído

Leé más

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario